Caminas en la playa segundos después del ocaso. En el cielo dividido a la mitad, se unen en un saludo amable la luz y la oscuridad. Observas el anaranjado, rosa y azul claro fundiéndose en un abrazo con el morado, azul marino, el negro; el color universo. La arena se siente caliente bajo tus pies descalzos aunque el agua, que se acerca invadiendo cada vez más tu andar sólo para alejarse rápidamente después de tocarte, está helada. Te deja deseando más.

La noche finalmente gana la batalla, la brisa fresca acaricia todos tus sentidos provocándote escalofríos y sólo entonces te detienes a enfrentar al océano y su fulminante profundidad. La marea curiosa te llega casi a las rodillas y lentamente toma un poco más de ti, sin pedir permiso.

Cierras los ojos y ahí está ella; abrazada a ti. Sientes su calor, su luminescencia. Recuerdas aquella tarde cuando la conociste, no muy lejos de esta playa. Te sentías casi tan sombrío como ahora hasta que sus labios se separaron en un Aloha. Se quedó a tu lado convirtiendo tu mundo en un atardecer, en el que sus colores se estrechaban. ¡Bendito Hawai!

Te acostumbraste a su calidez, a su voz dulce, meliflua, al brillo de sus ojos, de su sonrisa. Ella siempre fue la luz en tu penumbra y quizá ese fue el problema. Su iridiscencia creció tanto que era imposible contenerla y se fundió en ella.

Sonríes ante la ironía recordando cómo de pequeño soñabas con ser astronauta pero te asustó la idea de enfrentarte al espacio y ver a una estrella morir. Tal vez nuestros miedos sellan nuestro destino.

Sabes que no se ha ido del todo pero temes abrir los ojos y saberte solo. ¿Escuchas la música? Es una melodía suave, un ritmo constante y tranquilo como el vaivén del mar. La ves danzando entre las notas, en las pausas que no llegan a convertirse en silencios, en los sonidos que permanecen en el aire antes de desaparecer.

No pierdes detalle de su cabello largo, oscuro, que cae en ondas suaves cubriendo toda su espalda. Te dejas deslumbrar por su piel morena, bronceada, sus ojos negros y sus labios rojos arqueados en una sonrisa que es sólo tuya. Igual que aquella primera ocasión. Te preguntas, por milésima vez, qué hiciste para merecerla.

Yo creo que cuando conoces a la persona indicada y pronuncias la misma palabra que haz utilizado millones de veces para saludar a cientos de personas, tu lengua, por primera vez, percibe, comprende y hasta saborea sus tres significados: hola, adiós y amor. Tus sentidos se entumecen, tu alma reconoce a esa persona, con la que todo empieza y todo termina. Entonces el amor curva sus labios y en esa sonrisa el mundo les pertenece.

Te rehusas a abrir los ojos y perderte el espectáculo pues tu alma comienza a entrar en calor a pesar de que el agua cubre ya casi todo tu cuerpo, pero la música te absorbe y allí, en ese momento, ella abre la boca para decirte: ALOHA.