El despertar de la fuerza: un paso hacia la conversación con el regulador en la era de la tecnología y las economías colaborativas

El pasado lunes tuve la oportunidad de asistir al seminario, organizado por la Comisión Nacional de Productividad (CNP), llamado “Economías colaborativas en la era de las tecnologías disruptivas” (ECCO). La invitación era clara: dialogar sobre las economías colaborativas; sobre cómo la tecnología ha cambiado la forma de hacer negocios; y en último lugar, cómo esto genera la necesidad de que la legislación vigente se ajuste a estos cambios. Al mismo tiempo se encargaron de lanzar su próxima investigación, “El futuro de las tecnologías disruptivas en Chile”, que tiene por objeto profundizar en los desafíos y aspectos regulatorios que se requieren para promover el mejor uso de plataformas tecnológicas disruptivas y economías colaborativas, como mecanismos para aumentar la productividad y el bienestar de las personas[1].

Por economías colaborativas entendemos que son aquellas que se basan en prestar, alquilar, comprar o vender productos en función de necesidades específicas y no tanto en beneficios económicos. De hecho, en este sistema es posible que el dinero no sea el único valor de cambio para las transacciones, y en donde se consideran a los servicios propiamente como bienes de consumo[2]. Wikipedia define a las economías colaborativas como “un sistema económico en el que se comparten e intercambian bienes y servicios a través de plataformas digitales”.

Bien sabemos que, desde su origen, este nuevo modelo de negocios se ha interrelacionado directamente con la tecnología. Y como probablemente se habrá dado cuenta esta “era o revolución tecnológica” ha influido sustancialmente en la forma de hacer negocios: el modelo se basa en que todo se hace a través de un intermediario, quien encuentra a la persona que ofrece el servicio y la une con quien tiene esa necesidad. Así lo apreciamos en diferentes empresas como Uber (transporte de personas); Airbnb (arriendo de viviendas); Bitcoins (dinero electrónico); algunos sistemas de crowfunding como Destácame.cl o Broota; Spotify (música online); Netflix (series y películas online) y así una larga lista de etcéteras.

Sin perjuicio de estos ejemplos, todos estos avances se ven en forma muy acotada respecto de la industria legal, la cual ha sido más bien conservadora respecto del impacto de la tecnología; pero que poco a poco va cediendo a su atractivo. RocketLawyer, UpCounsel y Legal Zoom son algunos de los líderes internacionales en la materia. En nuestro país, es difícil encontrar ejemplos emblemáticos en el área, siendo LexGo uno de los pioneros en el desarrollo de documentos legales automatizados.

Es curioso que el medio más reticente a los cambios, viene a ser quien tiene el poder para permitir los cambios legislativos necesarios para este tipo de economías. Si nos vamos a un ejemplo concreto: cuando parlamentarios (legisladores), ministerios, etc., proponen futuros proyectos de ley necesarios para cada una de las áreas en que están vigentes las economías colaborativas; éstos son asesorados por abogados, que en su mayoría miran con cierta preocupación esta avalancha de tecnología y muchas veces en vez de ayudar a que se establezcan en nuestro país, se exigen una serie de requisitos y/o categorías legales para tratar de asimilarlas a lo que ya existe. Y en otro contexto vemos que al mismo tiempo, es el mismo sector legal quien puede controlar o limitar mediante la fiscalización del cumplimiento de la ley vigente a la introducción de estos nuevos modelos colaborativos, los cuales claramente no han sido normados, por lo que el control ejercido sobre éstas se torna inmutable y poco flexible, no dando paso a que estos nuevos modelos subsistan, aunque ya han sido respaldados por millones de usuarios/consumidores. Todo esto suena un poco contradictorio.

Sin embargo, creo que debemos rescatar el hecho de que seminarios como este invitan a iniciar un dialogo serio e implica que hemos ¡por fin despertado!; que prontamente en nuestro país tendremos que hacernos cargo de ciertos vacíos legales, de la inflexibilidad de la regulación en variadas materias, de la falta de conversación entre normas de distintos ámbitos regulados, o simplemente tomar la decisión de no legislar al respecto y dejar que la economía tome su curso (ley de oferta y demanda, that’s the way the cookie crumbles); siendo estas algunas de las opciones que ya se han planteado en otros países respecto de la misma problemática. Por otra parte, se podría llegar a buscar una solución propia, quién sabe. Por lo menos la puerta se ha abierto (¡por fin!), y es aquí en donde empieza la discusión.

Para terminar les dejo algunas de las ideas que destaco del panel de expertos convocado respecto de los pasos en la regulación de estas economías en Chile, y en que el llamado que claramente se sugirió al ente regulador consistió básicamente en: “No regulemos empresas, fijémonos en las recetas. No hacer leyes para empresas a corto plazo, ver el valor social de ella”. También se señaló que: “Hay una necesidad de buscar nuevos mecanismos regulatorios. No al status quo. El uso de la tecnología en tener mejor control”. Pero de todas estas recomendaciones, la que mayormente me llamó la atención, y con la cual definitivamente concuerdo, es con la opinión del experto Español Mateos Silos (subdirector de Análisis Económico de la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia de España); quien ya avanzado en la materia expuso sobre que “la receta para el regulador: es la eficiencia. Que se justifique su intervención. Cuando el mercado falla, no cuando éste funciona. Que la intervención no minimice la competencia. La regulación tradicional se apoyaba en la existencia de determinadas fallas de mercado, ahora con los nuevos modelos de negocio se permite mejorar la regulación per se. Si el regulador interviene muchas veces es porque no tiene en cuenta el interés general. Debe fijarse en el bienestar de las personas, no clientes. No hay que hacer regulaciones cerradas o rígidas sino que conversar con el regulado”. Y continuó: “En España, se hizo promoción de la competencia a través de instrumentos de estudio de economía colaborativa. Se intentó demarcar el fenómeno, y se terminó viendo cómo la regulación impedía la entrada de estos actores (economías colaborativas) en los rubros de transporte (Uber) y hotelería (Airbnb). Se hizo una consulta pública para justificar la regulación, ver sus efectos y señalar cómo debería cambiar la normativa. Se hizo una promoción de la competencia a través del debate. Y se tuvo cuidado con el daño que las normativas podrían producir a la sociedad”.

El llamado es invitarlos a reflexionar sobre este tema, a que este seminario no quede sólo como una intención, y claramente a mantenernos despiertos.

[1] http://www.comisiondeproductividad.cl/comision-nacional-de-productividad-lanza-inicio-de-investigacion-el-futuro-de-las-tecnologias-disruptivas-en-chile/

[2] http://retos-directivos.eae.es/que-es-la-economia-colaborativa-y-cuales-son-sus-beneficios/