La niñez ilustrada en San Isidro

Algo está por empezar, de Felipe Giménez.

Buenos Aires es muchos lugares a la vez. O mejor dicho: retazos de identidad de muchos lugares. Como los billetes de Euro, que representan estilos mezclados de Europa aunque no haya ningún edificio ni monumento claramente reconocible.

Tiene aires de París en los edificios de Recoleta. Esbozos de Italia en las casas cortadas al medio de Palermo y Boedo. El espectro de una Londres posnuclear en la calle Australia, en Barracas, donde la herencia ferroviaria de fines del siglo XIX se transformó en un descuidado conjunto de casas tomadas.

Se convirtió en una Nueva York del sur cuando las inmobiliarias de Palermo reemplazaron el adjetivo Viejo por Soho, trayendo algo del espíritu BoBo –bohemio y burgués– al antiguo Tallermo, al construir en tiempo récord edificios con pileta, librerías y bares.

En el corredor de zona norte, luego de cruzar la avenida General Paz (donde la ciudad encuentra su límite) el dispositivo urbano Buenos Aires sigue funcionando como mímesis de otros lugares del mundo desarrollado. En avenida Libertador, donde está el complejo Las Olas Boulevard, comienza la versión local de Fort Lauderdale, esa localidad al norte de Miami donde se retiran los millonarios norteamericanos que no quieren mezclarse con los latinos de Miami, y zona preferida de los argentinos que trabajan en las filiales para América Latina de las corporaciones de software y entretenimiento.

En Fort Lauderdale hay amarras para barcos, playas de arena blanca, el agua es transparente, y hay galerías de arte construidas al estilo de la Bauhaus: grandes volúmenes de piedra y cemento, y extensas vidrieras, casi listas para reconvertirse en concesionarias de autos, motos o incluso barcos si el negocio no funciona.

En San Isidro también hay amarras para barcos, sus playas tienen poca arena, el agua es marrón, y en septiembre de 2014 inauguró Quadro Arte Contemporáneo: una galería construida al estilo de la Bauhaus, cuyo frente tiene dos ventanales de vidrio y cuenta espacio suficiente para reconvertirla en una concesionaria de motos, si la venta de pinturas y objetos no prospera.

Allí se inauguró el 8 de octubre, la muestra Acredita que acontece, de Felipe Giménez, que trabaja temas como el amor y el desencuentro como viñetas de una revista semanal realizadas con acuarela y óleo en lienzos de más de un metro de extensión.

Los personajes son hombres y mujeres de indefinida edad adulta, y ningún rasgo facial, que se repiten una y otra vez, y están en busca del amor. La mayor parte de los cuadros tiene fondo claro, salvo una serie con fondo negro, que gana presencia en el contexto de la muestra.

En todas las obras, el artista logra un efecto de belleza, armonía y tranquilidad, que podría hacer sistema con la decoración del cuarto y los juguetes de un chico cuidado y feliz del barrio.

Si bien Giménez nació y vive en Mar del Plata, parece tener un vínculo fluido con la gente de San Isidro que asiste a la inauguración.

Desde las 19:30, cuando la muestra abre formalmente, varios grupos de mujeres se acercan al artista y recorren las obras. Sucede con ellas lo mismo que con los personajes de los cuadros: es difícil distinguirlas. Se trata de mujeres rubias, de piel brillante y estirada, vestidas con cierta elegancia y tratan de parecerse a Cecilia Zuberbühler, Dolly Irigoyen, o a las Trillizas de Oro en el mejor de los casos.

Algunas miran con interés genuino las obras. Otras dialogan en la puerta de la galería, mientras fuman cigarrillos largos de filtro blanco, y se acomodan el pelo sin tocarlo, con un movimiento de cabeza de izquierda a derecha, como adolescentes esperando que un chico las mire.

Difícil que sean los treintañeros de pantalones ajustados y sacos cortos que usan camisa, chaleco y lentes de marco grueso, a los que doblan en edad. Parecen más pendientes del cuidado de su barba mientras repiten “bueno, nada” al final de cada frase.

Simplemente eso, de Felipe Giménez.

Adentro, Giménez saluda a los invitados y habla un rato con cada grupo, que lo felicita, y le hace comentarios en voz baja y con modales suaves, probablemente aconsejándolo u ofreciendo sus contactos.

Al ser requerido para una entrevista, el artista pide saber para qué medio será. Una revista universitaria de ciencias sociales no parece de interés para él. Pide unos minutos y sigue su recorrida saludando a los invitados. Parece feliz como un chico de cinco años cuando llega la abuela con chocolates y le pregunta cómo le va en el colegio. Un nuevo intento para hablar no da resultados: se da vuelta hacia otro grupo, evitando la charla.

Lo infantil es el terreno seguro donde su arte gusta –cómo no conectar emocionalmente con esa época de nuestras vidas–, pero comprar un cuadro es una decisión adulta. Por eso no es raro que no haya chicos en la muestra. “Lo que diferencia a un niño de un adulto es el precio de sus juguetes”, escuché decir a un millonario brasileño que construyó un andarivel de 25 metros en su casa de campo para entrenar solo.

Así se piensa la música que suena en las discotecas de Fort Lauderdale, Palermo y Boedo. La industria del entretenimiento explota los fetiches culturales de la década del 80. La infancia y adolescencia de los actuales consumidores son recreadas por un post adolescente Bruno Mars que juega a ser Michael Jackson o Sting, dependiendo la ocasión. O el felicísimo Pharrell Williams, con sus pantalones cortos de la década del 50, cuando compone los éxitos para la banda de sonido de Mi villano favorito.

En ese sistema es posible imaginar las obras de Giménez: lo infantil es un recurso del cual abrevar para la creación de una obra. Así se da hoy en Facebook, donde los retazos de la cultura de los 80 son reescritos infinitamente. Allí nada se descarta, todo permanece. Como en la niñez ilustrada.