Austeridad y hombres de negro en 1931


Siempre ha habido prestamistas que exigen determinadas recetas económicas y políticos que se debaten entre aceptarlas o no:

El 31 de julio, cuando el Parlamento interrumpía sus sesiones por las vacaciones de verano y los banqueros dejaban Londres y se dirigían al campo, otro comité –el Comité May– emitió su informe. Con el empeoramiento de la Depresión en Gran Bretaña, el presupuesto había entrado en déficit y se situaba en alrededor de 600 millones de dólares, un 2,5% del PIB, cifra modesta dadas las circunstancias. El comité May, constituido para contemplar medidas enconómicas, exageró el tamaño y la gravedad del déficit a través de una combinación, según el historiador A. J. P. Taylor, de “prejuicios, ignorancia y pánico”, lo cual, en medio de la situación de pánico que afectaba a la libra, sólo contribuyó a crear más alarma. El comité May proponía que el gobierno invirtiese la caída presupuestaria recortando sus gastos en 500 millones de dólares –incluyendo una reducción del 20% del subsidio de desempleo– y recaudando 100 de dólares adicionales gracias al aumento de los impuestos. En vista de lo que hoy sabemos sobre el funcionamiento de la economía, era totalmente absurdo que el comité propusiera que la solución a los problemas económicos de Gran Bretaña, con 2,5 millones de desempleados, una reducción de la producción del 20% y los precios cayendo a un ritmo del 7% anual, fuese recortar el subsidio por desempleo y aumentar los impuestos. Sin embargo, en aquel momento, las ortodoxia reinante consideraba que los déficits presupuestarios eran siempre negativos, incluso en una depresión. Maynard Keynes calificó el informe May como “el documento más estúpido que he tenido la desgracia de leer”.
Las recomendaciones del comité crearon divisiones en el gabinete. La mayoría, encabezada por el primer ministro, Ramsay MacDonald, y el ministro de Hacienda, Philip Snowden, a pesar de ser socialistas convencidos y comprometidos, se aferraban a la idea de que había que equilibrar el presupuesto, independientemente de que Gran Bretaña estuviese sumida en la depresión.
Entre tanto, el préstamo de 250 millones de dólares del New York Fed ya se había consumido; el Banco de Inglaterra ya había pagado un total de 500 millones de dólares en oro y la sangría continuaba. Los dirigente del Banco, desconcertados por la inmensa salida de dinero, pero convencidos de que elevar los tipos de interés no era la solución, solo podían proponer la obtención de más créditos, en esta ocasión no del propio Banco, cuyas líneas de crédito se estaban agotando, sino del gobierno. A principios de agosto, el gobierno le pidió al Banco que tantease el terreno para averiguar qué condiciones impondrían los banqueros norteamericanos para el crédito. El New York Fed, al que la ley prohibía conceder créditos directamente a gobiernos extranjeros, trasladaron (sic) la investigación a J. P. Morgan & Co.
Ante un país necesitado de dinero, los banqueros recurrían casi instintivamente a los recortes presupuestarios, llevados a cabo principalmente mediante la reducción drástica del gasto público, como solución de casi todos los problemas. Durante las dos semanas siguientes, mientras batallaban con las condiciones, el gobierno, el Banco de Inglaterra y Morgan ocultaron sus discusiones en una cortina de humo. Evidentemente, Morgan no quería dejar sus huellas en ninguna imposición de “condiciones políticas” a un gobierno británico soberano. El primer ministro laborista tampoco quería que se supiese, ni siquiera en su propio gabinete, que había pedido permiso a banqueros extranjeros antes de actuar. El ministro de Hacienda elaboró un paquete de medidas para recortar el gasto en 350 millones de dólares, incluida una reducción del 10% en el subsidio de desempleo, y aumentar los impuestos en 300 millones de dólares, y lo envió clandestinamente al Banco de Inglaterra para que Morgan* lo estudiase.
El fin de semana del 22 de agosto, mientras las pérdidas se acumulaban, una sensación de crisis invadió Londres. El rey interrumpió repentina y misteriosamente sus tres semanas de vacaciones en Balmoral y regresó a Buckingham Palace. Por primera vez desde la guerra, el gabinete estuvo reunido durante todo el fin de semana. A pesar de los esfuerzos del primer ministro por mantener ocultas las negociaciones, parecía que todo el país estaba esperando el telegrama de Nueva York comunicando la aprobación de Morgan. “Es sin duda una situación trágicamente cómica –escribió Breatice Webb, esposa de Sidney Webb, uno de los miembros de la minoría recalcitrante contraria a los recortes presupuestarios– que los financieros que han metido al pueblo británico en este gigantesco embrollo tengan que decidir quién ha de soportar la carga. ¡La verdadera dictadura capitalista!”.

Del libro Lords of Finance: The Bankers Who Broke the World (2009), escrito por el economista Liaquat Ahamed.

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