Una serie de castastróficas desdichas.

Este microblog lo abrí con la intención de ir comentando mi día a día y, aunque lo he dejado de lado mucho tiempo, el día de hoy (24/04/15) es digno de recordar…

En principio no pintaba mal la cosa: Un viernes, ir al lab un rato, a la vuelta fiesta y un magnífico fin de semana por delante ¿Qué podía ir mal?

Mi “suerte” comienza en la reunión del grupo de investigación en el que estoy participando, concretamente en el momento de exponer mis resultados al jefe de dicho grupo. A los 5 minutos de empezar a explicar los datos e información que he estado recogiendo en los últimos meses, este personaje, al cual relaciono con el Dr.House por su personalidad y por su extraña forma de vestir (siempre camisa, pantalones y zapatos negros), dice que pare un momento y coge su boligrafo negro para poner 2 puntos negros de dos zonas concretas de esos datos y acto seguido me pregunta:

— ¿Cómo explicarías lo que he señalado?

no pude darle respuesta alguna por el mero hecho de que precisamente aquello que había señalado era información seleccionada por la persona que me supervisaba y, aunque yo sabía que no tenía sentido, no lo podía decir delante de dicha persona (también presente en la reunión). Conclusión del Dr.House: Repítemelo todo y así despejamos las dudas.

Total hasta ahí todavía el día es salvable, es un coñazo tener que repetir cosas hechas y tratadas pero se puede remediar.

Acaba la reunión, reservo la cabina de cultivos para las 16:00 y me voy a comer y a hacer tiempo hasta esa hora. Regreso y ¿Qué creeis que me encuentro? Efectivamente, la técnico de laboratorio cuyo horario laboral acaba a las 15:00 seguía dentro pero es que además TODAVÍA QUEDABA OTRA POR ENTRAR antes que yo. No sería hasta las 17:30 cuando entraría yo… y por supuesto el día que más cosas tenía que hacer.

De repente suena el telefonillo de la sala de cultivos sobre las 19:15:

— ¡Rafa! ¿Qué tal?
— (Tu que crees hija puta por tu culpa voy 2 horas retrasado, pensé)
— Nada, era por decirte que nos vamos ya todos a casa.
— (Que detalle, zorra) ¡Buen finde!.

Finalmente, consigo salir cerca de las 20:00, con dolor de cabeza y decido ir al Mcdonald comprar un par de hamburguesas y pasar de la fiesta, aunque no sin fastidiarme un poco el hecho de que justo estaba pasando el autobús que necesitaba para volver a casa.

Llego al Mcdonald y hago mi pedido, un pedido sencillo, simple, conciso: 2 hamburguesas de pollo, un paquete de patatas pequeño y un vaso de lipton. ¿Tan difícil era? Me asignaron el nº 220, y veo pasar 221, 222, 223, 224, 225…

— Oiga, ¿qué le pasa a mis hamburguesas?
— ¿Qué hamburguesas?
— (Le enseño el ticket) Estas.
— ¡Ostia! ¡Se las he puesto al nº 222!

Y a partir de ahí, un completo espectáculo hasta que me las vuelven a hacer el hombre cada vez más nervioso y cada vez que lo miraba con cara de pocos amigos me ponía sobrecitos de ketchup. El tick nervioso más raro que he visto en mi vida. En serio, tengo unos 12 sobres de ketchup.

Total, media hora más tarde consigo salir con mi puñetero pedido y me desplazo hasta la parada de bus más cercana: 8 minutos hasta el siguiente bus, genial. Por fin pasa ese tiempo y lo vemos aparecer, lo conducía una mujer que nos sonreía, ¡menos mal que hay gente simpática!, pensé. Nada más lejos de la realidad. Al mismo tiempo que sonreía aceleraba la muy sádica y, a pesar de que había como unas 20 personas en la parada pasó de largo. Hasta unas abuelas perturbadas actuando cual orangutanes en celo golpeando las puertas del bus no pudieron conseguir que parara, ni que perdiera la sonrisa.

Después de todo llegué por fin a casa y abrí la bolsa de Mcdonald, ¿adivináis?. Si, efectivamente, no habían quitado el pepinillo a las hamburguesas.

Y así acaba mi maravilloso día.

Volveré con más y mejores entradas.

One clap, two clap, three clap, forty?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.