Detalles ín(t)fimos.

No reparo mucho en detalles. No porque no me gusten, creo que pueden ser demasiado hermosos o demasiado aterrorizantes depende de qué estés mirando. Solo los ignoro inconscientemente. Como cuando no notás el sonido de las agujas del reloj o del lavarropas andando.

Una vez leí que de más cerca todo se veía más feo de lo que era. O mejor dicho, que se veía como era en realidad. Las impurezas, los desperfectos, los errores. Todo aquello que, a la distancia y a simple vista, se pasa por alto. Y la verdad es que coincido, la mayor parte de las cosas son lindas desde la lejanía pero cuando te acercas hubieses preferido quedarte en el molde. Y si bien ahora no puedo volver el tiempo atrás ni puedo retroceder los pasos, ni sacar la lupa de lo que ya ví, a veces recuerdo detalles estúpidos y hermosos que la única manera de notar que estaban ahí era mirando bien. Es con eso que me quiero quedar.

Y es increíble. Si me tuviera que poner a detallar las cosas o situaciones triviales que son hermosas con vos haría una lista sin fin y creo que no tenemos mucho tiempo como para listas sin fin y situaciones triviales y sentimientos de nostalgia triviales. Me parece acorde contar algunas igual, porque estoy en boluda romántica y porque la melancolía del final no me está dejando dormir. Aunque nunca puedo dormir temprano, y recién son la 1:30, pero hoy se lo atribuyo a eso.

Estaba pensando en lo lindo que es viajar con vos, y si, en un colectivo con vos. Nada más común y rutinario en la vida de un clase media que eso. Mirando panorámicamente, solo viendo sin observar, solo somos dos personas transportándonos de un lugar para llegar a otro, lleno de personas que nos son indiferentes, en una caja enorme de metal con ruedas, con olor concentrado de esencias corporales no necesariamente agradables, con sus frenadas y arrancadas que nos llevan de un lado para el otro y nos hacen chocarnos entre sí. Pero no era lo que estaba mirando en ese momento. El entorno mucho no me importaba y yo me acuerdo de vos. Mirándome con cara de estúpido enamorado, con humor de mediodía después de dormir juntos, (así, sin coma porque de mediodía después de dormir juntos es diferente de «mediodía» y «dormir juntos») y yo riéndome como estúpida por tus chistes estúpidos que probablemente no le hubiesen dado risa a nadie más que a mi. Me acuerdo de tus besos ruidosos que me daban vergüenza porque había mucha gente. De cómo te reías cuando te lo decía y de cómo lo hacías más fuerte, a propósito. Me acuerdo de otras cosas que no tiene sentido mencionar. Pensé en lo impúdicas que me parecen las parejas que se besan y quieren en público, y pensé en lo lindo que es querer tanto a alguien que no te importa ser el desubicado que demuestra amor enfrente de decenas de personas.

También recuerdo el brillo de tus ojos. Luces titilantes reflejándose en ellos. Una noche que no me acuerdo si estaba nublada o estrellada, porque estaba muy concentrada en vos. En cómo cada palabra que salía de tu boca la embellecía cada vez más, y como a medida que iban fluyendo todo lo de alrededor desaparecía gradualmente. Me acuerdo pero no muy claramente de todo lo que me dijiste, (puedo afirmar que mi inmunidad al alcohol es casi nula) y que solo pude quedarme con la boca abierta y responder con un «te quiero», porque hacías sonar cada línea como quien construye una realidad nueva. Porque, irónicamente, me pintaste tan humana, y tan no humana a la vez.

El no poder dormirme estando al lado tuyo. De querer quedarme despierta toda la noche, aunque solo sea para mirarte, y tener que dormirme a la fuerza porque vos tenias sueño. De despertarme temprano y dar vueltas en la cama esperando a que te despiertes, agradeciendo por lo menos que no roncás. Cómo al lado tuyo el dormir (actividad que amo tanto) me parecía un accesorio innecesario.

Me acuerdo de mirarte en detalle un rato prolongado y de concentrarme en tus pestañas. Generalmente la gente se fija en los ojos, o en la boca o en la nariz. Nada tan trivial como las pestañas de las personas. Pero ese día me concentré en tus pestañas porque las tuyas me encantaban. Nunca vi unas pestañas tan lindas y dije «loco, podría estar mirándolas toda la mañana, si pudiera». Quizás era porque las pestañas eran tuyas nada más y porque hacían un buen contraste con tus ojos y tu piel y quizás todo en vos. Quizás todo es armonioso y fin.

Como dije, a veces no está bueno mirar en detalles y sin querer lo hago igual, y aunque no te quiero de vuelta ni ahora ni nunca me alegra que todavía me des razones para seguir escribiendo. Por más que no haya manera alguna de que te merezcas lo que estoy sacando de mi en palabras y por más que desee que jamás leas esto. Pero hoy me acordé de tu forma de hablar. Tu manera de convertir una oración de una conversación normal en una línea de García Márquez. Pienso en lo bien que coincidiría con vos que leas libros de él. Recuerdo tu manera de convertir una discusión en algo profundo y de volver a la superficie tan rápido como quien en un lapsus se olvida de lo que acaba de decir. La capacidad de transformar un cuento de niños en una tragedia griega. En lo hermoso y doloroso que es eso.

Ya no sé que estoy diciendo cuando hablo de cosas triviales, ya no sé a dónde quiero llegar porque perdí mi punto porque no sé si alguna vez podría haber algo trivial en vos. Algo común con el resto de la gente, que se pueda encontrar en una nueva persona, un nuevo amor.

No sé cuál es mi fin escribiendo esto porque ni siquiera sé cuál fue mi fin perdiéndome en vos, pero creo que ahí está la cosa: nadie se pierde con un fin, solo te podes perder sin querer. Y en ese sin querer te quise bastante.

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