La última habitación de la casa

Algo no me gustaba de esa habitación. Estaba al final de la casa, era fría, oscura hasta con la luz prendida. Deshabitada. Sin colores, triste. Como si al entrar atravesaras una cortina transparente que no muestra lo que hay detrás, pero hay algo que se esconde y te observa. Cuando pasas ese marco transparente quedas sumergido en una neblina casi imperceptible. Las puertas del ropero están siempre abiertas, pero sin embargo, nunca podes encontrar nada aunque busques con linterna. Las matices entre el blanco y negro de la ropa se mezclan y forman un gris confuso, difícil de descifrar el donde empieza una prenda y donde termina la otra. Las formas aritméticas de los muebles dibujan líneas tan perfectas que parecen delimitadas a propósito, hechas para encajar. No se abre nunca la ventana al exterior, hay un patio hermoso, lleno de vida, pájaros y colores, pero la persiana siempre está baja y no deja pasar la claridad. Permanece todo gris, en las tinieblas. No me gusta entrar a esa habitación. Entro para cambiarme y salgo igual, aunque con distinta ropa.