Mirar para arriba


Estaba en el colectivo mirando los edificios a la vuelta de la facultad. Siempre digo que Rosario es más linda cuando miras para arriba. Es algo que me di cuenta hace poco y por casualidad, aunque inconscientemente ya lo sabía. Me gusta ver las construcciones, las formas, las simetrías, la arquitectura de los edificios viejos más que nada, como se refleja el sol en las ventanas y cómo a veces todo contrasta perfecto con el azul del cielo. Como la luz de las 8 y media combina perfecto con el marrón y el ladrillo. Solo por el placer de apreciar las cosas bellas.

El otro día estaba viajando por calle Santa Fe abarrotada, como todo día de semana a las 11 a.m cuando me puse a mirar. Y dije «posta che que es más linda cuando miras para arriba» pero después de colgar mirando un rato, retrocedí en mis pensamientos y bajé la vista a la vereda y la percepción medio que me cambió.

Gente caminando apurada de un lado al otro, atropellándose entre si, autos a los bocinazos e insultándose unos a otros porque probablemente no contaban con que haya tanto tráfico, o porque salieron un poco más tarde por tomarse otro café. Para sobrevivir al día, quizá. Gente afortunada llegando más temprano a su laburo o puntual a su rutina de todos los días. Meses. ¿Años? ¿Afortunada? Quizás. Gente que no te pasa por arriba con el auto nada más porque es ilegal, o porque sería una decepción a la educación que tuvieron en su casa, y gente que vaga con sus pensamientos, un poco como yo, sin saber para dónde disparar.

Fue ver (de nuevo) lo feo de la ciudad que todos los días normalizo, pero con otros ojos.

Entonces me puse a pensar que quizá mirar para arriba solo es un premio consuelo por saber que no estoy haciendo nada por mí pero si por ser otra célula del bullicio de la ciudad. Que si bien es rescatar un poco lo bueno, también es conformarse. Que mi rutina me deja en nada nuevo, como siempre y me funde en una existencia vacía y sin gracia igual que a todos los demás.

Siempre supe que me quería ir de acá. Explorar nuevas fronteras, arriesgarme un poco. Agarrar un trabajo transitorio con gente que no habla mi idioma, comunicarme con inglés torpe y mala pronunciación, conocer culturas nuevas, a su gente, sus buenos y sus malos modales, ver si tiran los papeles en la calle como acá o si llevan bolsita cuando pasean a sus mascotas. Vivir otras experiencias, llorar en otro lugar y también reírme. En cualquier lugar lejos y lo que sea que esté al alcance.

Que mirar para arriba en otras ciudades quizá llene de alma, y no sea solo una distracción para no mirar los defectos de la urbanización. O quizá ver otras urbanizaciones mismas, pero en otro lugar, llene más que ver para arriba acá mismo.

Soy joven, ni siquiera llego a los 20 años. Pero un poco me agobia el modelo de ciudad, sobre todo estando tan acostumbrada a vivir en un semi pueblo. Creo que me agobia el hecho de estar no viviendo sino existiendo, teniendo los ojos un poco tapados por lo que te enseñaron que tiene que ser tu vida.

Hasta a veces me olvido que soy un ser humano y no solo una pieza.

Creo que por eso miro para arriba en la ciudad. No para ver, sino para no ver. Lo que pasa afuera, lo que pasa adentro mío también y que tan bien ignoro. Con los auriculares puestos para aplacar los bocinazos o el ruido de las obras en construcción. Para no acordarme que quizá este no es mi lugar, o por lo menos no tendría que ser un lugar fijo. Porque encuentro un poco de consuelo en la belleza de las cosas, aunque esos edificios estén tan clavados en el suelo casi como yo.

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