Claudia escapa / david álvarez

La mano de Claudia

La de los padres es una sociedad de futuros solitarios

Lo que más tengo que agradecer a los profesores que va teniendo Claudia es su delicadeza con nosotros, los padres, ese grupo en el que repentinamente se encuentra uno después de años de compadecerlos en la distancia. Claudia tiene cuatro años y su procedimiento para hacerse con el mundo es alejarse. De vez en cuando, los profesores nos citan para preparar el siguiente paso.

Hace unos meses explicaron con mucho tacto desde el día siguiente los niños debían llegar solos hasta la puerta de la clase, donde solíamos agolparnos a besarlos como si embarcaran en un submarino hacia el Pacífico. Al llegar a casa comencé a prepararla con el imbatible argumento de lo mayor que es y el avance que suponía que nos besáramos un poco antes, en la verja interior, o al lado de la fuente, y siguiera sola desde ahí. Se puso muy contenta y yo me quede con la tranquilidad de haber neutralizado el riesgo de angustia matinal. Se lo recordé al despertarla. Todo seguía bajo control. Entonces llegamos a la verja.

En ese punto, con la puerta a la vista, se dio la vuelta y me detuvo con la palma de la mano: «Papá, tú te quedas aquí. Un beso». Miré cómo caminaba erguida hacia los dos escalones de la clase. Al llegar arriba, se volvió para despedirme con la mano y una sonrisa. Entonces sucedió lo contrario que con la muerte: me corrió ante los ojos todo lo que esta por venir.

La de los padres es una sociedad de futuros solitarios, de una soledad gradual, sobrevenida, imperceptible en sus primeros pasos, por ese disimulo al que contribuyen los profesores. Una mañana se ponen solos los calcetines y la siguiente le sueltan a uno la mano y lo dejan varado en medio de una incómoda multitud. Y así, sucesivamente.

Cuando se me pasó el pasmo, levanté la cabeza y sopesé los cinco metros que me había alejado de la puerta. Creo que he ido dominando ese vacío. Regreso ya al coche sin que la distancia extra apenas suponga problema. Y agradezco aún más la delicadeza de la profesora, que evitó aclarar quién sujeta la mano a quién.

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