Madrid, los obuses y la hora del té

Manuel Chaves Nogales también supo disparar con precisión y certeza. Él, en cambio, en vez de quemar balas con un fusil, descargaba cartuchos de palabras sensatas en medio de la barbarie imperante. Su condición de pequeño burgués liberal, de ciudadano de una república democrática y parlamentaria, como él se definía, le confirió una visión neutral de una contienda entre hermanos azuzada por poderes extranjeros. Dos males endémicos — el fascismo y el comunismo — se enfrentaron en España; y su población, abrazando esas banderas ajenas que únicamente provocaron muerte, quedó condenada a vivir entre riadas de sangre.


“El resultado fue que la naciente Ciudad Universitaria, el grandioso conjunto de soberbios palacios aún no terminados que debía ser orgullo de España, se convirtió en el escenario de la guerra. Las baterías de uno y otro bando se pusieron a vomitar metralla sobre los colosales edificios universitarios alzados a costa de penosos esfuerzos económicos para dar un albergue suntuoso a la cultura española. En el interior mismo de aquellos templos erigidos al saber comenzó una lucha salvaje, feroz, cuyos protagonistas en nada habían de diferenciarse del hombre primitivo, del auténtico cavernícola. (…) Allí, en aquel ambiente de la Ciudad Universitaria, la guerra civil era ostensiblemente el símbolo elocuente del fracaso de nuestra cultura y nuestra civilización”.

Leer este párrafo, extraído de Los secretos de la defensa de Madrid, conmociona. Es Chaves Nogales escribiendo una verdad tan escalofriante como verídica: el retrato de un país que se descerraja kilos de pólvora de una trinchera a otra; una sociedad que embala irreversiblemente hacia la destrucción.

Los secretos de la defensa de Madrid (Espuela de Plata) es un libro que traslada al lector al 6 de noviembre de 1936, cuando las tropas del bando nacional cercan Madrid y cargan municiones para iniciar la ofensiva. En aquel momento, el olor a derrota era asfixiante para la República. Con el Gobierno de Largo Caballero huyendo hacia Valencia, la inverosímil tarea de defender Madrid recae sobre un viejo, orondo y bajito militar que se ha mantenido fiel: el general Miaja. Asediado tanto desde fuera — por los obuses y embestidas fascistas — como desde dentro —véase las violentas rivalidades y asperezas entre comunistas y anarquistas — , el inquebrantable carácter del general Miaja se mantiene firme en su utópico cometido: salvar Madrid improvisando con “el más incongruente ejército del mundo; un ejército [de obreros que no saben empuñar un arma de fuego] en el que las virtudes militares son consideradas como delito”. Miaja solo tiene una orden para sus hombres: antes el cementerio que ceder un metro de frente.

Chaves Nogales parece ser testigo presencial de los hechos, pero estas quince crónicas de la defensa de Madrid están escritas desde el exilio parisino y con cierta distancia en el tiempo. El detallismo y la pluma del periodista sevillano configuran una narración tan precisa que las imágenes de los tiroteos, cañonazos, cargas y heroicidades adquieren una nitidez real en la imaginación. Todo ello sazonado de una profunda crítica política hacia quienes han conducido a España hasta el desastre de la Guerra Civil.

Como bien apunta en el prólogo Antonio Muñoz Molina, este es un libro que quema entre las manos. No solo relata la estoica supervivencia y entrega de unos milicianos que apenas disponen de munición para contener a los tanques sublevados, sino también las penalidades que sufre el pueblo madrileño y su día a día entre la lluvia de obuses. Unas bombas que explotan por la noche o silban a las cinco de la tarde indicando a los ciudadanos que ya llegó la hora del té. Pero también “una lotería en la que resultan premiados los miles y miles de jugadores a quienes no ha tocado la metralla”, como escribió Chaves Nogales en A sangre y fuego, su obra más aclamada y una lectura tan necesaria como imprescindible.

La madurez política de Manuel Chaves Nogales en una época donde todo el mundo tenía la obligación de levantar el brazo o a cerrar el puño es admirable; por ello, ningún legado mejor que el suyo para ilustrar los vanos e inútiles sacrificios del pasado más oscuro de la sociedad española:

“España no será comunista ni fascista. La mayor infamia que se puede hacer aún con el pueblo español es la de tremolar triunfalmente sobre el inmenso cementerio de España cualquiera de esas dos banderas que siendo ambas extranjeras han hecho derramar tanta sangre española”.

Notas extra: una odisea para encontrar el libro

He tardado un año en conseguir físicamente este libro. Descubrí La defensa de Madrid en una conferencia que Raquel Peláez y Manuel Jabois impartieron en el CMU Diego de Covarrubias. Allí, leyeron un par de fragmentos que cautivaron mi atención; y empecé la búsqueda. No obstante, librería en la que entraba, librería en la que recibía siempre la misma respuesta: está agotado, pero es probable que lo recibamos. Aunque luego nunca se dio tal caso. Resultaba frustrante leer y ojear el resto de la obra de Chaves Nogales sin poder hallar en ninguna parte La defensa de Madrid. En internet encontré algún ejemplar a la venta, pero los precios superaban con creces el centenar de euros.

Un día paseando por la Cuesta de Moyano, creí, al fin, que lo iba a conseguir. Después de recorrer todas las casetas preguntando por el susodicho libro, llegué a la penúltima — ya sin esperanza alguna — y el librero, un señor mayor de estos que no se les escapa una cara, me dijo: “Como el proveedor es amigo, puede que te lo pueda conseguir para la semana que viene”. Y yo, con la ingenuidad por bandera, pensé que ya estaba hecho. Volví más o menos cuando me había indicado, pero al coronar la larga rampa y preguntarle a este hombre qué hay de lo nuestro, ¡zas!, decepción al canto. Me dio su número y le llamé a los pocos días obteniendo el mismo resultado: nada. Entonces, le dije, cuando recibas el libro, me pegas un toque. Meses después, sigo esperando.

Manuel Chaves Nogales

A punto de cejar en el empeño, decidí mandar un email a la Editorial Renacimiento contándoles mi frustrada misión. Me contestaron lo de siempre, que estaba agotado, pero el siguiente párrafo me hizo clamar un aliviado ¡por fin! Estaban preparando una reedición de La defensa de Madrid, aunque no me podían decir la fecha exacta de publicación. Al menos ahora la espera tendría recompensa.

El 8 de marzo, en el diario El Mundo, me topé con un artículo de Antonio Lucas titulado: ‘Por fin queda ultimada la defensa de Madrid’. No quise ni leer el relato inédito que se incluía en la noticia, solo los cipotudos comentarios de Lucas para ponerme todavía los dientes más largos.

A finales de ese mismo mes, me acerqué hasta La Central de Callao. Sabía que el libro todavía no había sido publicado, pero aproveché para preguntar cuándo lo recibirían. Me atendió un chico muy majo llamado Miguel con el que me puse a hablar de libros periodísticos sobre la Guerra Civil. Él desconocía el de La defensa de Madrid (modificado y aumentado en la nueva edición de Los secretos de la defensa de Madrid), pero me habló de otro escrito por reporteros del bando republicano durante el asedio fascista. Sin embargo, no recordaba el título. Esa misma tarde, Miguel me envió un correo electrónico informándome de que el libro de Chaves Nogales saldría el 10 de abril y que el otro se llamaba Madrid es nuestro. 60 crónicas de su defensa (Editorial Nuestro Pueblo).

Haciendo un rápido barrido por internet, sin ninguna esperanza de encontrar nada, tal fue la sorpresa al descubrir que en la Librería Jiménez Bravo, situada en la zona de Iglesia, tenían un ejemplar de Madrid es nuestro a un precio muy módico. Entrar en aquel local fue como retroceder varios siglos en el tiempo: primeras ediciones de libros ilustres de la literatura española que daba miedo abrir por si se desprendía alguna de sus antiquísimas hojas. El dueño, refugiado, eso sí, detrás de un enorme Mac de sobremesa, me facilitó el libro que yo iba buscando. Con una simple ojeada a esa tipografía e ilustraciones de 1938, más la lectura de algún párrafo suelto, no vacilé ni un instante en llevármelo bajo el brazo.

Madrid es nuestro, prologado por el general Miaja, no se constituye como una simple recopilación de crónicas al uso. Sí, tiene un cierto tufillo propagandístico, pero los textos de Jesús de Izcaray, Clemente Cimorra, Eduardo de Ontañón y Mariano Perla — el más avezado escritor de los cuatro — son de alta calidad literaria. No son artículos donde se narran con precisión cronológica los choques en el frente, sino que forman un relato de los quehaceres de los madrileños al mismo tiempo que impactan los obuses contra sus casas. Hay historias de héroes populares y compañías cuya determinación no puede ser doblegada por la mejor organización y equipamiento del ejército sublevado, pero también se habla de los cines, que son la morfina contra el ruido de los disparos; de los niños que juegan a la guerra; de las terrazas desde donde se observan, con el corazón encogido, los combates aéreos; y de los cafés que no pierden la vida, del Retiro o del reloj de la Puerta del Sol que, pese a los bombardeos, sigue marcando una hora: la hora de la barbarie.

Sumergirme en Los secretos de la defensa de Madrid — no os podéis imaginar la sensación de extrañeza que me provocó sujetar este libro con mis manos después de semejante odisea — y Madrid es nuestro no ha sido como leer una novela o ensayo más. Estas crónicas teletransportan al frente, a la trinchera, a las calles y edificios del Madrid asediado, y muestran la cara más humana. Son una película en verso, donde la atrocidad que se ilustra salpica sangre hasta nuestros días. Pasear, según por qué zonas de Madrid, ya no va a ser lo mismo.