Sesión fotográfica posterior, Estación Juárez del Tren Ligero. Fotografía de Rodrigo de la Mora.

La fascinación por lo (des)conocido: radiografía política de un mejor amigo

David Ricardo Flores

Soy de esos que creen que, detrás de todas las personas, hay una historia potencial que merece ser escudriñada hasta el más recóndito de sus detalles. Tal vez se deba a que la sociedad de mercado en la que estamos inmersos nos haya acostumbrado a consumir historias grandilocuentes y aderezadas siempre de dramatismo hiperbólico, pero hemos perdido la capacidad de apreciar la belleza minimalista de los relatos íntimos. Lo especialmente fascinante de estos relatos es que para apreciarlos no hay que servirse de reflectores, sino que hay que ponerse los lentes de cerca para conseguir profundizar en la historia de vida de quien abre la puerta de sus sentimientos, sus miedos, sus sueños, sus obsesiones y hasta sus heridas.

Esta es una de las principales razones que me motivaron a generar una radiografía política muy alejada de lo convencional. Cuando la gran mayoría aspiraría a describir minuciosamente perfiles de resonancia internacional, pienso, por ejemplo, en el Papa Francisco, en Donald Trump, en Ángela Merkel o hasta en Recep Tayyip Erdogan, yo opté por construir una narración de alguien razonablemente bien conocido por mí. No como un acto de autoplacer egoísta ni mediocre, tampoco como un ejercicio ocioso, pero sí como una oportunidad para reivindicar el valor que tienen aquellas historias que van erigiendo su belleza con el simple andar cotidiano y nada más que eso.

Me he atrevido a retratar políticamente -eso sí, de forma muy humana- a mi mejor amigo a sabiendas de que es peligroso enfrentar a la contracorriente que nos arrastra a venerar únicamente lo espectacular, lo Ripley, lo fuera de lo común. Lo he hecho porque creo que la vida de Cristóbal Álvarez Palomar, nombre nunca antes pronunciado en CNN ni en el New York Times, al igual que la vida de muchas de las personas que me rodean, implora en silencio por ser escuchada. Resta aclarar, por último, que este relato no persigue la lógica frenética de los likes ni la cascada opulenta de los retuits, y que bastará con que una sola persona le dé lectura para adquirir la condición sine qua non una historia se convierte en historia: la sagrada interlocución entre el que cuenta y el que escucha.

No voy a mentir. Desde que conocí a Cristóbal en la preparatoria me pareció un tipo peculiar. A pesar de que es un año menor que yo, he encontrado siempre una elocuencia digna de admirar -rara en nuestros tiempos- que arropa sus pensamientos y que me hace sentir cómo nuestras conversaciones diarias se transfiguran en genuinas cátedras, muy retadoras intelectualmente, algo que, personalmente, valoro mucho en mis conocidos. Temo severamente porque la extrañísima raza de amistades enciclopédicas -esas que te ilustran lo mismo de cine que de arquitectura, ciencia, filosofía o viajes- está en peligro de extinción. Cristóbal es, sin lugar a dudas, uno de esos amigos.

Lo conocí no antes de enero de este año y poco a poco nos permitimos generar un intercambio riquísimo de ideas, conocimientos y visiones (en lo político, en lo social, en lo afectivo e inclusive, en lo espiritual) no siempre coincidentes, pero sí emocionantes, que nos han llevado a forjar una amistad muy valiosa y no menos que singular. En este trajín de conversaciones-enseñanzas (a él le debo, por ejemplo, gran parte de lo que he aprendido sobre urbanismo y cultura local) descubrí lo que había intuido desde un inicio: Cristóbal tiene algo que contar, y no solamente para contármelo a mí. Me propuse entonces experimentar en la construcción de este perfil político, que es el aspecto que mejor conozco de mi amigo, siguiendo el mantra que reza que, de cerca, nadie es normal.

Sesión fotográfica posterior, Parque Rojo. Fotografía de Rodrigo de la Mora.

Cristóbal Álvarez Palomar tiene 17 años y unos ojos azul intenso que perforan cualquier pensamiento al contacto directo. Estudia el último año de bachillerato en el Instituto de Ciencias, de donde yo egresé recientemente. El Instituto de Ciencias es un colegio jesuita fundado en Guadalajara hace 110 años, célebre por haber albergado en sus aulas y pasillos a personalidades que transitan desde Alfonso García Robles, premio Nobel de la Paz, Diego Fernández de Cevallos, ex senador de la República y candidato presidencial, Luis González y González, historiador e intelectual, Efraín González Luna, fundador del PAN, y los hermanos Diego y Alfonso Petersen Farah, periodista y alcalde tapatíos, respectivamente, hasta Guillermo del Toro, cineasta, o Jesús Briseño, dueño fundador de la cervecería Minerva. Es más complejo atinar en cuáles son los perfiles de mujeres célebres, pues, por alguna razón que nunca alcancé a entender y a la que siempre fui opositor, en el muro del éxito del colegio únicamente se exhiben -hasta ahora- rostros masculinos.

Como cada año, hace poco se celebraron elecciones en el Instituto de Ciencias para renovar a la mesa directiva de la sociedad de alumnos (popularmente conocida como SAIC), la cual Cristóbal presidirá al haber resultado victorioso en el proceso electoral, en donde ganó sin tener competencia alguna, pues los contrarios desistieron de participar en el proceso. Quedan otras complejidades por vencer, como la apatía estudiantil o la falta de credibilidad por parte de los alumnos en su sociedad; lo hablo con conocimiento de causa, pues yo formé parte de la mesa directiva en el periodo correspondiente al segundo semestre de 2015 y el primero de 2016.

Le pedí a Cristóbal una entrevista para poder retratarlo con precisión, a la cual accedió sin mayor reproche, pero no sin poca sorpresa; debe de ser extraño que un amigo te entreviste y más a nuestra edad. Siempre que hago de entrevistador pido al entrevistado que él sea quien decida el lugar de encuentro, como si esta fuera la primera pregunta del cuestionario. Me citó en un café pequeñito, como muchos otros que nutren de vida a la arbolada calle Libertad, en la colonia Americana. Es una tarde gris, de esas en las que las nubes toman de rehenes a los viandantes y amagan con empaparlos en cualquier momento. Cristóbal llega al encuentro como si fuéramos a tomarnos unas cervezas para tertuliar sobre alguna coyuntura política. Sin embargo, hoy el libreto nos ha asignado papeles.

Me sorprende revisando mis notas en una banca al exterior del café. Subo la cabeza y veo su figura ya habitual para mí. Mediana estatura, pose relajada, bien parecido. Nos sentamos en una mesa de la terraza y bromeamos antes de entrar a la parte seria. Mientras pongo la grabadora, Cristóbal sorbe el café con leche extra-grande que ordenó y prende un Lucky que saca en un movimiento preciso de una cajetilla que guardaba en el bolsillo de la camisa, como para anunciarme que con eso inicia su papel de entrevistado.

La primera es sobre el Ciencias, y es: ¿qué significa para ti ser alumno del Instituto de Ciencias?

Híjole. Para mí significa, primero que nada, y puede ser una frase muy trillada, pero es un orgullo ser parte del Ciencias. Es un colegio que tiene muchísima historia, que significa muchísimo. Que dentro de la ciudad, y hasta a nivel país, es de las preparatorias más reconocidas por la calidad en su enseñanza y en la formación de jóvenes. Me enorgullece mucho ser parte de esa comunidad, porque no es solamente un colegio que se dedica a formar máquinas académicas que saben todo y que van a triunfar en la vida, sino que impulsan gente muy humana que se preocupa por los demás y que quiere trabajar por ellos.

Ya lo dijiste en parte, pero, ¿cuáles crees que sean las condiciones específicas que hacen diferente al Ciencias de otros colegios que hay en la ciudad?

Probablemente sea la educación jesuita, que tiene valores muy particulares que no son fáciles de encontrar en otro tipo de formación. Por poner un ejemplo, en otros colegios que tienen orientación católica se imparten principios mucho más conservadores y cerrados que al Ciencias no le hacen sentido. Esto hace que sea un colegio que hace mucho énfasis en la libertad de las personas.

Libertad, ¿de qué tipo?

Qué buena pregunta. En algún reglamento que leí en secundaria recuerdo que se hablaba de una “libertad radical”, y a mí ese concepto me hacía mucho sentido en ese entonces porque, bueno, cuando uno está empezando a crecer quiere retar todo en la vida, quiere hacerse valer por sí mismo y quiere encontrar los medios para poder hacerlo. En el Ciencias te permiten hacerlo. Te facilitan recorrer el camino que consideres que es más adecuado para ti y tomar las decisiones -con sus debidos límites- que te parezcan más razonables.

Sesión fotográfica posterior, Estación Juárez del Tren Ligero. Fotografía de Rodrigo de la Mora.

¿Por qué el Ciencias ha servido, durante décadas, como semillero local de personalidades políticas, empresariales, académicas, culturales…?

Primero, porque la educación jesuita suele tener como fin educar a las clases media alta y alta para que tengan conciencia social y que busquen solidarizarse con las clases no tan privilegiadas, entonces suele ser gente que ya está más o menos posicionada dentro de, por así decirlo, las clases sociales importantes de la ciudad, aunque sea un concepto muy feo. Luego, que los jesuitas llevan cientos de años educando y han sabido cómo perfeccionar su técnica para encargarse que la gente que pasa por sus colegios tenga excelencia no solo académica, sino también humana, como te dije hace rato.

Que las principales personalidades, por lo menos de los sectores político y empresarial, hayan estudiado en colegios y universidades privadas, ¿no es una forma de perpetuar una clase dirigente emanada de estratos socioeconómicos altos? ¿Cómo podemos difuminar estas brechas?

Es difícil. Creo que como país hemos avanzado mucho en eso; cada vez hay más gente que proviene de clases sociales bajas que empieza a tener incidencia en la vida pública, y podemos tomar como ejemplo al presidente más insigne que ha tenido México: Benito Juárez, de clase trabajadora en Oaxaca, que era indígena y al final se formó con educadores de muy alto renombre para acabar siendo un personaje emblemático.

Si la pregunta es cómo podemos hacer para que eso cambie, chale…es una pregunta muy complicada y probablemente no tenga la respuesta, porque no he estudiado cómo se dan estos cambios. Creo que un sistema educativo más eficiente pueda ser la respuesta.

¿Te gustaría ver algún día tu fotografía en el muro de los egresados notables del Ciencias?

Claro que sí.

¿Qué quieres estudiar, en dónde y por qué quieres estudiar eso?

Mira, me gustaría estudiar Ciencia Política en la licenciatura, pero no quisiera solamente entender la política, sino que quiero también hacerla y para eso necesito mayor grado de especialización, tener un área de expertise más precisa. Me gustaría clavarme en rollos de gestión territorial o de urbanismo, por ejemplo. Todo esto te forma más porque te ayuda a pensar la política como el estudio de lo común, de lo que pasa todos los días, de cómo nos vamos organizando y eso no se aprende en las aulas, por eso, en su momento tendré que elegir una universidad que vaya con ese tipo de pensamiento.

La idea original era estudiar en el Colegio de México en la capital del país, pero esa idea inicial probablemente cambie y preferiría estudiar dentro de la ciudad, y si fuera el caso, el ITESO siempre me ha llamado la atención por su formación jesuita.

¿Qué opinas, por cierto, del cambio de sede del Instituto de Ciencias?

Es un tema muy complejo, en donde es hasta difícil, de entrada, tomar una posición a favor o en contra. Es verdad que las instalaciones del Ciencias han empezado a quedarse cortas, es verdad que son anticuadas, sobre todo si las comparamos con la infraestructura de otros colegios jesuitas dentro de la república; eso es solo una parte, en donde las instalaciones sí son relativamente anticuadas.

Pero de ahí a que el colegio se mueva a un terreno a las afueras de la ciudad, no urbanizado, sin un plan claro para aminorar los impactos de dicha mudanza…eso me parece un error garrafal que en unas décadas el Ciencias va a terminar reconociendo. El tiempo lo dirá. Es cosa de que el Ciencias elabore un plan bastante inteligente y estructurado para hacer esa mudanza, y así, probablemente sea positivo. Pero de inicio te digo que mover un centro urbano tan importante a una zona con tantos problemas es, por lo menos, arriesgado y es ir en contra con los valores del colegio de mantenernos cerca de la sociedad, de crear comunidad. Ha sido un proceso bastante complicado no solo para los alumnos, sino también para los ex alumnos aceptar este cambio. Habrá que ver cómo se resuelve.

¿Por qué quieres ser el presidente de la sociedad de alumnos del Ciencias?

Creo que la sociedad de alumnos del Ciencias, y la de cualquier otro colegio, es un punto de partida importante para empezar a participar en la vida comunitaria de nuestra ciudad y también del país. Como presidente de la sociedad de alumnos me gustaría impulsar una agenda que tome en cuenta eso; una SAIC (Sociedad de Alumnos del Instituto de Ciencias) que salga de las aulas y empiece a tomar acciones que repercutan en la comunidad en la que estamos inmersos. Considero que conseguí armar un equipo bastante capaz de llevar a cabo esta agenda y como presidente, primero, me entusiasma tener ese cargo, y segundo, creo que estoy capacitado para conseguirlo.

Dices que te hace sentido darle relevancia a la sociedad de alumnos fuera de las paredes del Ciencias y que tienes un equipo listo para hacerlo, ahora vamos entonces a los cómos. ¿Cómo ir más allá de las ideas para conseguir poner en marcha todos estos planteamientos?

Antes de decirte cómo hacerlo, te voy a decir por qué hacerlo. Primero, porque el Ciencias está repleto de personas brillantes que son muy capaces de sacar adelante proyectos que pueden beneficiar a toda la ciudad; gente que se apasiona por asuntos ambientales, por cosas artísticas, por la ciencia, por campañas de solidaridad, de todo eso que está muy presente en el Ciencias. Y canalizándolo se puede llegar a construir una sociedad de alumnos que asuma su papel dentro de la comunidad, y de ahí en adelante, formular proyectos para conseguirlo: tenemos uno de reforestación, otro que es un rally urbano.

Al final somos chavos en una sociedad de alumnos y lo que podamos hacer tiene muchas limitaciones, pero podemos empezar desde ahí para impulsar que en nuestra vida profesional, siendo adultos, tomemos decisiones con mayor impacto para toda la sociedad.

¿Crees que se deba de hablar y de hacer política en los colegios?

Sí. Pues es lo que ya estamos haciendo, ¿no? Se debe porque no se puede entender al humano sin su dimensión política, que es una cosa de lo que hablan los jesuitas. No se puede entender al humano sin su vocación por organizar actividades que transiten hacia el bien común. También se debe de hacer porque no podemos seguir estando ciegos ante algunas realidades que se muestran todos los días ante nosotros, que son la desigualdad, la injustica, la opresión; y creo que se puede empezar a caminar desde acciones pequeñas, como lo son la sociedad de alumnos del Instituto de Ciencias o la de cualquier otro colegio.

Sesión fotográfica posterior, Estación Juárez del Tren Ligero. Fotografía de Rodrigo de la Mora.

¿Cómo politizar a los alumnos -ayudarles a explorar su sentido inherente de lo político que mencionas- sin necesariamente hablarles de política?

Yo creo que hay que hacerlo. Hay que hablarles de política. Y hay que desmitificarla, decirles que hay que dejar de pensar que la política es grilla, que es corrupción, que es suciedad y que es todos esos demonios que ha tenido la política dentro de nuestro país. Hay sociedades más avanzadas que han logrado una política más democrática, más abierta y más cercana a las personas; yo creo que ese es el camino para politizar a los alumnos. Porque si les estamos inculcando un sentido político sin decirles que están haciendo política, no se la van a creer, y cuando crezcamos vamos a seguir pensando que la política es lo mismo de siempre y vamos a perpetuar los vicios que tiene.

Para ti la política, lejos de las instituciones y de las otras estructuras del Estado, ¿es entonces un acto de organización?

La definición que yo tengo de política, y no sé si alguien la haya usado antes que yo, es la de una actividad humana que consiste en organizar otras actividades humanas para avanzar hacia un bien común. Y creo que eso puede salir muchas veces de las instituciones o también puede emanar de un intento ciudadano mucho más espontáneo por tratar de organizar las cosas. Por ejemplo, un grupo de vecinos que se organiza para plantar árboles en su cuadra o para bachear un hoyo en la calle que está fregándose a todas las camionetas de la colonia es hacer política. Llevar una agenda que nos convenga a todos es hacer política.

¿En qué se parece y en qué punto se distancia una sociedad de alumnos de un gobierno?

Se parece en el sentido de que tiene una obligación -o por lo menos, la responsabilidad- de llevar una agenda que garantice que los gobernados, en este caso los alumnos, tengan sus intereses más o menos cubiertos; entonces, si los alumnos están queriendo que se haga cierta cosa en su escuela, es responsabilidad de la sociedad de alumnos respaldar ese reclamo para que llegue hasta sus últimas consecuencias. Es lo mismo que pasa en el gobierno, en donde las exigencias debieran de ser cubiertas para que la voz de los ciudadanos tenga peso en las decisiones públicas. Eso es lo similar.

Creo que las diferencias son por demás evidentes: no tenemos un presupuesto, entonces depende muchísimo del ingenio que tengamos para conseguir dinero; no tenemos capacidad de pedirle a la gente se comporte como nos gustaría que se comporte. Y esto último me parece bien, es parte de ser alumno el que te intereses o no por las actividades.

¿Crees que la crisis de representatividad que afecta a los sistemas políticos en sus diferentes niveles alcance a permear en una sociedad de alumnos, que es algo de lo más elemental?

Creo que no. No veo una crisis en la credibilidad ni en la representatividad, pero sí en el interés. Y eso tiene que ver con lo que se ve en la vida pública, con lo que se ve en las noticias, con lo que la gente ve desde sus casas, que sí tiene que ver con una crisis de representatividad. Me explico. En la política nacional y local ya no confiamos mucho en quienes nos gobiernan porque han dejado de representar los intereses de la ciudadanía y eso acaba configurando este discurso en donde los políticos no sirven de nada, los políticos son corruptos y no nos representan; eso probablemente acabe influenciando a los jóvenes, particularmente los estudiantes del Instituto de Ciencias, para tener una visión más o menos apática sobre hacer política. Esos son los demonios a los que nos enfrentamos: el desinterés, la apatía y hasta cierto punto también la desinformación.

¿Cómo hacer entonces que los alumnos se interesen y participen, que es lo importante? ¿Cómo se les puede devolver la esperanza de sentir que su opinión es tomada en cuenta?

Ese es precisamente el reto y así lo asumimos desde un principio. Tenemos que motivar a la gente para que empiece a participar en las decisiones que se toman primero, dentro de su sociedad de alumnos, y luego, ya en un futuro, dentro de las instituciones gubernamentales. Cuando empezábamos a tener las primeras juntas de la planilla (partido estudiantil) ese era el comentario que surgía, que teníamos un…¿puedo decir un chingo? Bueno, que teníamos un chingo de preocupaciones del estilo: “que la gente no va a jalar, por más que esté chingón; que no le va a interesar porque la gente no es así”. Bueno, pues hay que encontrar la manera de planteárselos de la forma en que les interese, y si de verdad no les interesa, pues lo desechamos y encontramos que sí les interesa. Esa es la tarea de una sociedad de alumnos.

Sesión fotográfica posterior, Parque Rojo. Fotografía de Rodrigo de la Mora.

¿Es válido no interesarse por la vida pública, por la vida en común? ¿Te parece egoísta?

Me parece egoísta, aunque no me parece mal por lo egoísta, pero sí es poco responsable. Al final, todas las decisiones que tomamos van a repercutir de una forma u otra en los demás y por eso tenemos que asumir nuestra responsabilidad. Todos tenemos la meta final de ser felices y de vivir bien, ¿por qué no armonizamos entonces ese interés colectivo de vivir bien y trabajamos para hacerlo juntos? Eso es lo que te digo es hacer política. En la medida en la que nos interesamos por los otros y empezamos a tomar acción, estamos siendo conscientes de nuestro papel dentro de la sociedad y estamos hasta cierto punto, no quiero decir ganándonos nuestro derecho de ser felices, pero sí.

¿Crees, por ejemplo, que los partidos políticos ayuden a coordinar esos esfuerzos para la configuración de una realidad en donde todos seamos partícipes?

Deben hacerlo y creo que pueden hacerlo. Hay miles de casos en donde hay intereses genuinos dentro de los partidos por llevar una agenda que beneficie a todos los ciudadanos. Lamentablemente, en nuestro país cada vez escasean más esos partidos con intereses genuinos, entonces habrá que voltear a ver a casos en otros países: en Europa, en Estados Unidos, en Sudamérica; partidos chicos que comienzan a surgir y que impulsan agendas ciudadanas que le convienen a todos.

¿Estamos transitando entonces de una era de partidos a una era de agendas?

No. No lo estamos haciendo y probablemente no tengamos que hacerlo. Al final un partido es un grupo de personas que se aglomera para defender sus intereses, promoverlos y ordenarlos en una agenda; entonces es ahí en donde existen partidos que defienden una agenda con causas más conservadoras, más liberales, más ambientalistas, feministas…y eso es muy necesario. Los partidos tienen que reconocer ese papel y volverse más cercanos a la gente.

Ahí es cuando lo que preguntas tiene mucho sentido. Evidentemente, los partidos que actualmente existen en México ya no representan los intereses de la sociedad, entonces va a tener que cambiar el esquema de partidos.

¿En qué sentido?

Deben de volverse mucho más cercanos y para eso tal vez tengan que hacerse más locales, más pequeños y más dispuestos a colaborar con distintos actores de la sociedad civil que les permitan promover distintos tipos de proyectos conjuntos.

¿Sientes afinidad por algún partido?

Sí. Hay diferentes momentos de la historia en los que ha valido la pena respaldar los programas que impulsan los partidos. Por ejemplo, la agenda metropolitana que lleva Movimiento Ciudadano a mí me agrada mucho, pero quizá la proyección que tienen para 2018 de buscar la gubernatura del estado (Jalisco) no sea la más interesante. En los años 70s y 80s, el Partido Acción Nacional representaba estos ideales de la democracia, de eliminar los vicios de la clase política; luego, en los 90s esos intereses se vieron representados en el frente amplio que lideró Cuauhtémoc Cárdenas y que terminó siendo el PRD. Lo que te quiero decir es que nunca me voy a casar con un partido porque los partidos, como todo grupo humano, pueden terminar cayendo en todo tipo de vicios. Con lo que hay que casarse es con los valores, los intereses y las agendas. Si un partido está impulsando lo que nos interesa, hay que apoyarlo y participar en él de la manera en que se pueda.

Es 2018 y tienes sobre la mesa a Aurelio Nuño, a Andrés Manuel López Obrador, a Margarita Zavala y a Miguel Ángel Mancera. No puedes anular. ¿A quién le das tu voto?

Para empezar, por Aurelio Nuño no votaría porque significa otros seis años más de priísmo y no estoy dispuesto a apoyar eso. Por López Obrador tampoco votaría; no es una opción que me parezca viable para traerle algún tipo de beneficio al país. La decisión sería entre Mancera y Margarita. Mancera no ha dado buenos resultados en su gobierno y Margarita nunca ha gobernado, entonces creo que sería aventurado votar por ella. Aun así, me parece la mejor opción.

¿Impulse o no una agenda progresista?

Espero que lo haga, y si no lo hace, va a ser una lástima votar por el menos peor.

¿Estarías votando entonces únicamente por una alternancia y no por la calidad de las propuestas?

Es voto útil, más bien.

¿Tuviste algún tipo de participación en los movimientos asociados a Ayotzinapa en 2014 y 2015?

La manera en que participé fue pobre. No me enrolé en el movimiento de Ayotzinapa porque al final creo que es un ejemplo de cómo se desvirtúan las luchas sociales y yo no estaba dispuesto a involucrarme con eso.

Sesión fotográfica posterior, Estación Juárez del Tren Ligero. Fotografía de Rodrigo de la Mora.

¿Por qué?

Un ejemplo de cómo se desvirtúan los movimientos son los plantones en los centros de las ciudades en donde hay grupos de 30 o 40 personas puestas de planta, que están exigiendo distintos tipos de luchas, pero que al final entre tantos reclamos, el reclamo es ninguno.

Están ahí, solamente quejándose porque ya tienen una inercia que los impulsa hacia eso. Yo esperaría que las luchas sociales fueran más genuinas, más propositivas y con peticiones claras. La verdad, el discurso marxista, del proletario y del campesino, ya se desgastó desde hace mucho tiempo, ya no hace sentido en esta sociedad que es muy diferente a las épocas en que era realmente valioso. Yo no estoy dispuesto a colaborar con ese tipo de actitudes.

Tú mismo aceptaste que tienes otro tipo de educación, diseñado para las clases media y media alta. Pero, ¿qué pasa con las personas que provienen de contextos populares rurales y que no te habla de agendas como tú lo haces, pero sigue hablando de luchas sociales?

Te voy a dar una respuesta basado en lo histórico. ¿Cómo fue que esta gente adoptó un discurso basado en la lucha popular? Porque en los años 30s, cuando se universalizó la educación, estos valores fueron los que se le llevaron a la gente; la educación sirvió como un mecanismo para transportar estos ideales y en su momento tuvieron muchísimo sentido porque les permitió llevar a cabo luchas muy reales que las zonas agrícolas, por ejemplo, necesitaban. Creo que es lo que intenta la Reforma Educativa, claro, con muchísimos defectos y quedándose muy corta, pero a fin de cuentas busca modernizar este tipo de luchas para que transiten a un tipo de democracia más real, comprensiva y libre.

Yo creo entonces que la herramienta tiene que ser la educación, que aunque no es una medida rápida que vaya a darte frutos en cinco años, es una manera de iniciar un proceso que va a derivar en mayor bienestar no solo para ellos, sino también para toda la sociedad mexicana.

¿Crees que el país ya haya resuelto sus carencias para conseguir ese progreso en lo ideológico que propones? ¿Le hará sentido a una persona que tiene pendientes sus necesidades de subsistencia hablar de educación primero, aunado a que todavía cuaja en su contexto el arraigo a lo popular, a lo rural?

Creo que hay varias preguntas dentro de esa pregunta. Veo la pregunta de si la educación es primordial antes que cubrir servicios básicos, veo la pregunta de si estamos preparados y veo la pregunta de si vale la pena. Te las voy a contestar en orden.

¿Que si la educación es urgente o es lo que hay que hacer antes que lo demás? No, evidentemente no. Hay un rezago socioeconómico muy marcado en algunas comunidades que debe de ser atendido con urgencia, pero eso no quita que haya que modernizar la educación y también sus luchas, hasta cierto punto. Hay que darles herramientas para que sus peticiones vayan cambiando hacia algo que de verdad les ayude, porque sus luchas dejaron de funcionar desde hace mucho tiempo. Tienen que encontrar los valores esenciales detrás de sus luchas y creo que la educación es la herramienta para hacerlo.

La segunda pregunta es sobre si México ya puede hacerlo y creo que ahí está la dificultad. Las instituciones mexicanas están debilitadas, por eso se complica reestructurar el esquema ideológico sobre cómo sacar adelante a este país. Probablemente ahora mismo no se pueda, pero hay que transitar hacia allá; hay que hacer todo lo posible para que se pueda y espero que en los próximos años ya estemos capacitados como nación. Al final, al final…olvidé la tercera pregunta.

¿Cuáles son tus referentes políticos en lo local, lo nacional y lo internacional?

En lo local no es ningún secreto que tengo afinidad por algunas (hace énfasis en “algunas”) de las medidas impulsadas por Enrique Alfaro. Me gusta también la agenda legislativa de Pedro Kumamoto, por más que tenga algún tipo de diferencias sobre su figura pública, y también me gustan los medios que utiliza para posicionar su agenda. Me gusta cómo se han organizado distintos colectivos de la ciudad para promover sus intereses, como liberar las banquetas o mejorar el espacio público, que son cosas muy sencillas que le van a hacer bien a todos. Ya si nos vamos a lo histórico, Arnulfo Villaseñor me parece una figura notable dentro de la administración municipal. También admiro a Juan Palomar y Arias y a Jorge Matute Remus, que poseían un pensamiento de ciudad que ya quisiéramos tener en nuestra generación.

En lo nacional es más difícil. Me gustaba el proyecto de nación de Marcelo Ebrard, pero su figura política se desgastó totalmente y pues, está exiliado en París. Me gustaba su figura, me gustaba su proyecto y cómo era capaz de hacer frente a intereses políticos que le estaban haciendo daño a nuestro país. Te puedo decir que difiero con López Obrador, con el priísmo tradicional y con el panismo desvirtuado. Me gusta Jorge Castañeda. Rascando la historia, me gustaba el pensamiento localista de Mariano Otero, que quiso darle mayor libertad a las personas en la toma de decisiones.

En lo internacional mi amor por Bernie Sanders es declarado, es una figura que a nuestro país le hace muchísima falta; ya quisiéramos tener uno. Me gustó la campaña de Mauricio Macri para la presidencia de Argentina, pero ahora tengo muchísimas dudas sobre su gestión. En Europa también me gustaba Albert Rivera. Ya no. Corbyn, el laborista, que aunque no podrá armar gobierno nunca, sabe cómo transportar los intereses de la gente a las cúpulas de la política británica. Me gusta Trudeau, que es el jefe de Estado más brillante del planeta, aunque detrás tiene a Obama. En lo internacional es difícil tener iconos a seguir porque probablemente una figura como Trudeau no funcionaría en México, entonces hay que concentrarse en lo más familiar.

Yo sé que en pleno 2016 es difícil hablar de izquierdas y de derechas; en mi opinión, estos conceptos quedaron rebasados. Pero, ¿si tuvieras que ubicarte en un croquis político, estarías…?

En el famoso test del political compass estoy muy abajo, a la izquierda. Abajo porque ahí están las libertades. Hay que darle más libertades a las personas, así avanzan las sociedades: libertades políticas, económicas, de todo tipo. Aunque también es ingenuo pensar que esto va a terminar con el rezago en los temas de desigualdad y de justicia económica. Por eso estoy en algún punto medio entre el libertarismo y la socialdemocracia.

Sesión fotográfica posterior, Estación Juárez del Tren Ligero. Fotografía de Rodrigo de la Mora.

¿Cuáles crees que sean los tres mayores problemas del país y cómo se te ocurre que podamos resolverlos?

El principal problema es que se desvirtuó la política, en donde también se engloba la crisis de representatividad, el aumento descontrolado en la corrupción y la apatía que tiene la gente por incidir en las decisiones públicas. Nos desencantamos con la política y, lamentablemente, en ese mismo proceso, también con la democracia; existe un desencanto a nivel mundial porque la democracia le falló a la gente, por lo menos la democracia como se ha aplicado hasta ahora. Hay que encontrar maneras para encontrar que funcione mejor, porque todo es perfectible y asumir que la democracia es perfecta es una falacia. Tenemos que trabajar con el desencanto por la política.

El segundo mayor problema creo yo, es la desigualdad. Desigualdad social, no económica, porque el paradigma en el que tu grado de acumulación de capital determina quién eres quedó muy en el pasado. Ya hay otras maneras de pertenecer a distintas clases sociales, como lo menciona Bordieu, con el capital cultural, por ejemplo. Ya no podemos hablar de una sociedad estratificada de forma vertical, pero aun así la desigualdad continúa siendo un lastre, porque todavía hay personas que no tienen cubiertas sus necesidades de ser humano, que no son solo comer, ir al baño y tomar agua, sino que son cuestiones como recrearse, viajar y hacer comunidad.

El tercer problema, probablemente, sea el de carácter ambiental. Lo vemos mucho en nuestra metrópoli y en su área circundante; tenemos que hacer algo ya por arreglarlo.

¿De qué padece la ciudad?

La ciudad, hablo de Guadalajara, con lo compleja que es, tiene lógicas muy diferentes en comparación al resto del país. Te decía que a nivel nacional el principal problema es el desencanto por la política, cuando acá es el desencanto por la ciudad. Hace cincuenta, cuarenta, treinta años, la ciudad era algo de lo que todos o casi todos estaban muy orgullosos. Los políticos hablan de que Guadalajara antes era la ciudad de las rosas y ahora es una Guadalajara de las murallas o una Guadalajara del desorden, ¿sabes? Ya no creemos que la ciudad es igual de linda y de funcional, lo que ocasionó que nos desencantáramos con ella.

Los suburbios son una muestra de ello. Por ejemplo, los suburbios horrendos al norte de la ciudad rumbo a la carretera a Saltillo, en donde la gente vive en condiciones muy precarias, que aunque tiene servicios y la capacidad de trabajar en una ciudad como Guadalajara, al final las condiciones que tienen para la convivencia son paupérrimas. No tienen la capacidad de disfrutar de una ciudad.

También Guadalajara sufre resistencia al cambio, que es algo paradójico, porque te acabo de decir que hubo un cambio que nos desencantó y al final, creo que tenemos que aceptar este cambio. Sí, Guadalajara no va a ser la ciudad que fue antes. Eso no quiere decir que no pueda ser una ciudad muy linda, muy habitable y que nos llene de orgullo a todos. Se han tomado esfuerzos tanto del gobierno como de la sociedad civil organizada y de la iniciativa privada para que la ciudad vaya progresando, pero existen varios sectores de la población que son muy reacios a eso porque no quieren que su colonia se transforme o que se construyan calles para conectar distintos puntos de la ciudad.

Sesión fotográfica posterior, Estación Juárez del Tren Ligero. Fotografía de Rodrigo de la Mora.

Hablabas de que la gente está desencantada con la democracia, y creo que nunca es deseable ver las cosas en blanco o en negro, pero si tuvieras que trabajar por un solo tipo de democracia: ¿sería participativa, a través de colectivos, organizaciones y asambleas vecinales, o sería representativa, desde el gobierno y otras instituciones?

Es un poco complicado. Si hacemos democracia participativa con las condiciones del diseño institucional de nuestro país nuestro nivel de incidencia es relativamente poco. Se pueden hacer cosas para modificar el entorno más inmediato, para hacer reclamos sociales y para poner una diputación independiente en el Congreso del estado. Pero no se puede para hacer para cambiar el paradigma completo y que nuestra ciudad o el país funcionen; se puede, pero sería un movimiento muy largo que podría desvirtuarse. Si queremos hacer un cambio sustantivo, tenemos que estar desde la democracia representativa con el fin de que la democracia participativa pueda ser realmente relevante en un futuro.

¿No vale la pena llevar procesos a largo plazo?

Todo lo contrario. La inmediatez es el problema. Vimos cómo Yo Soy 132 convocaba a manifestaciones multitudinarias con decenas de miles de personas exigiendo el mismo reclamo, ¿y al final en qué terminamos? En un Pacto por México que ignoró las peticiones de este movimiento. Por como está diseñado el país, no estamos preparados para movimientos como éste. No sé qué tan viable sea marchar en las calles. Creo que vale más la pena entrar al Congreso y desde ahí preparar el terreno para que estos movimientos puedan transformarse en algo funcional.

¿Sirve de algo marchar?

La queja siempre es importante. Creo que llegamos al mundo quejándonos; quejándonos porque, chingada madre, nos quitaron del vientre de nuestra mamá, que ya tenemos frío, que ahora tenemos que respirar por nosotros mismos y entonces chillas. Es a lo que vienes al mundo, a quejarte. Y luego evoluciona a “mamá, no quiero sopa de lentejas, quiero mejor sopa de letras”. Entonces tenemos que transitar como seres humanos a “no quiero que se haga esa Reforma Educativa, sino que se haga esta otra. Y queremos impulsarla”.

Las marchas por sí solas no sirven. Funcionan cuando son parte de un proceso mucho más inteligente y estructurado para promover intereses dentro de una agenda.

¿En qué utilizas tu tiempo libre?

Me gusta mucho la música, entonces canto en una banda y toco el bajo. Me gusta leer. Me gusta, como a toda persona de mi edad, salir con mis amigos y hacer locuras. También hay que considerar que por mi carácter de estudiante mi tiempo libre es todo lo que estoy haciendo cuando no estoy estudiando, y mucho de lo que estoy haciendo cuando no estoy estudiando es este tipo de cosas, como participar en la sociedad de alumnos. Creo que gasto bien mi tiempo libre, más en proyectos que en vagancias.

Sesión fotográfica posterior, avenida Chapultepec. Fotografía de Rodrigo de la Mora.

¿Alguna vez has sentido alguna forma de pesar por no hacer lo que hace comúnmente la gente de tu edad, como llevar una vida más simple, digamos? ¿Te desagradaría llevar una vida promedio?

Pues no, creo que sería divertido. No es que sea aburrido lo que hago, pero igual la gente se la pasa bien haciendo ese tipo de cosas. Esto que hago es lo que a mí me gusta. Probablemente si pudiera elegir de todos los estilos de vida posibles, seguiría eligiendo el que tengo ahorita.

¿Por qué salir a organizarte en tu colonia, por qué participar en las juventudes de un partido y por qué hacer proyectos a largo plazo? ¿Qué es lo que vale la pena?

Primero, y es muy importante, que me divierte. Si no me divirtiera, no lo haría nunca. Si no me divirtiera, vería películas o jugaría videojuegos. Me divierte organizar proyectos y creo que es importante asumir nuestro papel como miembros de una sociedad.

¿Libro favorito?

Fallas de origen, de Daniel Krauze. También La historia interminable, de Michael Ende.

¿Canción?

Te voy a decir varias, porque en distintos contextos son canciones que me gustan mucho. Por ejemplo, Touch, de Daft Punk…qué canción. Qué pinche canción. Human sadness, de Julian Casablancas, también es muy buena, es emocionalmente dura, más densa. Es colosal. Está también Adventure of a lifetime, de Coldplay, que fue de las últimas, la mejor, porque chafearon mucho. Otra es Comforting sounds de Mew, por lo que me significa.

¿Y película?

The Congress, de Ari Folman.

¿En dónde te ves en quince años?

¿Cuántos años voy a tener? Diecisiete…veintisiete…evidentemente no voy a ser ingeniero -bromea mientras calcula, como para disimular la falta de habilidad matemática-. A ver, veintisiete más cinco son treinta y dos años. Voy a tener treinta y dos años. ¿Qué voy estar haciendo con mi vida? Me gustaría haber ya hecho alguna maestría; trabajar en alguna ONG o participando en algún partido político que me motive, que represente intereses valiosos y genuinos; me gustaría empezar a participar más en la política, pero no pienso en un puesto ni en nada de eso.

Desciendes de un entramado familiar que proviene desde José Palomar y Rueda, gobernador de Jalisco, y de donde han surgido personajes como tu bisabuelo, el planeador urbano Juan Palomar y Arias, o tu tío, Juan Palomar, quien trabaja en importantes proyectos para la ciudad. ¿Alguna vez has sentido presión por sobresalir y abonar al legado familiar?

Por sobresalir, no. No tengo ningún tipo de ganas de ser mejor que Don José Palomar y Rueda…porque está cabrón serlo -ríe-. Tampoco quiero ganarle a Juan Palomar y Arias ni a mi tío, pero abonar sí. Existe la costumbre familiar de pensar en la ciudad, trabajar por ella y me gustaría hacerlo también en algún momento.

Sesión fotográfica posterior, en alguna azotea cerca de avenida Chapultepec. Fotografía de Rodrigo de la Mora.

Y, ¿cómo evitas que el pasado de tu familia te endiose y te haga pensar que tienes la vida asegurada?

No tengo la vida asegurada. Y tampoco me gustaría tenerla. La verdad, estas personas que tú mencionas fueron importantes en su momento, Juan lo puede ser ahora, pero no puedo llegar a ser alguien en la vida por mi familia. Eso también me motiva, porque si consigo algo es que me lo gané, y si no, es que simplemente no pude. La lucha es mía, no de mi familia.

Mis antepasados me inspiran y me dan algún tipo de motivación, pero no voy por la vida diciendo “mira, yo soy tal persona y mi abuelo fue ese otro”. No hay que hacer eso nunca.

Tres virtudes y tres debilidades tuyas.

Virtudes: uno, determinación. Dos, sensatez, porque sé cuándo hacer las cosas y cuándo no. Y la tercera es que me considero una persona responsable, porque sé qué cosas me tocan y las hago bien. Esa también es una de mis debilidades. Cuando sé que tengo que hacer algo, me trinco (esto es, meterse de lleno en algo) y termina siendo desgastante. Otra debilidad probablemente sea la duda, de si soy capaz de hacer las cosas o si no estoy adelantándome a un proceso, que me meto solito a problemas muy complejos. También una debilidad es la ¿sobreexplotación personal? No sé como describirlo -suelta una carcajada-. La última es que me tengo mucho miedo al fracaso. Cuando las cosas no salen como tengo planeado suele ser un golpe duro.

¿Mayor miedo?

Al fracaso.

¿Qué es fracasar?

Fracasar, aunque no sea la respuesta más políticamente correcta del mundo, es no lograr las cosas que te planteas de la forma en que te lo planteas; eso es muy dañino para mí y también para las personas más cercanas a mí. Desanima ponerte metas muy altas y que las cosas no salgan como quieres.

¿Cuáles fueron el mejor y el peor momento de tu vida?

Siendo cursi, podría decirte que el mejor momento de mi vida es el que estoy por tener, en algún futuro. Pero mejor dejo de mamar y te digo que uno de los momentos que más he gozado fue haber regresado al Ciencias después de haberme ido del colegio. Y, probablemente, uno de los momentos más difíciles de mi vida fue haberme ido de ahí pensando que podía no regresar. Están ligados esos dos momentos. Fue duro.

¿Por qué este momento fue tan complejo?

Porque le tengo mucho cariño al Ciencias y me significa mucho; entonces tenerme que ir, por más que haya sido sólo un año, me desanimó bastante. Pensé que no iba a volver, pero al final regresé y me demostré que podía. A nivel personal fue muy gratificante.

¿Quieres hablar de por qué te fuiste del Ciencias? Igual todas las entrevistas se editan…

No, la verdad siempre he sido muy abierto con ese tema. Pues en tercero de secundaria rompí una regla que ameritaba ser expulsado del colegio, asumí esa responsabilidad y me tuve que ir. Se me permitió regresar después de un año haciendo el examen, como todos, con el proceso que corresponde y aquí estoy ahora.

Off the record, Cristóbal me permitió aclarar que la expulsión del Instituto de Ciencias fue por portar marihuana dentro del colegio. Tras una serie de malos entendidos y desaciertos típicos de la adolescencia, asumió una lección costosa, pero que a la larga le remuneró lo perdido. Estuvo un año -el más difícil en los diecisiete recorridos- fuera del Instituto de Ciencias, en un colegio llamado La Paz; a su vuelta, consiguió en pocos meses alzarse campeón estatal en un equipo de debate y ganar las elecciones como presidente de la sociedad de alumnos. Remontar la vida.

Sesión fotográfica posterior, en alguna azotea cerca de avenida Chapultepec. Fotografía de Rodrigo de la Mora.

¿Te consideras un líder?

Sí y no. La imagen del líder emprendedor, de “motívense, chavos, sigan sus sueños”…no tanto. No soy un líder populachero ni un caudillo. Soy más bien un líder escéptico. Le digo en la cara a la gente que las cosas están de la chingada y que tenemos que hacer algo por cambiarlas. Creo que ha funcionado en el pasado, no sé si va a seguir funcionando en el futuro. Es una pregunta difícil de contestar. Hasta cierto punto, lo soy.

¿Si fuera el “sí eres un líder” o el “no eres un líder”, sería…?

El sí.

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