Relato para concurso #molinosquijote

Poco entendía la castellana mente de Alonso Quijano de estos tiempos. Abatido y achispado por el vino de cartón, no lograba entender por qué condenado motivo su última foto no había logrado ni tan siquiera un Me gusta. Había seguido cerca de quince tutoriales, visionado decenas de videos y asistido a un par de conferencias impartidas por gurús de las redes sociales. Pero él seguía anclado. Cero seguidores en Instagram. Alonso no sabía ya cómo posar en ese engendro moderno metálico, que capturaba el alma y llamaban cámara, para recuperar la popularidad que tuvo durante los últimos cuatrocientos años.

Bien es cierto que corrían otros tiempos. Un hidalgo caballero ahora no se medía por su gallardía o pundonor, ni tan siquiera por su valentía frente a un entuerto. Pensaba Don Quijote, mientras se acicalaba su barba de chivo y su notable mostacho para intentar una nueva toma. Él, mal que le pesara, se había intentado adaptar, década a década, siglo tras siglo. Contaba con un representante, quien supuestamente le iba a lograr asistencia a eventos y fiestas para poder relacionarse y mejorar su notoriedad. Aunque de momento había sido más palabrería de fanfarrón que otra cosa. Se exprimía diariamente el coco para que sus menciones tuvieran repercusión. Usaba etiquetas como #molinodeviento, #molinosdecastilla, #energiayviento o #turismocastilla pero no conseguía la más remota audiencia. Incluso hacía esfuerzos titánicos para mejorar el posicionamiento de su malograda página web gigantesdecastilla.com, con infecundos resultados.

Con sumo cuidado y la precisión de un cirujano, acomodó su armadura a su cuerpo. El impoluto peto contrastaba con las grebas, tan oxidadas como su espalda, motivo por el cual siempre era la parte donde más tiempo empleaba. Además, su desatino con los cierres se agudizaba según su estado de ánimo espiritual, eufemismo que usaba para corregir la ingesta de caldos.

Malvivía, Don Quijote, como siempre lo hizo, pero con peor vida si cabe. Los aguerridos gigantes de su pasado no eran más ahora que una miserable, anticuada y trasnochada atracción turística, donde los visitantes que pasaban por allí, a cuentagotas, no hacían más que hacerse fotos con él. Pensaban que se trataba de un figurante cualquiera y no del verdadero, único e inimitable Don Quijote de la Mancha.

En un abrir y cerrar de ojos, tomó aire y su gesto cambió al de un insigne caballero, pletórico y brillante. Sonó el disparador de su pequeña cámara digital apostada en un desvencijado trípode de plástico, y un isntante después, terminó con la pose rígida y mirada hierática de la fotografía. Con un suspiro de abatimiento, su cuerpo recuperó la energía mórbida previa a la acción. Con la parsimonia y desgana de una acción repetida cien millones de veces, don Quijote se despojó de cada pieza de su indumentaria y la guardó en un arcón rústico entallado en oscuro metal.

Alonso Quijano se sentía sólo e incomprendido. A su fiel compañero Sancho se lo había llevado una galopante ambulancia, dos años atrás, con una sobredosis de colesterol en vena de la que jamás se pudo recuperar. Entre el estrépito de sirenas y la congoja de tal escenario, apenas tuvo ocasión de agradecerle sus siglos de servicio y dedicación. Fatídico el momento en que toda aquella comida basura apareció. El alma débil de Sancho sucumbió de tal forma a esos efímeros sabores, que pronto fue su perdición. Su amada Dulcinea se había ido con un traficante de armas ruso, tan loco y soñador como él, pero con las alforjas más acaudaladas y un yate en cada puerto. Desde entonces, Don Quijote había intentado engatusar su corazón con hermosas y contemporáneas doncellas, pero todos sus romances se habían quedado en afectos virtuales de poco pan y moja y demasiada palabrería mojigata de la que un hombre de su tiempo poco o nada entendía.

Maldita inmortalidad que le obligaba a permanecer mientras el mundo perecía. Maldito Cervantes y su pluma prodigiosa que le desgraciaba con esta presencia perenne cuatro siglos después. Achacoso y cada vez más yermo, el resto de clásicos de su generación habían ido muriendo con los siglos y únicamente él permanecía ahí, incólume a los tiempos. Sus coetáneos cada vez leían menos y con ello, moría cada día un poco más. Aún así se afanaba en seguir vivo. En seguir brindando homenaje a Don Miguel, su creador.

De repente, un Me gusta en la última foto subida. Un vertiginoso autorretrato donde aparecía enganchado a medias en un aspa de molino, entre lo cómico y lo ridículo, había servido para que alguien agazapado bajo el perfil de Clásicos de Oro mordiera el anzuelo. No sólo le gustaba la foto sino que la acababa de compartir. ¡Insulsa felicidad la que ahora se cernía sobre este mundo!. Cuando en sus tiempos un buen plato de gachas, un platillo de asado y una bota de vino eran el alfa y omega de cualquier paisano de Castilla. Llenar la panza y remojar el gaznate frente a sentirse querido, arropado, apreciado a través de una pantalla.

Como cada noche, don Quijote apagó los grandes halógenos que iluminaban en la noche a los, otrora, sus grandes enemigos de Castilla. Cerró la puerta de su habitación y antes de recostarse en su sofá, encendió un diminuto transistor. Su sonido le ayudaba a dormitar. Entre sueños, Alonso Quijano recordaba vívamente tiempos mejores a lomos de su intrépido Rocinante, con su querida Dulcinea y su añorado Sancho. Tiempos lejanos, pero reales en su mente. Mucho más que la cercana e irreal actualidad y sus mundos virtuales.

A la mañana siguiente retomaría su actual e insípida vida al son de un despertador, mientras preferiría volver a ser el vividor, loco de atar que un día fue, en lugar del anodino y desconocido cuerdo sobre el ancho mapa de Castilla, que ahora se sentía. Al fin y al cabo, cordura y locura no eran más que relativos estados según los ojos del que viviera…