Esclavos del odio

Mucho se habla estos días sobre la libertad de expresión, uno de los principales fundamentos en cualquier sociedad democrática que, según el artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (DUDH), dicta que ‘todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitaciones de fronteras, por cualquier medio de expresión’.

En un momento en el que la sobrecarga informativa es continua (a este fenómeno se le conoce como infoxicación), de lo que no son conscientes aquellos que hablan una y otra vez de libertad es de que, como cualquier derecho, este cuenta con responsabilidades y, por tanto, límites. Cuando se violan, vejan o atropellan derechos fundamentales, la utilización de la libertad de expresión pasa a convertirse en un escudo con el que se intentan justificar delitos de odio tipificados en el Código Penal. En el artículo 510 se condena el fomento, la promoción o incitación directa e indirectamente del odio, hostilidad, discriminación o violencia contra las personas por motivos racistas, ideológicos, de orientación o identidad sexual, género, etc.

Los mismos medios que hoy se olvidan del derecho que toda persona tiene a recibir información veraz para que pueda conocer la realidad, esos que hoy le dan la mano a bancos y partidos políticos a través de grupos empresariales rendidos a un ideario ideológico, se llevan ahora las manos a la cabeza ante el rechazo visceral de una campaña transfóbica lanzada por una organización integrista católica que ha conseguido que su marca se difunda por todas las publicaciones, tertulias y redes posibles con un coste económico mínimo. Llevan su objetivo en el nombre, ese que no mencionaremos para evitar caer en la trampa.

Lo que sí diremos es que se trata de los mismos que se alzaron contra el matrimonio homosexual, la asignatura de Educación para la Ciudadanía y la ley del aborto, llegando a realizar vigilias frente a clínicas abortivas en las que increpaban con ataúdes blancos a aquellas mujeres que vivían uno de los días más duros de su vida. También son los mismos a los que financió Esperanza Aguirre cuando presidía la Comunidad de Madrid y a los que una jueza vinculó con la secta secreta de extrema derecha El Yunque, incansables en el acoso, presión y desestabilización del poder político, así como en la búsqueda de influencia en la Conferencia Episcopal.

Escudándose una y otra vez en que los padres tienen derecho a educar a sus hijos como cada uno considere (si en casa se enseña a maltratar o discriminar al otro, adelante) y escandalizándose por cualquier cuestión que tenga que ver con la identidad sexual (materia en la que demuestran una profunda ignorancia cada vez que se pronuncian al respecto), confunden educar en la inclusión con el fomento de una ideología imaginaria que buscaría la conversión (¿?) en homosexuales y transexuales de propios y extraños. La ignorancia es atrevida y aún hay quienes piensan que es decisión de uno mismo amar a una persona de su mismo sexo o un capricho sentirse mujer en el cuerpo de un hombre y viceversa.

Poco le preocupan a estos fanáticos los cuadros de ansiedad, depresiones y dificultades para relacionarse de quienes sienten en sus propias carnes que la identidad no se encuentra entre las piernas, sino en la cabeza, viviendo cada día con el miedo al rechazo, algo que avivan quienes imparten dogmas y niegan su realidad con juegos de palabras, polémicas ridículas y nulo rigor científico.

Ellos, que bufaron cuando una campaña en apoyo del librepensamiento y el ateísmo salió a las calles de ciudades de todo el mundo en un autobús con el lema ‘Probablemente Dios no existe. Deja de preocuparte y disfruta de tu vida’, juegan ahora a poner interrogaciones en una campaña propia de quienes un día habrían defendido con furia que la Tierra era plana y las bondades del fascismo. Ellos, tan peligrosamente cerca de los miserables que se reunieron para gritar lemas homófobos en los funerales del atentado de Orlando, a pocos metros de distancia de personas deshechas por la pérdida.

Con el sueño húmedo de un estado teocrático en el fondo de sus mensajes, se apoyan en lecciones escolares manipuladas en las que no diferencian entre el sexo biológico asignado al nacer y la identidad, vilipendiando la expresión de identidad y negando una infancia feliz a unos, dando permiso para atacar a otros. Según la psicología, sentirse hombre o mujer depende de factores como el cerebro, los cromosomas y las hormonas. Alguien hábil en biología sabe que la identidad de género puede coincidir o no con la identidad biológica, y al mismo tiempo con la identidad genética. Respetar no es una cuestión de ideología, algo que ignoran quienes piensan que la diferencia resta mientras empujan a la supresión de derechos y esperanza de los que luchan por una vida digna.

La defensa del respeto de los derechos del menor frente a los integristas que se retuercen cada dos días por manifestaciones artísticas-estéticas (ahí sí ven odio y persecución) no puede cuestionarse alegando libertad de expresión, por mucho que algunos opinen que retirar del espacio público un autobús transfóbico es abusar del poder en vez de apostar por enfrentarse a la violencia y sus consecuencias sociales. ¿Un lema de odio por encima de las leyes vigentes?

Irónico que estos días sean más coherentes la actriz Yolanda Ramos en un talent show y el actor porno Nacho Vidal en un programa de corazón que periodistas y políticos sabedores del alcance de su voz. Que una de las mayores estrategas del Partido Popular, Cristina Cifuentes, sea más firme en el rechazo al autobús tránsfobo que muchos tertulianos que se las dan de progres ilustra la altura moral de los medios españoles. Por suerte, el ejemplar trabajo de la Asociación de Familias de Menores Transexuales Chrysallis está dando la talla por esos niños que se merecen amar y ser felices todos los días de su vida. Para quienes niegan al otro, un único deseo: que un día dejen de ser esclavos del odio.

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