Enamorados

Ever Dávila
Feb 18, 2016 · 4 min read

Para Ana Carolina
Al ritmo de Fernando Anitelli

Después de otro paseo común de enamorados, ir al cine, mirar las vitrinas de las tiendas, reír un poco, un paseo más, común, como uno de tantos, salvo por el hecho de ser el primer paseo de otoño, cuando el clima es mas ameno, las ropas mas pesadas, las manos frías y los rostros pálidos. Después de ese paseo, cenar temprano en un restaurante tradicional del barrio y a continuación dar un paseo por la placita .

Él no quería demorar, o mejor dicho… quería mucho, pero no podia, él tenía compromisos ineludibles que a ella herían profundamente. Ella se apegaba a él con gesto de desesperación, como una niña que sostiene su peluche entre sus brazos para que el cuco no se lo robe, tenia miedo de dejarlo ir; él era su ancla en esa ciudad que nada tenia que ver con ella, polución, gente mal educada, miseria, llovizna ligera, ceniza, ceniza y mas ceniza… Si no fuera por que él, ella nunca viviría, nunca saldría del campo, ahora ciudad, donde el cielo es más bajo y más alto y ni la luna y ni las estrellas se esconden de nosotros.

Y así iban, medio tambaleando de tan juntos que caminaban, tres piernas para un solo tronco, alto y bajo, largo, desproporcional, iban prendidos el uno al otro para calentarse, para no perderse, para no dejarse. Los arboles ocultaban los arboles rojos por debajo de los postes de estilo oriental del mismo color, las curvas escondían secretos por el camino de piedras irregulares, pequeñas y lisas, grandes y ásperas, una infinidad de colores calientes en la grama amenizadas por el frío del aire, la niebla, el sereno, dando ese tono que solo el otoño sabe tener.

Así anduvieron, de pronto, en una curva cualquiera, por pura casualidad, se detuvieron juntos, como si estuviese acordado pero no lo estaba. Se abrazaron fuerte, profundamente, se sumergieron el uno al otro, ahogándose en sus perfumes, en sus brazos y ropas pesadas. Y abrazados, así envueltos el uno al otro , él llego cerca del oído de ella y sentía la necesidad de decir cosas pero no las dijo. No por miedo, recelo, prisa, no. Simplemente no podia pues habia tanto que decir que todo se entrevero dentro de su corazón, y las palabras — si acaso salían — salían sin nexo. Pero nada importaba, él sabia que ella entendería de cualquier forma, mas continuo sin decir nada, ni una palabra, y de pronto — para no quedarse sin decir nada — él dijo que la amaba, pausadamente, pronunciando bien cada palabra y agradeció por el tiempo que estaban juntos, las sonrisas, los besos, las lagrimas, todo .

Ella se acomodaba en los brazos de él, colocaba su oído en su corazón, sus manos frías se encontraban al final de un abrazo, se sentía feliz junto a él, cerca, sintiendo, escuchando, abrazando, sonrió cuando escucho hablar del amor y quería escuchar algo de lo que no supiese, pero lo dejo pasar, era mejor no pensar en eso y aprovechar el poco tiempo que tenia antes que él la soltase en el espacio y recordara el compromiso que tenia. Ella había oído decir tantas cosas, lo más reciente era que el tiempo no existía cuando estaban juntos, que el mundo se desvanecía a su alrededor, que nada más importaba, sino ella, ella y sus caricias, sus abrazos, su afecto, su amor. Ella se encantaba tanto con las palabras de él, con sus gestos, sus miradas; él le dijo que quería casarse, pasar el resto de su vida con ella, tener hijos. ¡Tener hijos!

En ese momento, incluso en ese abrazo donde las palabras faltan, así sin más ni menos sus brazos se fueron soltando, el abrazo se fue convirtiendo en caricias por la espalda, por los hombros…Sus cuerpos se fueron separando, lentamente, de una manera sufrida y sin ganas de hacerlo. Como si hubiesen ensayado durante años para ese momento, dos pares de ojos parpadeando simultáneamente. Al abrirse, después que su iris volviera a la normalidad, que las pupilas se dilataran y se contrajeran nuevamente para acostumbrase a la luz, después de ese breve instante, de esas milésimas de segundos, cuatro ojos se encontraron en el espacio. Él sintió más de una vez que el tiempo se detenía, que el mundo se desvanecía alrededor, todo se aclaro y solo podia ver ese par de ojos marrones claros, y todo el misterio del infinito se envolvió ahí. Ella sintió que su corazón se detenía por un segundo o dos, se contenía toda la eternidad, el pecho le ardía de dolor y placer, una forma híbrida de felicidad con un toque de sufrimiento, a lo que llamamos amor y fue así que se perdió en esa mirada.

Y así sus ojos dijeron todo lo que sus bocas no consiguieron decir. Y durante cinco segundos, o menos, parecía que solo existián dos cuerpos en el universo, dos únicas almas hechas para permanecer juntas, , solamente dos corazones latiendo al mismo ritmo. Y después que sus ojos dijeran todo lo que había que decir, se cerraron en un inmenso cansancio. Y todo lo demás que necesitaba ser hecho y comprendido, sus bocas, sus brazos sus corazones ardientes fueron suficiente para explicarlo.

Una lluvia repentina empezó a caer, recordando el compromiso olvidado. Corrieron juntos para no mojar sus cuerpos. Porque las almas, ah, esas ya estaban inundadas … de felicidad.

Publicación original “Namorados” por William G. Gardel

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