Magic: reflejo de la superestructura
Ey, cuánto tiempo.
Escribir sobre política hoy en día es complejo, y es amargo. Y no hablo sobre la política del día a día, la que ahora, en la recta final de una campaña electoral llena de discordia, esperanza y frustración, está tan a flor de piel que duele. Hablo de la otra política, la política propia de teóricos, filósofos y borrachos. La ciencia que trata la organización de la sociedad, lo que dicta quiénes somos, cómo, por qué y hacia dónde nos movemos. La que nos hace sentir tan pequeños, y de la que no podemos escapar. Supongo que por eso es complejo y amargo escribir sobre esa política.
El origen del amargor está claro. A fin de cuentas, lo saboreamos con cada pasito que nos atrevemos a dar hacia la reflexión, la introspección y el análisis. Nadie está contento en el siglo XXI. Nadie está contento con lo vertiginoso de la realidad, que evoluciona y muta a velocidades que no podemos seguir, y menos aún cuando el intentarlo pierde su carácter prioritario ante unas necesidades vitales básicas que muchas veces apenas si podemos cumplir. Está claro que escribir sobre política, ir voluntariamente a la gigantesca caverna de algo que puede parecer que escapa a nuestra capacidad por lo enorme que nos viene, es amargo. Y por eso es también complejo.
Es complejo no sentirse abrumado ante lo grande de todo este sistema, no caer en el nihilismo existencial y en los análisis grises que, en ocasiones, ladean demasiado hacia el negro. Eso podría llevarnos a, por ejemplo, estar escribiendo un artículo sobre Magic y ni mencionar el dichoso juego hasta el tercer párrafo, porque la línea narrativa está demasiado perdida en los lugares más farragosos de la filosofía. O también podría llevarnos a pensar si de verdad “vale la pena”. A fin de cuentas, todos nos lo preguntamos más veces de las que consideraríamos sano. Algo, lo que sea: si vale la pena seguir en la carrera, en el trabajo, con mi pareja, militando, viendo las noticias… Es todo muy grande, y a veces muy gris.
Pero también podemos asumir que, efectivamente, es jodido, y seguir adelante. Y, ojo, que no es una tarea demasiado fácil. De hecho, muchos no podemos aceptar (ni creer) que nada tenga propósito ni utilidad. Llamadlo sentido común o de supervivencia, a vuestra elección. Y si con un poco de suerte logramos mantener estos pensamientos pesimistas al margen durante una buena parte del tiempo, podremos seguir adelante y mantenernos entretenidos lo suficiente como para considerarnos “felices”. Y si la moral lo requiere, también consiguiendo hacer acopio de fuerzas para luchar de cuando en cuando por lo que nuestra conciencia nos pida.
Por todo ello (y ahora llegamos a Magic, lo juro), no está de más hacer un poco de introspección de cuando en cuando. Yo os diría que la que haré aquí es por haceros ver algún punto de vista diferente, aunque igual es mentira. A lo mejor estoy escribiendo eso solo para desahogarme, y tenerlo más fácil a la hora de hacer ese acopio de fuerzas. Porque lo necesito, y es que esta vez el sentimiento apático ha llegado a mi hobby, mi forma de desconectar de esa hipervelocidad capitalista del día a día: Magic.
Llevo unos meses “alejado” de Magic. Si le preguntáis a cualquier persona de mi círculo cercano os diría, y con bastante razón, que de alejado una mierda. Aún paso bastantes horas a la semana vagando por el Twitter de Magic, consumiendo vídeos… de vez en cuando, hasta jugando algunas partidas. Pero lo que sí es cierto es que ya no llevo el ritmo que llevaba anteriormente. Al día con los spoilers, con el lore, con los torneos, con los productos. Es un ritmo que yo, personalmente, no he podido mantener durante tanto tiempo. Pero seamos sinceros, ¿alguien puede?
Solo en 2019 hemos tenido más formas nuevas de jugar a Magic de las que ha habido en toda la década anterior. Y eso por no hablar de productos suplementarios, o de plataformas donde jugar. Y eso es normal. Es una época de cambio para el juego, que ha decidido que renovarse es más atractivo que la alternativa: morir. Y ya hablábamos antes de la velocidad a la que gira el mundo, conque ¿por qué el microcosmos que es Magic, estando atrapado dentro del mundo, iba a girar a menor velocidad que este? Total, que me bajé del tiovivo por estar demasiado mareado.
Y he de decir que desde fuera se ve girar la máquina igual de bien. Con unos trazos más grandes, vale, y sin poder entrar a esos detalles y disputas sobre uno u otro tema, cuestiones que parecen grandes pero que en una semana morirán para nunca más ser recordadas. Que si este meme, este torneo, esta reedición, este baneo, este pro, esta mecánica… Pero el tiovivo aún gira, y aún disfrutas viéndolo, y aún puedes ser parte de él.
O casi siempre.
El jueves me enfadé, y al principio no supe señalar del todo por qué. Podía, igual que veo el tiovivo a grandes rasgos, deducir que tenía que ver con la reacción de la comunidad de Magic ante los tan esperados Mystery Packs, o como se llamen. Mucha gente se sintió decepcionada por este producto, y no es difícil entender por qué. Es decir, a mí particularmente me fue un poco indiferente, como me lo ha sido un gran porcentaje de las últimas novedades de Magic (quién me lo habría dicho hace dos años). Pero vaya, que entendía por qué alguna gente se enfadó con los Mystery Packs. Igual que entendí por qué se enfadaron con Eldraine. O con Modern Horizons. O con el metajuego de Estándar, o con Arena, o con la falta de coverage. Entiendo todo eso, y entiendo que todo eso genera un cúmulo de negatividad que…
Oh, espera, ¿va a ser este un artículo hippie acerca de la “falta de positividad” al encarar algo que “solo es un juego”? ¿Me voy a enfadar con todos vosotros? Claro que no, ¿qué os creéis que soy, un liberaloide? Y no, en serio, a fin de cuentas, ¿qué significa ser “solo un juego”? Nada es solo un juego. Y Magic, un microcosmos que gira a la misma velocidad a la que gira el mundo en que está atrapado (entendiendo así Magic no como el juego, sino como la comunidad y el mundillo a su alrededor), no se puede entender sin comprender el exterior, la superestructura de la que Magic es reflejo.

Vértigo. Emoción. Temporada de spoilers, un metajuego cambiante al que adaptarse. Unas ilustraciones que admirar, chistes de los que reírse, lore que mantener al día, teorías que actualizar. ¡Decisiones financieras! Oferta, demanda. Pago la presentación, una caja, drafts. Tengo singles que puedo comprar y vender, invierto en la vibrante microbolsa a pequeña escala del mercado secundario. Miradme, soy un dealer. Y a lo tonto ya ha pasado una semana, y vuelve la temporada de spoilers. Qué hobby más entretenido.
Este microcosmos de Magic, porque no le queda otra, es la esencia radical de la hipervelocidad estructural del siglo XXI. Y la reduce a sus formantes más puros, donde ni siquiera existen las regulaciones del mundo exterior, por lo que todo ocurre de forma más directa, clara y salvaje, y donde el peso de las consecuencias no cae sobre “sociedades”, sino sobre individuos con nombres y apellidos. Nosotros. Los jugadores, que por serlo también somos necesariamente inversores, y por tanto perdedores de dinero. Retorcidos por una adicción que alterna entre la ilusión y la desilusión a ritmos que nuestro cerebro ni siquiera es capaz de procesar con la calma que debería. Con bonitas cajas de zapatos a reventar de cartas como recordatorios de momentos que han sido devorados por el tiempo. Pero, eh, no vayas a caer en la melancolía, ¿no os he dicho que viene otra temporada de spoilers?
Y, poco a poco, vamos quemando euros e instantes. Cada vez más alienados por la frustración y la adicción, sensaciones no tan diferentes para nuestro organismo a las que siente un ludópata. Y si nos tomamos un respiro, si queremos ver el tiovivo desde fuera, las únicas pinceladas que podemos percibir a veces son de cinismo y apatía. Y lo jodido del asunto es que no podemos culpar a nadie ni a nada, al menos no a nadie ni a nada de Magic. Recordemos que, a fin de cuentas, solo es parte de una superestructura mucho más grande que cualquier individuo.
Pero bueno.
Me es complicado encontrar un cierre satisfactorio para este artículo. Desde luego, la conclusión optimista no surge de Magic, ya que no es la raíz del problema. Supongo que tendremos que quedarnos con los consuelos del día a día. Ya los mencionábamos antes: algunas distracciones, y el eventual activismo que nos pida la conciencia. Y, sobre todo, hay que tener en cuenta que podemos salir del tiovivo alguna vez. A fin de cuentas, la gente se toma descansos de Magic cada algún tiempo. Sus razones tendrán.
Vaya por Dios. Este artículo, tal y como me temía, ha resultado ser un pozo de nihilismo. Cosas que pasan, a veces los hijos salen emos. Pero a diferencia de un hijo, esto es más momentáneo. Y menos mal. Terminaremos estas líneas, puede que le demos un par de vueltas a alguna cosa, y a lo largo del día llegará un momento donde lo olvidemos y volvamos a la sensación de felicidad. Como es sano y normal, seguiremos adelante, porque es lo que toca.
En realidad, como os he confesado antes, para mí escribir este artículo no tiene mucha más finalidad que desahogarme y ayudarme a ordenar mis pensamientos. Si lo he escrito en una primera persona plural y no singular es para ser un poco autoindulgente, y para convencerme que estos problemas no son míos exclusivamente. Que son reflejo de algo más grande, y común a más personas. Es por ello que publicándolo, aparte de algo de casito y onanismo social, me gustaría sentir que le he dado alguna pista a algún pringado como yo acerca de por qué se siente así con Magic. Cansado. Frustrado. Y tampoco creo que pueda aspirar a demasiado más con un artículo de mil y pico palabras sobre mi hobby. A fin de cuentas, esto es solo un juego, o algo así.
Ya os dije que escribir sobre política era complejo y amargo.
Agradecimientos a @OracleOfKruphix, que encontró muchas de las palabras adecuadas por mí.
