Brexit y la decadencia de Occidente

Un nuevo viernes negro pasará a la historia. Los habitantes del Reino Unido votaron para separarse de la Unión Europea. El valor de la libra está en caída libre, los mercados mundiales cerraron en pérdida, Cameron anunció su renuncia, Escocia quiere pedir su independencia y tal vez Irlanda se unifique. Todo eso sucedió en menos de 24 horas.

Sin embargo, aunque se anticipa un profundo impacto económico y político, las consecuencias de esta decisión todavía no están claras. Hoy el futuro de Europa y de Occidente se encuentra definido por la incertidumbre.

Entre tantas cosas que pueden (y deben) analizarse acerca del referendo, hay que señalar la pésima comunicación del liderazgo político. Los argumentos durante la campaña fueron pobres y tardíos. Simplificaron en exceso la realidad y apuntaron a exacerbar las emociones de la gente. La voluntad del ciudadano fue reducida a una batalla política partidista.

La desinformación se combinó con un descontento acumulado durante varios años, particularmente desde la crisis financiera de 2007–2008, por la falta de transpariencia de los dirigentes y la corrupción rampante de los Grandes Negocios. Funcionarios y empresarios fueron señalados pero no hubo castigo para los responsables. Los gobiernos intervinieron utilizando el dinero del ciudadano común para reiniciar el sistema.

En un ambiente de creciente paranoia y hostilidad generado por la crisis migratoria, el voto se convirtió en una reacción visceral contra la globalización, la ineficiencia y las posibles amenazas extranjeras. El miedo, la rabia y la desconfianza fueron los factores que definieron la votación.

Pero el resultado no es solo el producto de las circunstancias actuales ni de la cultura británica. Es expresión del colapso de los sistemas políticos tradicionales. La decadencia de los valores de Occidente, la pérdida de credibilidad de las instituciones y el desencanto de los ciudadanos con los partidos políticos, han gestado una nueva era de extremos.

Los sectores más fanáticos y radicales están movilizando multitudes cada vez más grandes. El discurso incendiario de figuras como Donlad Trump, Pablo Iglesias y Boris Johnson ha polarizado el debate político incrementando las tensiones locales y globales. Las diferencias se han convertido en amenazas y los desconocidos en posibles enemigos.

Bajo esta atmósfera de confrontación y crisis, las personas tienden a dividirse en bandos y a definir al contrario con estereotipos binarios. Las masas se agrupan en torno a líderes “fuertes” que prometen retribución, seguridad y grandeza. Junto a estas narrativas del Bien versus el Mal aparecen los fantasmas de tiempos de guerra, como el nacionalismo y la xenofobia, para arrastrar a generaciones que hoy se encuentran demasiado lejos del horror para temerle.

Y así, mientras Rusia y China son cada vez más relevantes, la posibilidad de la violencia y la muerte aparece en el horizonte de Occidente. Una tercera pesadilla, un nuevo apocalipsis.