Carta al hijo (I)

Esta carta la escribí a principios de 2015 a mi hijo mayor, que tenía 20 años por entonces. En esa época mis dos hijos se habían ido a vivir con su madre, por distintas razones, y los echaba mucho de menos. Aquí reflexionaba sobre la paternidad y en concreto sobre para qué sirve que los hijos tengan padres.


Hola, I.:

Te escribo una carta porque te echo de menos y escribiéndote me da la sensación de que estás aquí conmigo. Igual tú no me extrañas tanto y no te apetece leerme. En ese caso te sugiero que lo dejes aquí, pero que guardes la carta para otra ocasión, porque quizás algún día, más adelante, tengas ganas de saber de tu padre y yo estaré aquí, en este papel.

Es extraño esto de ser padre. Es una especie de estado biológico sobrevenido que no me imaginaba de joven. Sí que pensaba que algún día tendría familia, un poco como era la mía. Supongo que hacía una traslación. Pero la sensación que tengo, en las vísceras, como si mis hijos fueran un trozo de mí mismo, eso no lo imaginaba. Esta distancia entre nosotros la vivo como una especie de amputación.

Otra cosa rara de ser padre es la naturaleza antipática de la misión que se te impone. Por cariño uno dejaría de lado todo lo que no fuera complacerte y facilitarte las cosas, pero hay una voz instintiva y desagradable que te dice que eso está mal, que le haces un flaco favor a tu hijo. El discurso dice que cada uno de nosotros nace totalmente inútil y termina seguramente igual, pero que en el intermedio hay un largo lapso en el que tenemos que ser autosuficientes. Y esa autosuficiencia del adulto nos permite cuidar de nuestros hijos cuando nacen y de nuestros padres cuando envejecen.

No hay nada voluntario en este proceso. La Naturaleza nos ha hecho así. Podemos usar nuestra voluntad para rehuir estas responsabilidades y convencernos de que nuestra vida es distinta y que la realización personal es algo muy diferente, pero digamos que ese escenario siempre será la referencia última, siquiera sea porque hemos nacido y sin duda hemos de morir.

Pasar de niño dependiente a adulto autosuficiente no es nada sencillo. Pero no de ahora; nunca lo ha sido. Es como si tuvieran que encajarse muchas piezas, y algunas tuvieran que pulirse durante el proceso. En teoría la familia es el recurso que te cubre las espaldas mientras descubres cuál va a ser tu forma particular de llegar a la autosuficiencia. Uno puede explorar cosas, meterse en proyectos, afrontar estudios con la seguridad de que tus padres estarán detrás apoyándote y financiándote. Puedes trabajar sin cobrar en algo que te interese, esperando que se presente una oportunidad mejor, porque sabes que tu cama y comida están garantizadas.

Pero no puedes perder de vista la razón de esas ‘commodities’. Se trata de que avances en el camino de la autosuficiencia, y no sólo por tu beneficio, sino porque en el curso de tu vida otros van a tener necesidad de ti. Y se lo debes, como otros lo debieron y lo han pagado contigo.

Esto es, en resumen, lo que yo creo que es la vida. Es lo que me ha obligado, más allá de mi voluntad, a cuidarte desde que naciste. Es lo que se enturbió cuando empezaste a desconfiar de todos, empezando por mí. Sin querer presumir de saber cuáles son todos los resortes de la vida, creía que podría aconsejarte y que tú aprovecharías mis consejos, y me ha desconcertado y entristecido la vida verte tan refractario a la experiencia de alguien que está hecho, en buena medida, de la misma materia que tú.

No soy feliz por estar solo, porque no puedo dejar de pensar en ti, aunque no porque me pierda tu vida, ya que de ésa me prefieres fuera desde hace tiempo, y estás en tu derecho de preferirlo así. Me entristece no verte crecer, vivir. Pero bueno, qué puedo hacer. Todo se puede soportar. Tengo que cuidar a mi padre y a mi tía, la otra misión que la vida me tatuó en los genes.

Gracias por este rato de compañía. Cuídate mucho, y cuida de los tuyos.

Papá

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