Diarios, fotos y el principio de incertidumbre

Esta mañana leí varios tuits sobre el olvido. Hablando de Dori, la coprotagonista de ‘Buscando a Nemo’, un pez azul y amarillo que tiene una memoria breve, @ladonnaemobile_ hace una colección de reflexiones sobre la utilidad de Internet como sustituto de la memoria. La serie empieza aquí:

Pero, puesto que las cuentas se cierran y los tuits se borran, copio su contenido a continuación:

Aquí no se acordará nadie porque sois todos muy interesantes y estáis ocupadísimos para haber visto «Buscando a Nemo». Que es un peliculón.
Pero un peliculón tremendo. Lleno de humor, de ternura, de referencias a obras maestras, de imágenes increíbles, de amor e ingenuidad.
Resulta que al final, Dory, que tiene problemas de memoria le dice al padre: no te vayas, no quiero perderte porque no quiero olvidar.
Cuando estaban juntos no olvidaba las cosas. Y esto es lo que pasa cuando desaparece alguien. Que nos da miedo olvidar. Porque olvidamos.
Esto es lo que pasa y esto es lo que apena. Que olvidamos. Y ahora viene la revelación: resulta que internet tiene una cosa buena. Una cosa.
Resulta que si no sales de aquí y nunca traspasas los ceros y los unos no vas a olvidar nada porque todo está aquí. Echando atrás la vista.
No está fresco y fragante como cuando lo viviste pero mira, está ahí. Lamentablemente lo otro, lo que vivimos se va diluyendo. Se va.

La cosa sigue, por otros derroteros, pero yo me quedé con la referencia a Internet y a su función para recordar. Y quise contestar pero no me vi capaz de sintetizar mi respuesta en tuits.

Diarios, Facebook y Twitter

Llevo escribiendo diarios desde hace treinta años. Es una actividad esporádica, no quisiera dar la impresión de que cada noche me pongo a escribir mis actividades y reflexiones. Ha habido épocas que sí, pero también hay grandes lagunas, a veces de años. Pero nunca lo he dejado del todo.

Al principio los diarios eran básicamente terapéuticos. Se trataba de reflexionar sobre cosas que habían pasado y tratar de comprender por qué había sentido o reaccionado de una u otra manera. Con el paso del tiempo, su función ha cambiado. Ahora se trata de no olvidar, una vez que resulta patente que mi memoria no es de estado sólido. El relato es la veta, la materia preciosa, lo que ocurrió, más allá de las reflexiones que puedan adornarlo.

Quizá esto no resulte patente hasta que uno acumula décadas de vida. Cuando se ha vivido mucho, el volumen de recuerdos puede volverse abrumador. Es entonces cuando uno se da cuenta de que para recordar necesita apoyarse en algo más que su memoria.

En mi juventud no era consciente de esto. Sólo cuando pasa el tiempo y un día uno confronta sus recuerdos con un diario olvidado durante años se da cuenta de hasta qué punto esa realidad anotada es distinta de lo que la mente decidió conservar. En ese momento, al recuperar la realidad primera, uno se da cuenta de que su diario es una materia preciosa que está ahí para fijar la sustancia de la propia vida.

De lo que no se anotó en su momento, el tiempo hace, en el mejor de los casos, una masa difusa con colores apenas insinuados. Y la mente, esforzándose, intenta trazar los bordes precisos, los confines, pero sin rigor alguno, dando por bueno aquello que le agrada (se non è vero è ben trovato). Perseguir la realidad pasada es un trabajo arduo y a menudo decepcionante.

Algo parecido pasa con las fotos. Hoy día la tecnología ha hecho que las fotos pasen de ser unos pocos cientos de imágenes antiguas en una caja de cartón a decenas de miles de imágenes digitales repartidas por distintos discos duros y nubes. Si uno se dedica a repasar su vida en imágenes no tiene tiempo para seguir viviendo (ni para hacer más fotos). Y sin embargo las fotos tienen ese mismo valor como elementos de fijación del recuerdo, aunque a veces adolecen de esa contextualización que provee un diario (¿Dónde hicimos esta foto? ¿Qué estábamos haciendo?).

Quisiera añadir algo importante sobre las fotos y los vídeos. En los tiempos en que descubría el mundo, hace veinte o treinta años, me gustaba fotografiar los lugares y paisajes que recorría. A veces hacía retratos míos o de mis seres queridos, casi siempre con un paisaje bonito detrás, pero esas fotos eran las menos. Pues bien, con el tiempo lo que uno acaba echando de menos son los rostros de esas personas que nos acompañaron en algún momento de nuestra vida.

Así que puedo dar un consejo retrospectivo: fotografiad a vuestros seres queridos. Hasta la exasperación. Dentro de unas décadas os enternecerá ver la vida que hubo en esos rostros juveniles. Y os moriréis de nostalgia.

Facebook tiene actualmente una opción mediante la que te muestra aquellas entradas que subiste un día tal como hoy pero de años anteriores. A mí me gusta este servicio; me sorprende a menudo con recuerdos que había olvidado por completo. Dado que ha pasado poco tiempo (un máximo de cuatro años), no es difícil recuperar el contexto. Repaso esas entradas de Facebook como si fueran lecciones que estudiar, memorizando las circunstancias de la vida en ese momento, con la esperanza de que haciendo esto unas cuantas veces el recuerdo se fijará definitivamente.

Twitter también provee un fichero con el historial de mensajes que uno publicó. La peculiaridad de Twitter es que uno ahí no refleja su vida, sino su reacción ante la vida. Es frecuente descubrir grupos de tuits donde uno se muestra indignado, impertinente o francamente fuera de quicio. Repasar ese historial suele llevar a la determinación —infructuosa— de ser mucho más prudente en el futuro.

El principio de incertidumbre de Heisenberg

No podría explicar los detalles formales de este principio, ya que lo estudié en la Universidad en 1980, más o menos. Pero sí puedo explicar por qué lo recuerdo aún: básicamente porque me pareció perturbador saber que el mero hecho de observar un fenómeno lo modifica (esto es, a fin de cuentas, lo que ha quedado grabado en mi cerebro de todo aquel corpus teórico).

En la última frontera del relativismo, no hay forma de determinar que algo es lo que es. Un observador modifica lo observado. Otro observador también, a su manera. No hay modo de casar distintas experiencias de un mismo fenómeno.

Cabe decir que este principio se refiere concretamente al mundo de las partículas subatómicas, pero uno ha tenido siempre esa manía de extrapolar o buscar analogías. A veces me ha hecho servicio; otras no ha pasado de mero divertimento.

Sin embargo, hoy, y referido al tema de la memoria, me ha parecido una buena idea recordar a Heisenberg. Porque hay algo trágico en pretender fijar nuestra vida pasada, cuando la vida no ha sido más que una colección de momentos presentes, transparentes como el papel cebolla. De hecho, pretender hacer un edificio sólido y perdurable de esos momentos presentes, livianos como para que se muevan al menor soplo de viento, parece un proyecto ilusorio. Hay algo grotesco en ese deseo de pervivencia, como en esos animales inmóviles que disecó el taxidermista. A la mayoría nos provocaría rechazo conservar el cuerpo embalsamado de la madre muerta.

Igual lo que hacemos al releer nuestra vida pasada es matar esa cualidad orgánica de los recuerdos, esa naturaleza mutante que hace que se nos acomoden como un colchón de pluma, según vamos cambiando a través del tiempo. Porque si te fijas, es tremendamente fatigoso tratar de aprenderse los detalles de cómo fue todo, según queda enunciado en los diarios, como es patético tratar de aprehender la vida que existió en esas pupilas amadas que, engañosas, nos miran desde el tiempo de esas lejanas fotos.

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