El nombre de las calles

Estos días ha habido dos noticias sobre conflictos por el nombre de las calles.
En Alicante, un juez ordenó reponer el nombre original de una calle (División Azul, el nombre de una unidad militar que Franco mandó a Rusia a combatir junto al ejército nazi) a la que el consistorio había renombrado como calle de la Igualdad.
Y en Bilbao, el alcalde mandó retirar las placas con nombres de asesinados por ETA que había colocado una asociación de víctimas del terrorismo.
Lo que sigue son unas reflexiones sobre esta recurrente batalla por el control del nombre de nuestras calles.

Me enteré esta mañana del conflicto entre el Colectivo de Víctimas del Terrorismo (COVITE) y el alcalde de Bilbao, Juan Mari Aburto. Si lo he entendido bien, el primero reemplazó las placas con el nombre de algunas calles por el de personas asesinadas por ETA, y el segundo las retiró apelando a una violación de la normativa municipal.

En todo conflicto se puede aplicar una visión de plano general para obtener un punto de vista ponderado. Desde esa pretensión de imparcialidad, me pregunté por qué se ponen nombres de personas o acontecimientos a las calles.

Evolución histórica del callejero

Los nombres de nuestras calles vienen determinados en buena medida por la antigüedad de las mismas. En el casco antiguo de Barcelona hay calles que existen desde tiempo inmemorial cuyos nombres acostumbran a ser funcionales. Hay calles con nombres de oficios (Tapinería, Forners), de comunidades (el Call, en el barrio judío), de autoridades (Bisbe, Jaume I), de santos (Sant Miquel, Sant Jaume).

En un país profundamente católico, poner nombre de santos a las calles parece una decisión profundamente pragmática. Es imposible que una plaza llamada Sant Felipe Neri provoque ningún tipo de controversia popular. Los nombres de oficios también son funcionales: son nombres que identificaban las calles donde se encontraban los gremios. Y los nombres asociados a lugares o a características del sitio, como la plaza de la Catedral o el carrer Ample también son bastante neutrales.

La denominación de las calles del Eixample, la ampliación que se hizo en el siglo XIX de la ciudad de Barcelona, fue encargada a Víctor Balaguer. Es el principio de la tendencia del uso de las calles para la publicidad de un ideario social: en este caso, Balaguer, padre de la Reinaxença, trató de: “remediar el olvido en que por mala ventura han caído ciertas empresas gloriosas, ciertos nombres célebres, que lo han sido, y serán siempre de gloria para Cataluña” (la cita es del artículo Odonimia de Barcelona, una excelente descripción histórica de la evolución de los nombres de esta ciudad).

A Víctor Balaguer (que, por cierto, también tiene una pequeña plaza cerca de la Vía Layetana) debemos estos nombres de calles que honran las instituciones históricas catalanas (Diputació, Consell de Cent), los territorios de la Corona de Aragón (Aragó, Valencia, Mallorca, Provença, Rosselló, Còrsega, Sicilia) y las personalidades políticas, militares y culturales de la historia de Catalunya (Tamarit, Entença, Rocafort, Borrell, Urgell, Casanova, Muntaner, entre otros).

Una vez abierta la veda de usar los nombres de las calles para enaltecer a la facción victoriosa, el cambio de nombres se vuelve una costumbre: cada vez que hay un vuelco político buena parte del callejero cambia de signo. El siglo XX es un enojoso y exhaustivo ejemplo que pasaré por alto para no extenderme demasiado.

Fijar criterios para honrar personas en el callejero

¿Por qué se honra a algunas personas dando su nombre a una calle? En mi opinión, se trata de perpetuar el recuerdo de quien sobresalió de alguna manera sobre el resto de sus contemporáneos. Las calles con nombres de reyes, generales, escritores y científicos (de éstos, bastante menos) sirven para enaltecer a dichas figuras, que influyeron de una forma u otra en nuestra sociedad.

A la hora de fijar el recuerdo de personas que se salieron de lo corriente, no basta con esa excepcionalidad. Existe siempre una responsabilidad inspiradora y formativa, ejemplarizante. En las placas de las calles también se educa a la ciudadanía sobre lo que la sociedad considera ejemplar.

Podemos decir que las placas de las calles son publicidad de nuestros valores. El hecho de estar permanentemente en la vía pública y en la boca de todos los que transitan por ella les dan un valor publicitario incalculable. Por eso los ayuntamientos suelen ser muy cuidadosos a la hora de asignar nombres a las calles, tratando de valorar cuál es el mejor mensaje que transmitir en esos espacios.

Visto desde esa distancia, a vista de pájaro, como dije, el poner a las calles el nombre de personas asesinadas por ETA me parece un error.

Es comprensible que las familias de asesinados quieran mantener el recuerdo de sus muertos, y que no se conformen con esos actos de homenaje anuales que organizan las instituciones públicas. Pero, fuera de esos familiares flagelados por el dolor, el espacio público es de todos, y el mensaje que transmite debe ser válido para todos. Y ese mensaje debe ser positivo, porque la sociedad necesita mensajes positivos. La placa que sólo sirve para recordar un asesinato tiene poco de positivo.

La sociedad humana tiene una habilidad especial para el desarrollo de la barbarie y el horror. También es capaz de lo mejor, pero esto es más excepcional; se nos da mejor la arbitrariedad y el abuso. Sembramos más dolor que felicidad, en general. Por eso, cuando podemos recordar nuestros hitos, nos inclinamos por aquéllos que nos pueden inspirar para ser mejores.

Si los ayuntamientos dedicaran sus calles a reparar la memoria de todos los que fueron asesinados arbitrariamente y sin sentido alguno, no habría calles para todos. Además de los asesinados por ETA, estarían esperando en la cola los muertos en las cunetas de la guerra civil, y más atrás las víctimas de la Inquisición y los indígenas de América.

Hasta aquí el plano general.

La dificultad de hurtarse a la tentación partidista

Cuando nos acercamos a los casos concretos, vemos que existen intereses partidistas en uno u otro sentido que pueden sesgar el criterio que se usa para determinar qué personas merecen ser recordadas de una forma permanente en una vía pública.

En España hemos tenido centenares de Avenidas del Generalísimo honrando a Franco, nuestro dictador por décadas, y ese nombre rimbombante (y un tanto ridículo, en su voluntad de ser superlativo) ha desaparecido en cuanto la sociedad olvidó la dictadura y quiso mirar al futuro.

Cuando el honor de la memoria se hace de una forma partidista, los nombres de las calles terminan siendo fruta de temporada. Cada cierto tiempo, se recogen unos y se ponen otros. Aunque fuera por una mera razón logística (la de no desesperar a los vecinos con la gestión de sus nuevas direcciones), esto debería evitarse.

Pero la tentación de dar relieve a una determinada visión ideológica de la sociedad es muy grande. La sociedad debería vigilar y establecer límites, pero es que esa misma sociedad está compuesta por individuos con ideología. Y, de acuerdo a las mayorías, puede que un pueblo encuentre aceptable un determinado sesgo ideológico en la nomenclatura de su callejero.

Vivimos una época que detesta la concordia y la tolerancia hacia el adversario político. Y es una pena, porque la sociedad es el conjunto de todos, blancos, negros, rojos y azules. Es imposible que todos estén de acuerdo. Es imposible que unas decisiones que favorecen a unos no perjudiquen a otros. Pero la solución no puede ser sojuzgar a todos los que no son de nuestra cuerda.

En el plano general, para mí es evidente que el alcalde de Bilbao tiene razón. Los que le acusan de abertzale tratarán de desacreditarle por esta decisión, argumentando que menosprecia a las víctimas del terrorismo. Desde el lado contrario, los adversarios de COVITE pueden alegar que detrás de esta asociación están otros partidos con ideologías opuestas que tratan de aprovechar la memoria de las víctimas para hacer propaganda de su propia ideología.

Es muy difícil desligar el trigo de la paja cuando las opiniones en conflicto son interesadas y estratégicas. Hacer pasar por opinión razonada y ponderada lo que en realidad es una mentira interesada es una estrategia común y aceptada. Y, llegados a ese punto, de poco sirve la palabra, aparte de para hacer ruido y sembrar confusión. Pero ése es el signo de los tiempos, amigos.

Show your support

Clapping shows how much you appreciated Diego Buendia’s story.