El último paseo (1982)

He encontrado una caja antigua de escritos míos, fechados en los años ochenta. No recordaba esos escritos, hasta que he empezado a leer. Entonces se ha abierto el velo de la memoria y me ha sorprendido la intensidad de algunos. Yo quería ser escritor en aquel entonces, y se nota.
El año 1982 en particular fue un infierno para mí. Acababa de perder a la mujer que consideraba el amor de mi vida, y me sentía la persona más desgraciada del mundo. Además, había vuelto del servicio militar y mi círculo de amistades ya no existía, básicamente diezmado por las drogas. No tenía más que un futuro negro ante mí.
Paradójicamente, escribía con pasión y arrebato, confirmando eso de que la felicidad silencia la pluma, y al revés. Éste es uno de los cuentos que he encontrado.

La intención era andar, andar hasta agotarse. De este modo irían cayendo las horas, y con ellas se iría la violenta sensación de desasosiego que le atormentaba.

Completamente decidido se levantó de la mesa. No había comido casi nada. Pero estaba decidido, así que se levantó, sí, cogió la chaqueta y un débil alivio se apoderó de él. Serían las cuatro de la tarde, brillaba el sol y se sentía muy solo.

Empezó tranquilo, sin prisas, ensimismado en sus pensamientos, los ojos perdidos pocos metros por delante de sus pies. Se dio cuenta y quiso salir de sí, pero al levantar la mirada la absurda arquitectura que le rodeaba se le antojó tan hostil y sin sentido que volvió a abrigarse entre sus ideas. Enfiló el enorme vial que venía de la gran ciudad y se dirigió hacia ella.

Había unas nubes doradas y algodonosas sobre su cabeza, y dentro de ella imaginaba una posible conversación, las palabras correctas, el deseo de comprensión mutua necesario, o quizás lo único, el retorno de aquel duende que hace que las personas se amen y comprendan mientras dura su presencia. Porque ese duende se escapó sin que supiera cómo, y se juraba que no volvería a enamorarse para no volver a perderlo.

No entendía por qué ella le había negado una llamada, tan sólo una llamada. Cómo podía ser tan difícil quitarle un peso de encima a un ser querido, o exquerido. Por qué no aclarar las cosas, saber si ella quiso decir que quedaban como amigos o si le amaban aún. Un golpe de teléfono para excusarse de la cita del día siguiente, o para ponerse en contacto hoy, de un modo somero y agradable. Quizás convenir una cita para la noche, para la cena habitual en una quesería.

Porque si ella le quería de veras, ella tenía que poner también algo de su parte. No basta escudarse en dos años de sacrificios inadvertidos para convertir a uno en un ser doliente y avergonzado. Si él estaba dispuesto a arreglar su parte, ¿por qué no ella?

Sentía el primer roce del sudor entre su piel y la ropa interior. Ya estaba en la urbe, cruzando los semáforos automáticamente, y el sol sólo besaba a jirones las crestas de los edificios. Cómo no sentirse solo; tenía la convicción creciente de que en toda la ciudad no encontraría a ningún conocido, o de que si los encontraba le rehuirían antes que interesarse por él.

La imaginó en aquella casa, con su amigo, viviendo un amor intenso y sensual como el que vivió con el unos años atrás, y esto le produjo una dolorosa punzada entre el estómago y el corazón. Le zumbaron las sienes, y tuvo que exigirse un respeto. Respeto para ella y su intimidad, para su vida. Ella era adorable en cualquier circunstancia y su vida privada no es de tu incumbencia. Finalmente, respeto hacia ti. Pensó todo esto y la punzada desapareció, así como el arrebol, pero no sucedió lo mismo con su desolación.

Anduvo varias horas, siguiendo la cuadrícula de la ciudad. Empezaba a ser de noche, y la noche le deprimía, recordó. Estaba en el otro extremo de la ciudad, en un barrio inhóspito y tan deshumanizado como el que le pertenecía aún a disgusto. No tenía ya una clara noción de la realidad; llevaba demasiados días sin comer bien, sin dormir, y ahora esa fatiga… De todos modos no quiso coger ningún transporte público. Andar era como una penitencia, como un alivio, y le ocupaba unas horas que de otro modo se habrían llenado de ese angustioso vacío.

Cruzó de nuevo la ciudad, guiado tan sólo por ese automatismo aprendido tras seguir una infinita hilera de fachadas. Las luces le dejaban regueros tormentosos en la retina. Sus ojos estaban quietos, como muertos, y sentía en ellos las vibraciones de su caminar. Luz roja, verde, blanca, otra vez roja. Destellos. Ahora podía pensar tan sólo en ella. Sólo en ella. Se sentía limpio y noble.

Sabía que, hiciese lo que hiciese ella con su vida privada, él la seguiría estimando igual. No en vano, pensó, era la única persona notable que conocía. El único rostro limpio y puro entre aquella multitud de caras desfiguradas y esperpénticas que veía a la puerta de las discotecas. El amaba esa manera honesta de vivir sus sentimientos, esa limpieza de espíritu, esa vida interior que ella poseía.

Se dormía. A ratos notaba que iba con los ojos cerrados.

Sólo tenía que evitar sentirse partícipe de esa vida íntima que antaño compartiera y que llegó a creer suya. Dios, pensó, si ella pudiese leer estos pensamientos en lo que tienen de noble, y los comprendiera, si pudiera advertir que en ellos no hay doblez… Pero el duende ido trabaría esta lengua estropajosa, y haría que mi mirada fuese huidiza y equívoca, y de todo ello surgiría de nuevo la desconfianza. Maldito amor, lenguaje que se aprende y olvida de forma pura y casual; que eres dulce porque al final te cobras con creces esa dulzura que parecías regalar…

No podía más; una nube que parecía polvo o agua gris le nublaba la mirada. Creyó reconocer una parada de autobús, de la línea que podría llevarle a casa, y esperó un rato. Apareció el autobús al fin, se detuvo ante él y le abrió sus puertas. En el interior había tan sólo dos personas; él se dirigió al fondo y se acurrucó en uno de los asientos dobles de atrás. Tenía frío, y su cabeza se golpeaba con el cristal siguiendo las monótonas irregularidades del asfalto. Se durmió.


Ella se había sentado a su lado. Pensó que sería un sueño, pero le pareció que este pensamiento no podía darse en un sueño. Se sobresaltó y no supo qué hacer. Le preguntó cómo le había ido, si había estudiado lo bastante, si estaba satisfecha. Se volvió a apoyar en el cristal antes de oír la respuesta. Pero ella sonrió un poco y dijo que sí, que estaba satisfecha. Se encontraba bien dando clases a alguien que supiera menos, afianzaba su conocimiento ¿y él, qué tal?

Maldiciéndose por estar medio dormido, por presentar tan lamentable aspecto, le dijo como pudo que había estado paseando y pensando en ella. Que la amaba y que pensaba seguir queriéndola siempre, como ella quisiera. Ellas se sonrió. Entre parpadeo y parpadeo, su mirada parecía feliz. Pero los parpadeos duraban demasiado. Le pidió disculpas, diciéndole que había andado demasiado y que el cansancio le vencía. Luego le dijo, sin que viniera a cuento, que pensaba quererla siempre y que para ello sólo tenía que esforzarse en respetar su vida íntima.

Ella puso su mano pequeña sobre la suya, y le dijo que le acompañaría a casa, a lo que él replicó que no se molestase, que llegaría bien; entonces se concentró en el contacto de aquella mano fría y al mismo tiempo cálida, llena de vida. Creyó esbozar una sonrisa; lo había tenido todo y ahora el simple roce de su mano le llenaba de gratitud. Faltaba la fuerza, la presión del amor, del compañerismo, de afecto verdadero, pero no pensaba quejarse. Creía en el amor que sentía por ella, y necesitaba ese contacto porque era una velada confesión de reciprocidad… A pesar de todo aún se querían, y el deseaba que no fuera un sueño.


A la mañana siguiente se despertó en su cama, temprano. Tenía el cuerpo y los ojos prendidos en telarañas, con aguijones recorriéndole todos los músculos. No podía acabar de despejarse. Al cabo de media hora comenzó a tomar conciencia de la realidad, inmóvil sobre el lecho, mientras penetraba un vigoroso rayo de sol. Estaba vestido, y no recordaba su llegada: pero sí el sueño, y aquella ínfima felicidad le abrumó de golpe, aguzada por la conciencia de su irrealidad. Se levantó, y comprobó que no le habían robado su escaso dinero vaciando sus bolsillos. Estaba todo, menos la felicidad…

Pero tampoco le hacía falta. Porque exactamente a las nueve dieciocho de la mañana, un tajo brutal de navaja segaba sus amarras con el mundo. Se sumergió vestido en la bañera. Siempre le habían gustado las mañanas; le hacían sentirse optimista; capaz de cualquier cosa.

Sobre la mesa, uno de los papeles doblados que extrajo de sus bolsillos:

“Podríamos vernos esta tarde”.
“Yo también te quiero”.
“Besos”.

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