Elaine Tatcher

Escribí esto en noviembre de 1981. Acababa de leer ‘Manhattan Transfer’, de John Dos Pasos, quien nació por casualidad hoy hace 120 años. Yo estaba haciendo el servicio militar, a punto de licenciarme, y me sentí tan fascinado por la protagonista del libro que le escribí esta declaración de amor. También le escribí una canción al año siguiente. Pero eso ya quedará para otro día.
En el texto, el escritor que fui se dirige a Elaine Tatcher de todas las maneras posibles, en segunda, en tercera persona, usando diferentes nombres y niveles de familiaridad. Cuando revisaba el texto apenas me di cuenta, pero después de pensarlo he comprendido que esa fue la forma en que el escritor que era esbozaba el misterio y la distancia que existía — y que siempre existiría — con el personaje.
¿Saben? Tiene algo de fascinante patrocinar hoy a un joven y prometedor escritor de 21 años desde su propia edad adulta, desde su futuro, y discutir su estilo con el distanciamiento del que sabe que no somos, no podemos ser ya, ni fuimos, la misma persona. Ningún escritor joven y prometedor puede verse a sí mismo con esta perspectiva de más de treinta años. Ojalá se pudiera, ¿verdad?

Estoy enamorado de Ellen.

La encontré entre las páginas de un libro, la vi crecer, jugando, riendo, asustada ante las sombras. Recuerdo haber entrevisto sus bucles cobrizos a través de un parque, recuerdo su luminosa mirada gris, y he sentido con dulzura su satisfacción al sentirse envuelta en preciosas telas de seda. He admirado su inasibilidad, su escurridiza y femenina fragancia, sus cambiantes pasiones. He exclamado: ¡Como una mariposa!, cuando supe que revoloteaba libando las diversas flores que la quisieron atrapar. (Elaine, he pensado en usted como una mariposa).

He sido el ladrón que escudriña por la manga de su quimono, el marinero cuya mirada se pegaba a sus muslos, a sus caderas, y el joven del motociclo que detuvo su marcha con la absurda pretensión de llevarla a cualquier parte.

Ellie, te he visto triunfar de un modo inconsciente. Te he visto acaparar la cima con la naturalidad con que flotan las burbujas de champagne. Siempre me aturdía el olor de tu cabello, un aroma ruboroso e indiscreto que se convertía en deseos… Ellie, te he querido tanto sin darme ninguna esperanza que no conozco otro amor más dulce. Imposible, imposible. Te veía flirtear con algún apuesto joven. Imposible. Te veía andar despreocupadamente hacia una cita, riéndole al mundo con esos ojos grises, oh, Elaine de Lammermoor, imposible Elaine para todos y para nadie.

Ellen, era imposible. Sólo existe un corazón, y presumiblemente nada vuelva a ser lo mismo la próxima vez. Hubiera deseado que fuese usted feliz, Ellen, que hubiera vivido en el cénit durante largos y fructuosos años de aventura compartida. Oh, Ellen, yo no la entiendo, nunca he llegado a comprender lo que usted siente, y esa es la clave de la fascinación que tienen para mí sus gestos esquivos, sus escapadas. Sólo se que en usted bulle una mariposa, una luz traviesa, que he visto esconderse en sus sucesivos nombres de casada. Oglethorpe, Herf, Baldwin. Disfraces, cepos, celdas ¿Por qué, Ellen?

Ellie, tú sólo eres feliz a través de tu propio nombre.

Helen se ha vuelto una persona adulta a la que sigo queriendo. Aún estoy enamorado de ella. Sigo pensando en un eventual rescate, aunque sea imposible realizarlo: he sido los ojos de ese joven que rehuyó, la voz secreta que latía en ciertos momentos y de la que nunca se pudo desprender porque siempre fue demasiado vaga.

Repaso las páginas del libro con mi mirada anhelante, esperando que en un momento dado tus ojos se fijen en los míos. Corren los encendidos atardeceres del otoño, uno tras otro, sorteando las áridas letras negras. Te veo una y otra vez en esa jaula de mármol, Elaine. Repaso tu vida atrás y adelante, quiesiera conocerte, contemplarte en otros momentos que no sean esas fragmentadas tomas. Sé que es imposible, Ellie, Helena. Pero seas quien seas, sigo buscando entre las doradas páginas tus ojos en los míos.

One clap, two clap, three clap, forty?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.