¡Es la demografía, estúpido!

Hace años vi una escena en la Michigan Av. de Chicago que no he olvidado. Desde el primer piso acristalado de un lujoso restaurante, un hombre blanco, mayor, elegante, con pajarita y traje, miraba solitario hacia la calle. Justo abajo, un negro lustroso, más joven, tocaba en la acera para los transeúntes. El negro tenía una parada insólita: tocaba un saxo, tenía tambores conectados con cables, un equipo de sonorización pequeño e ingenioso, y ejecutaba su blues (Chicago es una de las patrias del blues) con energía insospechada, bailando una extraña coreografía para mantener su orquesta en marcha.

En ese momento tuve una revelación: aquél hombre rico había perdido la carrera de la supremacía. Con todo su lujo y sofisticación, nada podría evitar que la vitalidad de otros seres humanos, más hambrientos y dispuestos a pelearse y sufrir por sobrevivir, acabarían desplazándole de su lugar de privilegio. Era una cuestión de tiempo.

Tengo esa misma sensación cuando veo a los manteros africanos que sobreviven en Barcelona, vendiendo su mercancía fuera de la ley en las zonas turísticas, y los comparo con los muchachos del Ensanche que circulan en sus patines eléctricos aislados del mundo detrás de sus auriculares. Cuando se trate de hacer sacrificios para sobrevivir, será difícil que estos jovencitos acostumbrados a una vida cómoda y tranquila puedan competir con aquellos muchachos negros, acostumbrados a pelear para conseguir cualquier beneficio que los otros dan por descontado.

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