Facebook zombies

A veces lees el rótulo de un negocio: “Martínez e hijos. Establecidos en 1955”. Y a continuación, en una ensoñación imaginas a Martínez en 1955, un tipo con impulso, 30, 40 años, alquilando el local, comprando la maquinaria, unos años más tarde comprando el local, 60, 70 años, los hijos, que han crecido, uno un poco tarambana, los otros dos responsables, con estudios universitarios, poco inclinados a meterse en aventuras y presionados sutilmente por el anciano padre y el resto de la familia para hacerse cargo del emporio familiar. El cartel es posiblemente de los 80: los hijos, incluido el tarambana, rindieron sus dudas y rebeldías juveniles a la evidencia de ser la próxima columna sobre la que hacer descansar un patrimonio que, de pronto, proyectaba su sombra acogedora sobre una nueva generación de hijos e hijas.

“Martínez e hijos”. Martínez sigue ahí, enhiesto en el escaparate como el Cid a las puertas de Valencia, a pesar de haber muerto en 1990. Su nombre aparece en todas partes: en los sobres, en las tarjetas, en la publicidad comercial, como si realmente quedara de él alguna otra cosa que un montón de polvo orgánico en un cementerio. A pesar de su ausencia física, para muchos clientes Martínez sigue vivo, dirigiendo desde una sólida tribuna intemporal las decisiones del negocio.

Volviendo a Facebook. Hoy recibí una de esas notificaciones típicas: mi amigo Enrique [nombre ficticio] cumplía años. A Enrique le conocí en 2010, en una excursión por el Pirineo. Era 10 años mayor que yo, un jubilado por tanto, aunque en suficiente buen estado físico como para subir y bajar collados pirenaicos durante dos semanas. Sin embargo, no volvimos a tener contacto, fuera de hacernos amigos en Facebook. Algún enlace compartido y ya nada más en tres años.

A partir de los 50 adquiere uno la inquietante aprensión de si las personas de las que uno no sabe nada desde hace tiempo siguen vivas. Los avisos de cumpleaños de Facebook, considerados en esa línea, van adquiriendo progresivamente unos tintes siniestros. El caso es que, sin poder zafarme de dicha aprensión, entré en la página de Enrique y vi, para mi tranquilidad, que había otras personas que habían dejado su mensaje de felicitación allí.

Pero no tardé en inquietarme de nuevo. Mirando con más detalle, advertí que esos mensajes de felicitación eran de 2012. De hecho, el último mensaje de Enrique en su página, refiriendo haber dado dinero a un músico en el Metro por su espléndida interpretación de un tema de los Beatles, era también de 2012. Enrique era un verdadero melómano, un gran experto en música. Y ya no había nada más. Mi ánimo se nubló por completo.

Cuando entras en la cuenta de un amigo de Facebook y no hay felicitaciones de cumpleaños en los últimos años lo siguiente que piensas, si eres lo bastante mayor, es que ese amigo ha muerto.

Puede que algún alma caritativa haya tenido el detalle de escribir una última entrada, a modo de elegía póstuma, y de ese modo se alivia la incertidumbre de próximos visitantes. Pero en el caso de Enrique nadie ha vuelto a escribir desde el último cumpleaños, el de 2012. Bueno, sí, un despistado que ha entrado como yo mientras escribía este post.

He pensado, pues, que Enrique es un nuevo zombie de Facebook, un cadáver al que se le mantiene expuesto en la red, embalsamado digitalmente, mientras su cuerpo físico se consume en la oscuridad de un nicho. Me he quedado hecho polvo, la verdad.

Luego he pensado que quizás no sea así. Igual Enrique dejó de entrar en Facebook porque ya no le apetece. Y no ha sentido que sea importante cancelar su cuenta, ni siquiera dejar un aviso conforme no iba a publicar más. Voy a mantenerle en vida en mi recuerdo. Según me hago mayor, esta opción pasa de certeza a acto de fe, y por último de pura voluntad. Por pura voluntad te mantengo entre los vivos, Enrique, y en tu honor, que no tu memoria, publico el enlace al disco que me recomendaste en 2011, “Missouri Skyes”, de Path Metheny y Charlie Haden. Espero que sigas dando tumbos por ahí, amigo(*).

(*) En octubre de 2016, Enrique contestó a un amigo que le felicitaba por su cumpleaños con un icono de carita sonriente, de modo que todas mis aprensiones eran infundadas. Pero el reloj sigue corriendo…

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