La desafección de un país

Cuando la gente silba el himno nacional


Hay una parte de la sociedad que siente que sus símbolos nacionales no la representan.

De hecho, no sólo es que no les representan, sino que concentran y perpetúan el recuerdo de unos hechos terribles.

España pasó una guerra civil hace ochenta años. Un bando ganó, e hizo suyo el país, sus instituciones y también sus símbolos. Nadie pensó entonces que la brecha abierta por la guerra perduraría para siempre. La victoria era un hecho, y los vencedores se apropiaron del país.

Cuando la guerra es contra un enemigo extranjero existe un aspecto que mitiga sus consecuencias, que es la frontera que acaba separando a los contendientes. Esa distancia ayuda a mitigar los sentimientos de odio y venganza. Los que lucharon en una guerra civil, en cambio, no tuvieron la posibilidad de separar sus destinos con kilómetros de distancia. Seguían viviendo en los mismos lugares, quizás viendo a diario a los responsables de sus respectivas tragedias.

Pero pasa el tiempo. En el lado de los vencedores se instala una épica que ayuda a digerir los abusos cometidos. Las instituciones les pertenecen, así que hacen que éstas les amparen con sus leyes y honores. El discurso de la Historia se hace a imagen y semejanza de los triunfadores. Mientras, en el lado oscuro se mantiene la sorda represión de los disidentes. Los vencedores se sienten orgullosos de su país, un país del que obvian que es una estructura amputada.

Todo ese discurso oficial, apelando a la grandeza y al honor de la nación, no es más que la capa de pintura que pretende ocultar las grietas de una pared, sin haberlas reparado antes.

En el lado de los perdedores se acumula silenciosamente el rencor. No es posible aventarlo y la mayoría opta por guardarlo en una estancia oscura y poco visitada de su cerebro. Se obligan a ser insensibles a los recuerdos y a las humillaciones del presente por una cuestión de supervivencia.

Pasadas décadas, los hijos de unos y otros toman posesión del mundo de sus padres. Los hijos de los vencedores, que han vivido en ventaja desde la cuna, se extrañan de que haya gente que odie a su país y lo manifieste renegando de su himno y bandera. Su educación se basa en aquella capa de pintura triunfalista que cubrió una pared podrida. Es imposible que entiendan lo que no ven. Lo que nunca han visto.

Los hijos de los perdedores crecen conscientes de la derrota y de las consecuencias negativas que han arrastrado de por vida. Pueden albergar odio y resentimiento, pero lo que no tienen ya es el sentimiento de conformidad que tuvieron que desarrollar sus mayores para salir adelante. Están dispuestos a luchar de nuevo.

Una guerra sin reconciliación nunca acaba, solo se aplaza un tiempo.

No sirve de nada lamentar el odio y el deseo de revancha de los vencidos cuando unas condiciones favorables — aunque éstas consistan en una terrible crisis económica — les ayudan a llegar al poder.

¿Qué esperaban? Los vencedores no han sufrido la amargura del derrotado, así que creen que la reconciliación es una simple cuestión de voluntad. Se acusa a aquéllos que estuvieron décadas rumiando una venganza.

El trabajo que ese país tiene pendiente es enorme. Los vencidos tienen que superar esos sentimientos de odio, y los vencedores tienen que renunciar a imponer de nuevo sus derechos de victoria.

Y entre ambos, se trata de cambiar la sociedad para convertirla en algo más justo e inclusivo, donde todos puedan sentirse amparados y tenidos en consideración. Es muy difícil, porque los ganadores deben perder, y los perdedores deben renunciar a la victoria. Es necesario crear una cultura de respeto mutuo, y eso es cosa de décadas. Las nuevas generaciones deben educarse en los conceptos de justicia y solidaridad, de pertenencia.

Sólo entonces, en un futuro más o menos lejano, a nadie se le ocurrirá silbar el himno de todos.

Entretanto, legislar desde el privilegio de los vencedores para imponer un respeto por decreto es una opción ilusa. El amor, el sentido de pertenencia no se legisla, se gana con gestos de cuidado y cariño.