La redacción de 1971

Escribí esta redacción en mi libreta de Lenguaje, una asignatura que pertenecía al 2º de Bachillerato del plan de estudios vigente a finales de 1971.

Tenía 11 años.

En aquel tiempo leía y leía. No había consolas ni ordenadores y no me gustaba mucho jugar en la calle. Así que lo leía todo, pero me fascinaban sobre todo los libros de Julio Verne, los comics de Tintín y buscar palabras en las enciclopedias.

Reencontré la libreta en casa de mis padres, entre otros muchos papeles olvidados. Esto ocurrió hace unos meses. No había vuelto a pensar en el Diego Buendía de hace cuatro décadas, que entonces era Buendi, el niño. Y de repente me vi como en un espejo y empecé a recordar quién era entonces.

Y entonces era un niño que estaba convencido de que de mayor sería escritor. También quería ser como Louis Pasteur, el científico de la barba blanca imponente. Salvar a la Humanidad, cómo resistirse a eso. Pero lo de ser escritor parecía algo con más fundamento.

Sí, pensaba que sería escritor. Y me esforzaba mucho. Las redacciones de mi libreta de bachillerato tenían un tema impuesto por el profesor, y yo me rebelaba ante la idea de seguir un planteamiento convencional. Yo no quería escribir cosas corrientes y facilonas, yo quería ser original y, en resumidas cuentas, escribir como si no fuera un niño.

El profesor me felicitó por este trabajo, y me lo hizo leer delante de toda la clase. Y, aunque esto me halagó, también me resultó doloroso.

Desde entonces, siempre ha sido así. Crear algo deseando que sea lo más bello que el mundo haya conocido, y luego lamentar tener que mostrarlo al mundo, y temer el dolor de verlo sucio de crítica y de incomprensión.

Esta redacción, que me pareció tan hermosa, ahora es también un entrañable recuerdo de mi pasado. Tiendo a ser duro con mi trabajo, pero en este caso tengo esa indiscriminada indulgencia de los abuelos con sus nietos: ¡Solo es un niño, por Dios! Y aunque el niño era yo, ahora lo fui.

Así que me la miro con una nostálgica simpatía, pasando por alto la inocente desconfianza que muestra el pequeño autor hacia los sustantivos que no van acompañados por un adjetivo que los asegure, o aceptando indulgente esas intrépidas licencias con la concordancia de tiempos verbales.

Era tan ingenuo. Tan ingenuamente libre. Tan inocentemente ambicioso.

No puedo ser duro con un muchacho tan tierno, aunque tampoco quiero protegerlo. Hay que dejarle crecer en mi pasado, dejarle hacerse un hombre y vivir los azares de mi vida para que llegue a ser yo y podamos mirarnos cara a cara y comprender, ambos tranquilos, que el que fui y el que podía haber sido son realmente la misma persona.

Un convento en silencio

Por primera vez en la jornada se oyó el despreocupado toque de campanas en el convento de alta montaña. Si alguien se asomara al oratorio tras el toque de campanas vería la fila monótona de monjas que entraban silenciosamente rompiendo el suave gorgojear de los pájaros. Estaban muertas; parecían muertas, con ciertos labios rígidos que sólo se abren para articular ligeras jaculatorias o lentas letanías… Pero si no ¿cómo encontrar ligereza y tranquilidad espiritual? Afuera, en el estanque, tres o cuatro monjas están absortas entre las orgullosamente silenciosas ramas de abetos y otras plantas. La nevada había terminado. En la descansada blancura y en la virginidad de la nieve se encontraba cierto reposo que perduraría varios siglos; incluso cuando este convento sea abandonado, cuando los cisnes desaparezcan, en cuanto las enredaderas tapen las lápidas del cementerio, en cuanto desaparezcan las monjas, en cuanto el agua del estanque se llene de algas, el aire puro de la montaña continuará allí. Y en ese mismo aire se oirá la silenciosa tranquilidad, el gran silencio que existió y seguirá existiendo en la alta montaña.

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