Por qué no me gusta la energía nuclear

Los técnicos en energía nuclear aseguran que ésta es una energía limpia y eficiente, a pesar de la mala fama que la fisión atómica tiene a nivel popular. Como persona que tuvo una formación técnica, no acostumbro a dudar de un criterio técnico, a menos que sospeche la existencia de un interés de parte (cosa por otro lado nada infrecuente).

Dejo de lado, pues, la discusión técnica, y expongo a continuación unas objeciones de tipo personal. Estas objeciones se basan en mi percepción particular de la naturaleza de la energía nuclear, en las consecuencias singulares que tendría una potencial contaminación radiactiva y por último en el hecho de que el modelo social basado en la energía nuclear es naturalmente antidemocrático.

Se ha dicho que un accidente nuclear es menos peligroso que, pongamos por caso, la ruptura de una presa. En este último caso, la pérdida catastrófica de vidas humanas y la destrucción física de hogares e infraestructuras puede ser enorme y rápida. Sin embargo, el ser humano está acostumbrado a este tipo de tragedias; las catástrofes han acompañado a la Humanidad desde el origen de los tiempos. Pasada la crisis, las comunidades se organizan y comienza la reconstrucción de una forma inmediata. La tragedia sirve al mismo tiempo de catalizador de la energía creativa de la sociedad.

El accidente nuclear es muy distinto. Contra lo que ocurre con otros combustibles, que es necesario prender o detonar para poder usar su energía, el estado natural del combustible atómico es estar encendido: de hecho lo que determina poder usar esa tecnología es que exista la forma de atenuar la reacción atómica hasta que sea suficiente como para producir calor de una forma controlada. Una reacción nuclear sin control liberaría una energía destructiva que el mundo ya ha conocido en el pasado, cuando los americanos arrasaron Hiroshima y Nagasaki con un solo proyectil atómico.

Al contrario de lo que ocurre con la destrucción que provoca la ruptura de una presa, no es fácil de determinar cuándo llegará a su fin una catástrofe atómica. Un núcleo fuera de control se calienta de una forma tal que provoca la fusión del propio material, afectando gravemente a la estructura de la propia central. Se producen cantidades ingentes de gases radiactivos y de hidrógeno, que terminan produciendo explosiones y liberando cantidades masivas de material radiactivo al medio ambiente.

Desde mi percepción subjetiva, yo veo la contaminación radiactiva como una especie de fiebre de la Naturaleza. Y de la misma manera que la fiebre es hostil y huimos de ella empapuzándonos con antipiréticos, una naturaleza radiactiva es hostil y obliga a la gente a huir y alejarse. De ahí las zonas de exclusión, que convierten el terreno en decenas de kilómetros en torno a la central en una colección fantasmal de pueblos abandonados sin una fecha de retorno a la vista. Para hacerse una idea, el área de exclusión de Fukushima, trasladado a la central de Vandellós, obligaría a evacuar Tarragona y afectaría a toda la costa, posiblemente hasta Vilanova y Peñíscola.

Ya sé que las medidas de seguridad no son en absoluto comparables, que Vandellós no es zona sísmica ni de tsunamis, y que seguramente las tecnologías y dimensiones de ambas centrales no tienen nada que ver, pero ya dije que es una percepción subjetiva. Yo imagino la costa de Tarragona convertida en un desierto radiactivo durante decenas de años y se me cae el alma al suelo, por no hablar del enorme desastre económico que derivaría de la repentina evacuación de centenares de industrias.

Y sí, claro que sé que el riesgo, por pequeño que sea, siempre existe, pero siento una brutal diferencia cualitativa entre la destrucción instantánea y brutal de una presa que se rompe, incluso llevándose por delante a miles de personas, y la insidiosa destrucción que significa impedir la vida humana en un territorio extenso durante décadas. Al menos la presa olvida y, al día siguiente, se puede afrontar una reconstrucción. La tierra radiactiva en cambio es baldía para siempre (entendiendo siempre en la dimensión de una vida humana).

Esto que se refiere a la posibilidad de accidentes puede hacerse extensivo a la gestión de residuos. Cuando el combustible nuclear deja de tener valor como tal, no significa que haya dejado de ser radiactivo: lo único que ocurre es que la radiactividad remanente ya no tiene valor comercial, y por tanto hay que desembarazarse del mismo.

Deben habilitarse cementerios nucleares con las medidas de protección pertinentes, y con la perspectiva de que existan y sean seguros durante miles de años. Una vez leí un artículo en el que se discutía cómo se señalizarían tales instalaciones para que no ya generaciones futuras sino incluso otras civilizaciones fueran conscientes de su existencia. En ese contexto era fácil imaginar un futuro lejano en el que tribus neopaleolíticas evitarían esos territorios malditos donde existe una siniestra brujería que debilita y mata a la gente. Puede alegarse que por qué nos vamos a preocupar por eso, que ha de ocurrir dentro de miles de años, pero reconozcamos que esa no es una actitud muy gentil para con las generaciones futuras.

Si, como se me dijo, los residuos caben prácticamente en una furgoneta, se me presenta otro motivo de pesadilla: ¿quién podría garantizar que no se usara ese material con una intencionalidad terrorista, aprovechando su naturaleza tóxica y al mismo tiempo indetectable? No hace mucho moría un disidente ruso envenenado con polonio-210, una sustancia radiactiva. Se llamaba Aleksandr Litvinenko y fue asesinado por personas del propio servicio secreto al que había pertenecido tras haber revelado algunos secretos de su antigua organización. La proliferación de materiales nucleares es una amenaza latente, que será tanto más consistente cuanto más abundante sea la materia prima disponible.

La última objeción es de naturaleza política. La energía nuclear, por definición, es compleja y exige de un control centralizado. Por el contrario, las instalaciones solares y eólicas son simples y de escaso mantenimiento. Cabe imaginar que un particular instale un sistema para abastecer de energía su casa, o quizás un ayuntamiento haga lo propio para sus habitantes. Un futuro de placas solares y energías eólicas significa una independencia energética para el ciudadano de a pie que amenaza tanto el negocio de las grandes empresas que controlan la producción energética del mundo como la visión de la sociedad como objeto de tutela a nivel político.

A nivel económico es evidente que los poderes políticos se pliegan a los deseos de las multinacionales energéticas, legislando a su favor y tomando iniciativas tan escandalosas como el famoso impuesto al sol que el absolutamente impresentable ministro Soria estableció hace poco tiempo.

Pero más allá de ese aspecto económico, existe una tendencia política que lleva a favorecer toda iniciativa que nos vuelva más dependientes como individuos. Que las personas podamos pensar y actuar libremente es algo que inquieta profundamente a los poderes públicos, que añoran aquellos tiempos en que el pueblo era súbdito y solía aceptar mansamente su sometimiento a los poderes, salvo en el caso de algunas repentinas hartazones que obligaban a una resolución violenta.

La sociedad se ha estructurado en torno a una gran mentira que consiste en hacernos creer que somos dueños de nuestro destino mediante eso que llaman democracia, un artilugio que cada cuatro años nos convoca a votar pero donde en vez de inducirnos a reflexionar sobre lo más conveniente para nuestra sociedad se nos somete a un bombardeo de propaganda y marketing que el mismo poder se ocupa de inocular mediante la complicidad de los medios masivos de comunicación. Y la gente asume descuidadamente como propio un libre albedrío que no es más que un condicionamiento pavloviano de bajo nivel.

Una sociedad cuya energía se obtuviese a partir de fuentes alternativas y descentralizadas sería una sociedad más libre, y eso no forma parte de los intereses de las élites políticas y financieras (donde puedan distinguirse una de otra).

En fin, hasta aquí mis reflexiones sobre la energía nuclear y el proyecto de mundo en el que se inserta. Como ves, no es una opinión que pueda revertirse con consideraciones meramente técnicas.

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