Por qué ya no leo libros

¿Qué te ha pasado, Buendi?

Sé que estás prejubilado, pero eso no justifica tu desapego por la cultura. Ya hace años que tienes un desinterés palmario. No lees ni escuchas música. No vas al cine. No vas al teatro. Y la televisión tampoco te entusiasma.

Tu inquietud intelectual se reduce a la escritura de pequeños programas informáticos (1, 2, 3, 4) que diseñas sólo por pasar el rato. Y también te dedicas a esa pintoresca performance que es publicar el Quijote en Twitter, que tú mismo reconoces que es una fantasía extravagante en la que persistes sólo porque dijiste públicamente que lo harías. No es un gran bagaje, que digamos.

Te preguntas con frecuencia por qué ya no lees, dónde está aquel placer de la lectura que conocías tan bien: el sumergirse por unas horas en las vidas de otros, haciendo elipsis de la tuya propia.

La evasión era una parte importante del asunto. Dicen que el que lee vive muchas vidas, y el que no, sólo vive una. También dicen que la lectura amplía tu marco de comprensión del mundo. Pero tu afición temprana por la lectura le debía más a su cualidad opiácea que al deseo de enriquecer tu espíritu.


Pero te cultivaste, a pesar de no ser tu intención primera. De los muchos enjuagues que los libros hicieron en tu cerebro, algo quedó, siquiera fuese una dosis homeopática de cultura. Y lo que pasa ahora es que ya no absorbes un gramo más de esa riqueza intelectual. Y no es que estés saciado: tu cultura tiene innumerables pozas de ignorancia que no sellaste simplemente porque no te apeteció. Si ésta no es la causa de tu hartazgo, ¿qué ha pasado? te preguntas.


La verdad es que de pronto ha desaparecido el beneficio que proporcionaba esa evasión de la vida propia. Ya no deseas enajenarte por unas horas, porque ahora percibes la vida como un bien escaso, algo que se consume a pasos cada vez más apresurados, y te desagrada esa sensación de dilapidarla distrayéndote en la contemplación de las vidas ficticias de otros.

Esa percibida falta de tiempo explica también que te sientas más inclinado a hojear libros antiguos, a veces ya leídos, que las novedades editoriales. La gente escribe mucho, hay muchos autores ilusionados y prolíficos, y sólo el tiempo acaba determinando qué merecía la pena y qué no. No quieres leer cosas que no estén contrastadas. Los grandes autores ignotos de hoy los tendrán que descubrir tus hijos, o tus nietos.

Otra razón que te aleja de los escritores contemporáneos es que, por un puro azar cronológico, esos autores de hoy día son casi todos más jóvenes que tú. Y las preocupaciones de la gente más joven te resultan ajenas. Las sufriste en su debido tiempo, pero ya quedaron atrás. Así pues, fuera de su ocasional brillantez estilística, apenas te llaman la atención sus tramas argumentales, o sus conflictos morales, o sus cuitas como individuos sometidos a la dura competencia con otros por el logro de una reputación. Todo es conocido, nada es nuevo bajo el sol, como decía el Eclesiastés.

Y así como no te interesa la ficción, tampoco la filosofía o el ensayo. Sabes que estás más cerca que nunca de descubrir el significado último de la vida, y todas las especulaciones filosóficas te parecen en este momento irrelevantes anticipaciones intelectuales que escondían en el fondo una suerte de pueril impaciencia.

Para saber bastaba esperar, piensas lúgubre a veces.

Por eso es que ahora prefieres sentir cómo pasa la vida a través de ti, aunque sea sentado en un banco del parque, o paseando por la playa. Hasta ir a comprar al mercado es más atractivo que sentarse a leer un libro. Reconócelo.


En resumen, al principio veías que la literatura se componía de fondo y forma, y creíste que lo más importante era el fondo, la sustancia. Pero el fondo tiene un repertorio finito: las emociones humanas, los conflictos morales…, la sustancia de la vida, en resumen, se concreta en un número limitado de temas recurrentes. Así que, según ibas creciendo, la importancia del arte se trasladaba a la forma, en cuyas variaciones sobrevivía esa originalidad que la sustancia no poseía.

Pero bueno, me voy del tema. Te explicaba por qué no lees, y por qué es normal que te sientas un poco amputado de ti mismo, a fuerza de haber perdido algo que considerabas esencial en tu vida. Así que te cuento:

Lo que ocurre es que en algún momento de estos últimos años has dejado de tener esos catorce años en los que te has reconocido durante décadas. Siempre has dicho que tu conciencia es la misma desde entonces, sin solución de continuidad, pero debes admitir que todo esto que hoy te explico representa un profundo cambio.

Me temo que has envejecido, amigo mío. Tú te contemplas con desagrado, como si te hubieras convertido en un viejo avaro que se horroriza ante la perspectiva de malgastar su tiempo en distracciones. Pero yo no lo veo así. Y no lo digo por animarte.


En mi opinión, si no lees es simplemente porque ya no le tienes miedo a la vida. A los quince años no sabías que sería de ti, te abrumaba la responsabilidad de elegir bien tu destino. El futuro era un árbol lleno de ramas, y te torturaba pensar que cada decisión dejaría a un lado para siempre una parte del follaje. Un día llegarías a la última rama y esa ruta lineal recorrida sería todo lo que podrías conocer del árbol de la vida. Esa amputación de todo lo demás; eso era lo insoportable. Y la lectura se convirtió en un bálsamo para ese dolor.

Ahora que estás en esas últimas ramas ya no sufres por todo lo que no has vivido. No lo sabías a los quince años, pero esa ruta lineal que decíamos te pertenece; esa es tu vida, tu riqueza. Por eso tu corazón sabe que ningún conocimiento prestado tendrá el mismo valor que el que adquiriste gastando lo más valioso: la vida de la que disponías. Y los azares de la vida son tan agotadores que la mera posibilidad de vivir de nuevo es aterradora.

No digo yo que no vayas a leer nunca más nada. Pero, si quieres hacer de la lectura el hábito de antaño tendrás que convencerte de nuevo de que tu tiempo es eterno. Si eso no es posible — y reconozco que es difícil, porque la acelerada sucesión de los días anticipa un corolario demasiado evidente — me temo que tendrás que olvidarte de leer y limitarte a vivir, a reconocer los procesos orgánicos que te conectan con el mundo; a contemplarlos y a sentir que, como si fuera una ola, el vasto mar de la literatura se va retirando y deja apenas húmeda la arena de tu existencia desnuda.

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