Reinas magas y callejeros fascistas

Un apunte rápido.

Yo entiendo que cuando un gobernante dice que va a subir los impuestos a la gente como tú, o a restringir tus privilegios, o a poner en riesgo tus medios de vida, te subas a la parra y te indignes mucho y conspires y hagas todo tipo de cosas no ya para expresar tu desacuerdo sino incluso para boicotear y sabotear en la medida de tus posibilidades tales designios.

Lo entiendo porque son cosas que pertenecen a esa categoría de actos que representa una amenaza, en términos reales. Cualquiera reaccionaría defendiéndose de algo así.

Me cuesta más entender ese revuelo por cosas como el cambio de los nombres de las calles, o el que haya Reinas Magas en lugar de Reyes Magos en la cabalgata de Reyes.

Estas cosas no afectan directamente a la vida de las personas, así que hay que buscar otras razones para tanta indignación.

Habrá quien justifique su indignación en que los Reyes Magos son una tradición y se han hecho siempre así. Que el callejero lleva así tanto tiempo que ha dejado de ser una loa del sistema político que lo definió. Otros opinan que convertir reyes en reinas es una forma de visibilizar a la mujer, y que el ensalzamiento implícito del fascismo es algo que debe erradicarse.

La realidad última es que no todo lo que nos importa en el mundo es nuestra seguridad material. Nos gusta también tener un mundo que coincida con nuestra ideología, porque eso nos hace sentir cómodos. Y además, sospechamos que detrás de los cambios de naturaleza ideológica vendrán los otros, los que amenacen realmente nuestra forma de vida.

Es triste, pero parece que nos cuesta mucho contemplar este país como una cosa única, en la que vivimos todos, y en el que todos tenemos que tener un espacio y una consideración. Nuestra guerra civil sigue dejando un rastro, ochenta años después: cuando uno de los bandos se apropia de todo, empezando por la riqueza del país y acabando por sus mismos símbolos, el bando contrario acumula un resentimiento que pasa fácilmente de ser una voluntad de restitución de la justicia a un deseo feroz de venganza.

Es como cuando dos niños se pelean por estar en un puesto privilegiado en un mirador. Uno empuja al otro, privándole de la vista. El otro intenta empujar a éste y, si no puede, acabará esperando su oportunidad para desalojar al otro, a poco que se distraiga. En este proceso, la maravillosa vista del mirador deja de estar en el foco de ambos, y todo se reduce a despojar al contrario, sin importar mucho de qué. La visión de todo se empobrece.

En fin. Ya dije que era un apunte rápido. Os deseo unas felices fiestas a todos, y mucha suerte (y buen criterio) para este nuevo año de 2016.

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