Se habla demasiado de Grecia

Vivimos tiempos interesantes, tal y como decía la maldición china. El 5 de julio los griegos votaron NO en un referéndum contestado virulentamente por gran parte de la clase política europea. Apenas cinco días después Alexis Tsipras, el primer ministro de Grecia, parece aceptar todas las condiciones (si no más) que le imponían desde las instituciones europeas.

Se habla mucho de #Grexit, la opción de que Grecia abandone la moneda única europea. Se habla demasiado. A los líderes europeos se les ha atragantado el impertinente orgullo de una nación más bien insignificante en su dimensión económica, pero consciente de ser intelectualmente el gigante que dio origen e incluso nombre a esa Europa hoy tan ajena a sus principios fundacionales.

Dijsselbloem, Junkers, Schaube, Schulz. Acostumbrados al melífluo devenir de las rutinas burocráticas, estos mediocres políticos se han visto enfrentados a un insólito negociador, Varoufakis, que por contraste les hizo aparecer aún más grises de lo que son. Así pudimos ver al niño impulsivo que Dijsselbloem lleva dentro, al socialista vividor de cartón piedra que esSchulz, al turbio y taimado Junkers capaz de dirigir Europa y al mismo tiempo favorecer en Luxemburgo la evasión fiscal de grandes empresas multinacionales. Dejo a Schaube aparte por ser ministro alemán. A éste nunca le ha interesado Europa, pero al menos jamás se ha podido dudar de ello.

Grexit no está previsto en los tratados europeos. Sin embargo, el concepto ha ido de boca en boca, como si fuera una cosa simple. Para muchos es una expresión de hartazgo: “Que se vayan”, pero esto, que es disculpable en el hombre de la calle, frustrado por sus propios problemas, es inaceptable desde una perspectiva política. Los políticos tienen que saber medir sus palabras. Parece increíble que el virus del tertulianismo haya llegado hasta Bruselas.

Medir las circunstancias, reflexionar. Ver un poco más allá que los demás y preveer todos los escenarios. Ésa es la obligación de los políticos, no el dejarse arrastrar por sus emociones o las de la gente a la que representa. Es muy malo que haya tanto bocazas en las instituciones, ebrio por la sobredosis de micrófonos y cámaras. Los bocazas deberían estar circunscritos a las barras de bar, ese entorno limitado donde sus bravatas pueden hacerse acreedoras de nuestra indulgencia.

Por lo demás, es cosa de preocuparse. La actitud del Eurogrupo, con Dijsselbloem a la cabeza, ha sido a ratos de un infantilismo notable. La sumisión del presidente del Parlamento Europeo, Schulz, presunto socialista, a las tesis germanas acerca de la expulsión de Grecia, pasando de ser el presidente de todos al mamporrero de Alemania, es vergonzosa. De alguna forma, la crisis ha mostrado hasta qué punto las instituciones europeas son un teatrillo formal, la carrocería brillante que permite ocultar entre bastidores la verdadera máquina que gobierna Europa: los intereses económicos de Alemania y Francia.

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