Terremoto en Barcelona

Anoche hubo un seísmo en Barcelona. Era la 1:37, hora local. No hacía mucho que me había acostado y lo percibí con claridad. Una fuerza silenciosa había tomado mi habitación y la había movido de un lado a otro con determinación. Todo ocurrió en un segundo y, cuando terminó, se me pasó por la cabeza que lo había imaginado. Pero tenía un persistente miedo cerval que parecía decir todo lo contrario.

He vivido un par de terremotos antes. Es una experiencia limitada, pero inolvidable. La primera vez tuvo lugar en el pueblo de mis abuelos, en Murcia. A las 10 de la mañana. Estaba echado en la cama y una fuerza brutal la llevó medio metro hacia los pies y de nuevo contra la pared del cabecero. Además, el fenómeno ocurrió con un estruendo enorme, como el de un avión a reacción cruzando la barrera del sonido. Como era un niño salí corriendo a la calle, y vi que las mujeres habían salido de las casas y se preguntaban qué había pasado. Era un día laborable y los hombres estaban trabajando en el campo, así que sólo las mujeres y los niños salimos y nos interrogamos unos a otros sin sacar nada en claro.

Tres o cuatro años más tarde hubo otro terremoto en Barcelona. Éste me pilló en casa de mis padres, en un décimo piso. Era por la tarde. Yo estaba estudiando, programando mi calculadora nueva (era una Texas Instruments TI-58, de la que estaba enamorado. Alguien que hacía todo lo que yo le pedía sin rechistar, ¡casi nada!). Este seísmo fue diferente: un cimbrearse de la habitación lento, casi imperceptible, tanto así que pensé que me había dado un vahído y se me había ido la cabeza hacia adelante. Como la oscilación se volvió a repetir, la segunda vez fue evidente que se trataba de un fenómeno externo, así que cogí la calculadora, crucé la casa y me marché escaleras abajo corriendo. (Mi hermano dice que me fui sin avisar, dejando al resto de la familia atrás. En mi recuerdo bajábamos todos corriendo, y era mi padre el que había dado orden de salir. Quién sabe, a estas alturas).

Volviendo a este último día, el seísmo ocurrió de madrugada, como dije. Últimamente me acuesto siempre muy tarde, y de hecho acababa de hacerlo cuando ocurrió. Entre el brusco y explosivo movimiento de Murcia, y el casi imperceptible e hipnótico de Barcelona, este nuevo terremoto fue una cosa intermedia. Sería, buscando una analogía, como ese bamboleo que se produce en el Metro a causa de alguna imperfección del trazado de la vía. En un segundo mi cama se desplazó unos centímetros a la derecha, luego a la izquierda y de nuevo a la derecha, a su posición inicial. No hubo sonido alguno, salvo el crepitar de alguna puerta. Podía haber pasado por un portazo causado por el viento, si no fuera porque transcurrió en completo silencio.

Cuando terminó, me quedé quieto en la cama, evaluando la situación rápidamente. El primer impulso, reptiliano, fue salir corriendo, temiendo que se produjera una réplica, o quizás un nuevo seísmo, más fuerte. Pero, según la quietud de la noche iba serenando mi ánimo, el calor y la comodidad del lecho me iba haciendo cambiar de opinión.

Si pensaba en lo extraño que resulta que el rígido hormigón adquiera de pronto una consistencia orgánica, elástica y suave, y empiece a cimbrearse como un junco, volvía a sentir la necesidad de huir. Y cuando comprobaba que la pereza me impedía escapar, me ponía a pensar qué haría un chileno o un japonés en mi caso. Recordé vagamente instrucciones de refugiarse debajo de las mesas, o bajo los dinteles de las puertas. Se me aparecían imágenes apocalípticas, toda la estructura de hormigón colapsándose y matándonos, o dejándonos agonizar entre sus pliegues durante días.

Parecía imposible que nos pudiera ocurrir algo así a nosotros, que hacía un par de horas estábamos viendo la televisión tranquilamente (Justin Bieber en El Hormiguero), a cubierto de todo en un mundo previsible y seguro.

Ahora mismo hay refugiados durmiendo al raso en los campos de la Europa del Este, gente que hasta hace poco tenía techo, televisión y comida caliente. Es extraña esa mutación de persona común en refugiado, y más cuando a menudo es fruto de un acontecimiento imprevisto, una fulgurante alteración de la vida cotidiana a la que nada se puede oponer. Algo me decía que era mejor salir, huir, no tener nada, antes que esperar el colapso de las estructuras y morir o, peor, quedar atrapado y agonizar entre polvorientos muros de hormigón.

Y sin embargo, la cama era tan agradable, el plumón daba una tibieza y un confort que parecía confirmar de que la vida es segura, que lo ocurrido había sido sólo una anécdota. Y al final, el instinto de supervivencia claudicó ante la comodidad, y me arrebujé en la cama, con la esperanza de que esa negación del riesgo no fuera solo una hipótesis, sino una certeza.

Mandé un tuit, y dos personas me contestaron enseguida. Eran de Barcelona y de Badalona, y confirmaban que no había sido una alucinación mía. Acto seguido hubo favs y retuits. También una periodista, Julia Otero, preguntó si alguien más lo ha sentido. Le contesté. Me pareció que era extrañamente democrático, el terremoto. Que en Pedralbes estarían igualmente asustados, como yo aquí abajo, en la Ribera.

Y así me quedé, en la cama pero en contacto con el mundo a través de Twitter, aferrado a la ilusión de que actuaba de una forma pertinente, pero con la íntima mala conciencia del que en realidad sabe que está escondido, carne de tanatorio, que prefiere no correr por su vida y quedarse acurrucado esperando fervientemente que no ocurra nada más.

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