Vikingos en Barcelona

Salieron a la calle vestidos de aquella manera extraña, y con las botellas de champán escupiendo espuma, estranguladas por el cuello. Hacía frío; un frío cortante que debía haberles paralizado hasta la conciencia, pues las pieles que les cubrían someramente no podían defenderles del crudo invierno. Iban vociferando por el asfalto solitario del alba, y éste se iba tiñendo de un color amarillo rosáceo; a pesar de ello los distantes neones a ambos lados y en el cielo de la calzada seguían encendidos. El más pequeño en un momento de alegría volteó su botella en el aire y ésta murió al chocar contra la acera; acto seguido se encaramó desde un banco a un farol que olía extrañamente a polvo. Llegando a lo alto una brisa helada le quitó el aliento y se dejó deslizar hacia abajo entre risas ebrias, sujetándose el casco guerrero por uno de los cuernos. Parecía alelado cuando llegó abajo pero enseguida despertó y siguieron caminando.

Iban por las aceras del Paralelo y apenas pasaban coches. Sus pies arrastraban constantemente serpentinas y confeti que habían quedado exánimes en la calle. Una nube translúcida en el cielo lejano esperaba la llegada del amanecer. A sus espaldas, sobre la masa de edificios, el poniente era azul oscuro aún. Cortas brisas barrían los suelos como advertencia. Y ellos, cuatro o cinco paseantes vestidos con pieles y cascos y espadas al cinto parecían seres desembarcados en un monstruoso país de cemento donde nada se sabía de sus lejanas patrias vikingas. Y se rieron, siendo ellos e imaginando a los vikingos recorriendo las calles del amanecer de Barcelona. Las botellas vacías quedaban abandonadas a su suerte a lo largo del Paralelo, mientras ellos comentaban aún la fiesta. Pasada la boca de Conde del Asalto empezaron a creer que eran solo seres cansados y poco después llegaron a las Atarazanas.

El más mayor se detuvo y con un solo gesto pidió silencio, mientras el mar le agitaba las greñas mediante una dulce y helada brisa. Miró escrutadoramente el edificio y empezó a pasear silenciosa y crípticamente mirando el foso y la muralla. Prudentemente había echado mano al pomo de su espada. Con cautela rodearon la esquina y se colocaron bajo las arcadas de piedra. Al fondo un hombre yacía en el suelo, arrinconado contra la pared. El más mayor se acercó a él. Se detuvo y, tras pensarlo, desenvainó. Con la espada vigilante en la mano se acercó más y por fin le dio la vuelta con el pie. El hombre llevaba corbata y camisa pero estaba todo sucio y arrugado, quizás borracho, quizás muerto. El vikingo se volvió a su tropa vigilante y les hizo gesto de seguir. Tras diez o doce pasos llegaron a la puerta del museo. El más mayor presentía la importancia de aquella fortaleza, así que ordenó a sus hombres derribar la puerta, pero uno de ellos advirtió que la puerta no estaba cerrada, así que penetraron sigilosamente en el interior. La última de las botellas quedó abandonada en una esquina.

De pronto el más pequeño ahogó un grito, señalando un objeto voluminoso que se alzaba ante ellos. Al distinguirlo todos notaron un extraño cambio, preludio de un peligro inminente. Se supieron vulnerables. Rodearon la galera de Juan de Austria, apreciando su enorme talla, mucho mayor que cualquiera de sus barcos vikingos, y de repente supieron que aquél era el peligro, que el enemigo era fuerte y su derrota sería difícil, si contaba con barcos como éste. Tenían que ir a avisar a su rey, prevenir a su pueblo. Se apresuraron a salir de aquella opresiva penumbra. Fuera advirtieron que pronto amanecería, y que entonces nadie daría nada por sus vidas. Tenían que huir. Sus botas de pieles del norte no hacían ruido sobre el empedrado. No así las espadas, que todos desenvainaron.

A lo lejos observaban una embarcación aparejada. No era su drakkar, era un extraño velero que tendrían que gobernar. “Los vikingos siempre hemos sido unos buenos marinos”, dijo el mayor, y con este pensamiento cruzaron la calzada desierta chapoteando charcos y, asustando palomas aún dormidas, saltaron la verja y subieron a bordo. Temblaban de emoción al notar el suave mecer del mar bajo el casco de la embarcación, aunque lamentaban su forma extraña y poco marinera. Buscaron las velas por todas partes y no las encontraron. El mayor de ellos dio un rabioso mandoble contra el palo mayor, rompiendo un cordaje. Pensó durante unos instantes y comprendió que debían marchar hacia el Norte, como única posibilidad de alcanzar algún día su patria. Cruzaron sigilosamente la plaza. El sol acababa de despuntar. Se introdujeron en las Ramblas por considerarlas el mejor trayecto al norte y, sin embargo, sentían su desesperanza. Era prácticamente imposible cruzar de incógnito la ciudad. Los establecimientos comenzaban a abrir tímidamente sus puertas. Ya se extrañaban los primeros viandantes. Y además sus cuerpos estaban opacados por el alcohol, y así de pronto descubrieron que eran solo unos vikingos perdidos y desorientados, que estaban lejos del hogar y que añoraban aquellas tierras que vivían en otro tiempo, lejos de este territorio impresionante con edificios que parecen más vivos que las personas y que son como hongos creciendo y estrechando las calles. Llevado por este pensamiento común, el más pequeño se dejó caer en el suelo, poco más arriba del Museo de Cera, y comenzó a llorar. Todos los demás se sentaron junto a él, mientras de pronto los edificios adquirían una llamativa y mediterránea luminosidad naranja que no hizo más que acentuar sus sentimientos de añoranza. Solo la brisa helada les recordaba el país de más allá del horizonte ¡Qué extraños designios! Descubrir de repente que uno no es quien creía ser sino una persona de otro tiempo, de otro país, de otro mundo. Confundidos y resignados, la mirada perdida en algún rincón de su vida, de su pasado, la seriedad de sus rostros indicaba que toda esperanza era inútil.

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