Aún tenía la mano aferrada al pomo de la espada, solo recordaba el caos del primer envite, la lejana luz inerte y una enigmática sonrisa, mueca de dulce crudeza del que sabe lo que se hace. Había luchado de cerca, viendo de frente a su oponente, limpio y directo. O por la muerte o por la gloria pensó en ese segundo de lucidez que precede a toda vorágine. Decidido a atacar se desprendió de toda la rabia contenida, se había imaginado cientos de veces en la gloria de la batalla, en el triunfo incontestable, extraña la venganza por convertir en realidad la fantasía.

Miedo, confusión, excitación, impacto y silencio, todo se paralizó en el instante exacto, en el que el golpe traspasaba el cuerpo dando por finalizada la batalla. Ni gloria, ni éxtasis, ni triunfo, solo un terrible cansancio, deseaba estar lejos de allí, lejos de ese guerra que no conducía a ninguna parte y en la que no habría vencedores; lejos de todo y de todos, allí donde las palabras no traían el lastre de los recuerdos, alli donde se pierde la frontera entre la evocación y el olvido. Anhelaba estar en cualquier parte, necesitaba estar en cualquier parte.

Y sin embargo allí estaba, con la mano aun aferrada al pomo de la espada y con dos palmos de acero en su propio pecho.

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