“Happiness is the smell of a new car. It’s freedom from fear. It’s a billboard on the side of a road that screams with reassurance that whatever you’re doing is OK. You are OK.”


Las cosas arden. No creo tener ningún tipo de autoridad en crítica televisiva o algo parecido. Solo sé que las cosas arden.

De forma bastante ingenua empecé a ver Mad Men creyendo poder encontrar ahí algún tipo de respuesta o mirada introspectiva al mundo publicitario, algo que reafirmara las decisiones que había tomado hasta entonces y que continuamente trataba de justificar para convencerme de que todo estaba bien.

En alguna parte entre el primer y segundo episodio, decidí que quería ser como Don Draper. El tipo era exactamente lo que no sabía que siempre quise ser o lo que pude haber sido de haber trabajado como publicista en los 60's. A partir de ahí todo fue en picada.

Sé que mi mente tiene la mala costumbre de agregarle significados hasta a las piedras, pero también sé reconocer una catástrofe cuando la tengo enfrente, es decir, casi todo el tiempo. No es mi intención reflexionar sobre la tristeza y demás sandeces que mi lado de poeta fracasado se empecina en traer siempre a colación. Yo vine aquí a estar triste y nada más. A decir que de nuevo, por un breve instante, lo entendí todo, que no es que uno quiera ser Don Draper, sino que de algúna forma retorcida e inevitable uno siempre es Don Draper.

Basta con vernos para darnos cuenta, somos todos lustrosos e impecables, cada quien a su manera y ahora de forma más fácil e inmediata que nunca. En algo tan absurdo como esa nueva foto, el comentario gramatical y políticamente correcto, el augurio de decenas y con suerte cientos de personas aprobando nuestro más reciente logro de vida, publicado, difundido y replicado casi industrialmente hasta el cansancio en múltiples pantallas, al menos por un breve instante.

Luego viene la caída, el aburrimiento, la decepción, ese buscar de siempre entre caras ajenas algún tipo de alivio, de reafirmarnos ante el caos del cual nos declaramos ignorantes, quizás por miedo, quizás simplemente por comodidad.

Esa búsqueda interminable de la felicidad, que es hilo conductor durante todo la serie, bajo el contexto del mundo publicitario y las dinámicas de una sociedad que privilegia las apariencias, la mercancía y las transacciones como el eje fundamental de su existencia; son un retrato, en mi opinión, terriblemente desgarrador de la condición humana en la actualidad. La belleza técnica de la serie no hace más que ahondar la herida con una pericia placentera e hipnótica. La historia completa es como estar sumergido en uno de los discursos de venta del señor Draper. El círculo de pronto parece inescapable, en esencia casi idéntico al soma de Huxley:

“…Y si por desgracia se abriera alguna rendija de tiempo en la sólida sustancia de sus distracciones, siempre queda el soma, el delicioso soma, medio gramo para una tarde de asueto, un gramo para un fin de semana, dos gramos para un viaje al bello Oriente, tres para una oscura eternidad en la luna…”

Quisiera dejar claro que la historia y riqueza de Mad Men está más allá de Don Draper. Si fuera capaz de ahondar por escrito en cada uno de sus personajes creo que mi disertación se desviaría hacia la fuerza brutal de los personajes femeninos, su transformación y complejidad dentro de la serie. Sin embargo la figura de Don, tan emblemática y reconocida en la cultura popular, no deja de intrigarme y traer consigo el recuerdo de la naturaleza trágica de las cosas.

Ya acercándose el final, la historia empieza a acentuar sus caras más oscuras y conmovedoras, sin dejar claro si habrá redención o no para sus personajes, o más importante aún: Para nosotros.

Las últimas dos escenas son cruciales, y ha habido mucha discusión acerca de su honestidad o cinismo. El encuentro de una posible respuesta se ve opacado o amplificado por un último mensaje, sumamente ambiguo que creo incluso sobrepasa a Matthew Weiner y sus intenciones.

En Mad Men es posible encontrar un espejo para esas partes que usualmente nos empecinamos en esconder, más allá de nuestra apariencia impecable, muy por debajo de toda la parafernalia que cargamos con nosotros a diario, dejándonos indefensos ante nuestro propio reflejo, destrozados y luego renovados. Sin duda, una obra maestra.

Al final, Don Draper nos deja con más preguntas que respuestas, y a pesar de eso debo agradecerle una de las pocas certezas con las que vivo hoy en día. Y es que luego de haber experimentado el ocaso de varias historias, el comienzo de otras, gente que se va sin despedirse, personas que se apagan despacio y otras que aparecen de golpe sin anunciarse, me queda claro (con miedo a sonar como una copia empeorada de Bunbury) que todo arde, pero es hermoso mientras arde, aunque el humo se te meta en los ojos.

If that’s all there is my friends, then let’s keep dancing.