Hoy desperté y de pronto me puse a escribir esto

A los 8 años mis compañeros de La Salle empezaron a llamarme “mujer”, “playo”, “maricón”, y “Miss Universo”. Yo no entendía por qué se suponía que aquello era un insulto.

Recuerdo preguntarle a mi mamá “¿Qué significa caminar como mujer?” Ella tampoco entendía (mi mamá era muy valiente pero muy inocente). Está claro que el machismo es una construcción cultural que está particularmente afianzada y reforzada en Costa Rica. Doña Tere venía de un país donde los hombres se saludan de beso y cruzan las piernas sin complejos. ¿Cómo iba a saber que algo de lo que yo hacía “estaba mal”?

La he contado antes: mi vieja, preocupada, me llevó al doctor (¡que era el médico de la Liga Deportiva Alajuelense!) para ver si había algo mal con mis piernas. Si yo tenía un problema. Esa era su angustia. Y la mía. Pero todo estaba bien con mis piernas. El doctor me lo dijo. ¡Y era el doctor de la Liga! Lo que no me dijo es que el “problema” era otro: yo era un niño amanerado. No era un “hombrecito”.

Yo (reitero) no entendía nada. Un niño no elige eso. Un niño solamente es. Me dedicaba entonces a sobrellevar la escuela y jugar fútbol. Aunque fuera solo (antes he mencionado que en La Salle los compañeros no me dejaban jugar). Siempre encontré refugio en la pelota. Pero ese es otro tema.

Después mi familia emigró a Turrialba y no más entrar al colegio tuve claro que las cosas no iban a ser sencillas para mí. No he explicado ni contado esto antes, pero ahora, que estoy en un proceso importante de entender mejor (qué) quién soy puedo animarme a acomodar algunos recuerdos. Aceptarlos. Entenderlos.

Entré en la adolescencia inseguro, medroso, carente de confianza. Me sentía poca cosa, pasaba asustado. Para peores era demasiado “sensible” y eso me hacía el niño débil por excelencia.

A razón de que sabía que eso + “ser playo” me iba a significar 5 años de miseria tuve que idear (de forma casi inconsciente) una “personalidad” que me permitiera adaptarme lo mejor posible al medio. Yo ya tenía claro que era una especie de misfit, pero no había conocido a Bowie como para entender que eso estaba bien.

Pretendía entonces ser “raro” (el “loquito”) y “gracioso” para protegerme. Quería pasar por el tipo que nadie se tomaba en serio, que no representaba una amenaza. Quería agradar a todos. Ser “aceptado”. Quizá así las cosas serían más sencillas. No necesariamente fue el caso, pero definitivamente me ayudó a reírme de mí mismo y no tomarme tan en serio.

Tenía todavía 12 cuando descubrí que aquello de “enfrente a su bully y lo dejará en paz” no funciona. Él repetía sétimo por tercera vez cuando me sembró un puñetazo en los huevos que me dejó postrado por más de media hora en el piso. Ese fue mi debut en el colegio. Siempre hay un mae al que ustedes ven ser sistemáticamente agredido, acosado y ofendido. Yo no vi a ese mae. Yo fui ese mae.

Alimenté así un mal carácter que todavía hoy en ocasiones me persigue. Gestaba en mis entrañas desprecio y resentimiento. A veces se me salía en las mejengas con mis amigos de la plaza, a quienes tanto debo porque con cariño y paciencia me ayudaron a sobrellevar esos años. Me enojaba con facilidad en los partidos. Rabietas absurdas… solo estaba dejando escapar mi frustración. Solo estaba tratando de entender cuál era mi lugar en el mundo y porqué un señor de 60 años al que yo le llevaba la comida como un gesto de amabilidad por las noches encontraría oportuno meterme la mano dentro de mis pantalones mientras me abrazaba desde atrás.

¿Por qué me había elegido a mí? ¿Por débil? ¿Por “playo”? ¿Por qué la gente hace estas cosas? ¿Me lo había buscado yo? Estaba enojado con mis padres pero a la vez quería que no sintieran culpa. Que supieran que yo estaba bien. Eso le dije al psicólogo. “Está todo bien”. Pero no está todo bien cuando es la segunda vez que un tipo te toca el pene. No está todo bien cuando tenés 6 años la primera vez que te pasa. No está todo bien cuando tenés 12 años y estás en el piso del colegio pensando en todo eso mientras suena la campana y cientos de estudiantes pasan y se te quedan viendo entre risas. No está todo bien cuando no ha habido una sola mujer que te de un beso pero ya dos hombres adultos te metieron mano. Y ahora estás en el piso, tratando de descubrir si todavía tenés tus testículos porque es tanto el dolor que ni siquiera los sentís. En el piso, sí, pensando si algún día una muchacha de tu generación te va a respetar, si algún día alguna querrá algo contigo.

Un niño (eso es lo que yo todavía era) no olvida eso. El golpe. La humillación. La soledad. El desconsuelo. Si bien he hablado de esto antes nunca he sido lo suficientemente claro: fue una procesión que llevé por dentro. Que no compartí. A la que siempre traté de bajarle el tono. Siendo, precisamente, “gracioso”, “ameno”, “loquillo”.

A pesar de lo dicho sí hubo una compañera que, años después, vio más allá de lo que se suponía yo era. Estaba lo suficientemente “loca” como para robarse mis diarios y escribirme cartas anónimas cargadas de insultos contra sí misma. Pero también como para tomarme de la mano y cruzar el colegio entero conmigo, siendo yo “el playo”. Que de pronto estaba con “la rica”.

Aquella mujer, que era como un maremoto que dejaría en vergüenza a cualquier erupción del volcán Turrialba moriría un par de años después. Cargué la culpa de no haberme enamorado nunca de ella. De no haberle retribuido ese amor desafiante y demente suyo, desvergonzado, al que poco le importaban las impresiones ajenas. Cargué la culpa de haber hecho todo lo posible para no acostarme con ella cuando, estando enferma y borracha, me lo suplicó en su fiesta de cumpleaños. Pero yo no quería perder la virginidad así. No podía hacerle eso a ella. No podía hacerme eso a mí. ¿No podía? ¿No debía? Fue todo lo que me pidió. Yo a ella la quería. Ella me quería a mí. ¿Qué se supone que haga “un hombre” en una situación como esa? Recuerdo a nuestros compañeros asomándose por las ventanas. Ansiando un espectáculo. Ella me metió al baño, decepcionada, excitada, furiosa, alterada. Recuerdo que me mordió el pene. Recuerdo escapar de aquel lugar con mi mejor amigo. Caminar kilómetros a casa angustiado, con el abrazo del trópico húmedo, palpando la sangre entre mis piernas. ¿No podía? ¿No debía? Todavía la puedo ver llorando en el techo de su cuarto, esa misma noche.

La siguiente vez que visité su casa sus cenizas estaban dentro de un frasco. Y yo, a mis 20 años, todavía no sabía nada de la vida. No es como que hoy, tanto tiempo después, mucho haya cambiado.

Un par de mujeres más me volvieron a ver mientras estuve en el colegio. Me quisieron y yo las quise a ellas. Me ayudaron a sobrellevar aquella montaña de mierda que implicaba ser “el playo” del cole y que deparaba sucesos tan extraños como ser retado a golpes por el “verdadero playo” del cole. Incluso él necesitaba demostrar su hombría. Que quedara claro que nadie era más playo que yo. Nos dimos de golpes sobre la línea del tren. Él empezó a sangrar. Yo me asusté. Me fui. Escuchaba sus gritos, juraba matarme. Pero este párrafo no es suyo, este párrafo es de ellas. Las mujeres que, a pesar de todo eso, me quisieron. Las recuerdo con afecto, gratitud y cariño. Siempre hay gente que hace la diferencia, que pone el contrapeso.

La verdad es que nunca me pregunté si yo era homosexual. Desde que tengo 5 años he vivido enamorado de las mujeres. Pero con frecuencia me preguntaba ¿cuál habría sido el problema si me hubieran gustado los hombres? ¿Por qué tanto odio? Si a mí, que no era gay, me daban tan mala vida. ¿Qué podrían estar experimentando quienes realmente lo eran? Supongo que algunos de ellos caminaban por los pasillos del colegio escondidos, reprimidos, asustados. Yo hubiese querido abrazarlos. Pero yo también caminaba escondido, reprimido y asustado.

Entonces pensaba en mis acosadores y agresores una y otra vez: ¿qué estaban defendiendo estas gentes? ¿a qué le tenían tanto miedo? ¿de dónde nacía tanta furia y tanta violencia? Probablemente su historia de vida era muchísimo peor que la mía. Yo solo tenía que capearme golpes en el cole. Quizá ellos se los tenían que capear en la casa. A pesar de eso, yo no podía esconder mi resentimiento, mi furia. No podía dejar de fantasear con el día en que despertara siendo un mutante capaz de darle una lección de por vida a aquella pandilla de delincuentes.

Empatía. Frustración. Dos emociones que también pueden ir de la mano. No es sencillo terminar de entender eso.

Pasó el tiempo.

Al menos dos de las personas que me patearon por la espalda, me tomaron del cuello y me reventaron contra la pared, que me tiraron lluvias de piedras cuando salía del cole, me botaron de la bici, me persiguieron por kilómetros, me amenazaron con matarme si iba a cualquier baile, me empujaron en los pasillos, me patearon en el suelo, me humillaron en los camerinos, me escupieron en las aceras, me gritaron en las calles, me hostigaron por teléfono, me patearon de la buseta, me sacaron cuchillos, me rompieron la camisa tomándome del cuello un domingo cualquiera en el parque, me patearon la silla, me robaron y me golpearon… se acercaron tiempo después a pedirme perdón. Se habían convertido al cristianismo. Entonces todo estaba perdonado. Ellos seguían con sus vidas.

Yo seguía con mis heridas.

A toda esta gente le enseñaron que el hombre fuerte es el que abusa, acosa, agrede y violenta. Y que el peor insulto que podían darle a un hombre era llamarlo mujer. Que esa era la mejor forma de “debilitarlo”, encontrarle cualidades femeninas. También les enseñaron que Cristo todo lo perdona.

Quizá fue la bendita película de la semana pasada. Quizá fue leer a quienes se quejaron del gesto de la Municipalidad de Heredia ayer. Quizá fue recordar los chistes de los princesos. Pero hoy no pude dormir bien pensando en todo esto. Y de pronto estaba escribiendo y recordando que con todos estos antecedentes entré a la vida adulta, todavía sin entender por que todo aquello que se asocie con “femenino” es considerado débil e indeseable por tanta gente. Por qué tanta otra permite que sea así.

En aquel entonces imaginaba que poco a poco empezaría a percibir cambios. Que quizá aquello era producto de circunstancias muy particulares. Pero han pasado más de 15 años. Todavía hoy, en plena capital, las mujeres no pueden caminar en paz. Acoso. Agresión. Violencia. Todavía hoy, en un país que se las de especial, dos personas del mismo sexo que se quieren entre ellas no pueden aspirar a los derechos que yo tengo. Todavía hoy, hombres y mujeres de forma consciente e inconsciente impulsan, defienden y promueven un modelo patriarcal que genera historias de vida tan macabras y traumantes que dejan este relato que hoy les he compartido como lo que es: apenas una anécdota.

Pero es mi anécdota. Es mi historia. Y aunque palidece al lado de lo que otras y otros han tenido que vivir me basta y sobra para tener claro que no quiero que nadie tenga que sobrellevar algo así. Es por eso que no puedo guardar silencio cada vez que alguien defiende y promueve valores asociados al machismo porque son esos “valores” y esas “buenas costumbres” las que han llevado por el camino del silencio, la amargura, la depresión y la tragedia (sí, la tragedia) a miles de miles de costarricenses.

Y la verdad es que estoy harto. Harto de hacerme el loco con los chistes de playos y entenderlo como “parte de la cultura”. Harto de recordar cuántas veces se usó esa palabra con la intención de humillarme. Esa y tantas otras: guineo, maricón, mujercita, rábano, princesa, loca, etc.

Sepan que nunca me sentí humillado. U ofendido. Lo que sentí fue asco. Y miedo. Por supuesto. Mucho miedo. Pero sobre todo tristeza. Tristeza de que todo esto nos parezca normal, deseable, “simpático”. Tristeza de que sigamos pensando que “no es tan grave”. Tristeza de que me digan que “diay hay que aguantar” cuando agreden, violentan, acosan u ofenden a alguien que quiero. Yo, que soy hombre, blanco, heterosexual… estoy cansado de aguantar. Yo, que tengo todas las ventajas. Todos los privilegios. ¿Qué pueden sentir las mujeres? ¿Qué pueden sentir las y los homosexuales y todos aquellos y aquellas que simple y sencillamente no llevan un estilo de vida acorde a los “valores” de quienes llevan décadas, siglos, oprimiéndonos con un discurso plagado de violencia que sigue amparándose en creencias más que superadas por los Derechos Humanos?

No puedo ni imaginarlo. Pero créanme que hago todo lo posible por entenderlo. Quizá es eso lo que he tratado de decir a lo largo de 50 párrafos. Nada más que eso: estoy con ustedes. Las cosas, tarde o temprano, van a cambiar. Y lo celebraremos juntos.

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