Redes sociales… deconstrucciones virtuales

El fin y principio de año dejaron en mi garganta una sensación de empacho inusual incluso para estas fechas. Mi colega Agustín Gutiérrez diagnosticó un exceso de aspaviento y grandilocuencia y no es difícil entender por qué. Es bien sabido que en las redes sociales la gran mayoría de nosotros coloca su mejor rostro, pero pocas veces es tan evidente como en las fechas festivas recién superadas.

Pareciera claro que el agente nostálgico propio del fin del calendario dispara nuestro ya de por sí muy activo narcisismo y nos lleva de forma casi incontrolable a buscar cualquier tipo de validación y “compañía” en la red, espameando más fotos maravillosas que nunca, escribiendo un solemne y elaborado recuento anual, etc.

No voy a entrar a valorar si esto está bien o mal. Cada quien hace de su culo un florero y cada quien usa cada herramienta digital disponible como le plazca. Además, ¿quién puede decir que está por encima de la calidez virtual de un like? No voy a ser yo quien mienta diciendo que no me gusta recibir un comentario de Sebas, un like de Alessandro, un retuit de Daniela, un corazón de Sofía, un mensaje de Michelle, un snap de Carlos.

Así que no me malinterpreten: en términos generales puedo asegurar que me encanta ver a la gente que quiero disfrutando y siendo feliz pues es eso precisamente lo que deseo para cada uno de ellos. Quienes me preocupan son “los otros”, aquellos que quizá tienen o tuvieron un año de mierda y se deprimen 10 veces más al leer semejante derroche de bendiciones en su feed.

A todas estas personas quiero recordarles que…

  1. Lo que vemos en redes es una versión cuidadosamente editada de nuestras vidas.

Voy a usar el ejemplo más cercano que tengo: el mío. Dependiendo de la red en la que usted me siga tendrá, probablemente, una idea muy distinta de mi personalidad.

Seguramente en Facebook doy la impresión de ser un tipo informado, ecuánime, mesurado, paciente, cálido y sensible, que ocasionalmente suelta un berrinche futbolero. Hay quienes incluso se refieren a mí como un “líder de opinión” cuando la verdad es que, parafraseando a Jack Kerouac, lo único que tengo que ofrecer es mi propia confusión.

En Twitter es probable que parezca un cínico o un patán, pues me permito darle rienda suelta (según yo) a facetas más sarcásticas e irreverentes de mi personalidad. Ya quisiera andar por la vida con la seguridad y desfachatez que me manejo ahí. La verdad es que apenas toco a otro ser humano en un supermercado siempre soy el primero en decir “perdón” y hacerme a un lado.

Instagram no solo lo convencerá de que tengo 10 veces mejor pinta de la que manejo, sino que le mostrará además mi lado más pretencioso. Ni escribo, ni leo, ni viajo tanto como pareciera en ese álbum. Todo lo contrario. Difícilmente puedo salir del país, le tengo aversión a la playa y me estresan las conglomeraciones de gente. Además, solo he tomado una foto de un plato de comida y ni siquiera me supo bien. Hace 26 semanas compartí los micrófonos que compré para empezar mi podcast: todavía no he grabado un solo episodio. Hace 77 compartí la primera página de mi nuevo libro: todavía no lo he publicado. Además, he tenido que borrar fotografías de gente que me quiso y ya no me quiere. Más de una vez.

Ayer ustedes vieron un maravilloso e inspirador atardecer. Yo la estaba pasando de culo.

Snapchat (delfinomachin) convencería a cualquiera de que tengo una profunda inmadurez emocional. Quizá eso sí sea cierto. De la mano de las 24 horas de “vida” de cada foto o video me permito subir estupideces que dejan clarísimo lo muy poco interesante que es mi vida. No sé cocinar. No hago ejercicio. Evito el contacto humano tanto como puedo. Prácticamente no salgo. Todo lo que tengo es una gata y un muñeco de Skeletor. Ni siquiera estoy seguro de que la gata me quiera.

Ahora bien, incluso si sumáramos todas estas “máscaras” digitales seguiríamos teniendo un muy incompleto remix de la persona que soy. ESO es lo que tenemos que tener presente cuando nos acercamos a la vida de otro ser humano a través de la pantalla. Nadie es tan pichudo, tan cool, tan espectacular y tan guapo como pareciera serlo en sus redes sociales. Todos tenemos momentos de mierda, simplemente no son los que decidimos compartir. Lo que me lleva a…

2. En la fotografía salimos (casi) siempre sonriendo

Hace muchísimos años se le tomaban fotos a los muertos porque no existía documento sobre su existencia en vida. Aquella era la única forma de conservar una memoria del ser querido. Afortunadamente tan pronto se popularizaron las fotografías esa práctica quedó de lado: la enorme mayoría de nosotros no está interesado en documentar los momentos tristes.

Sin embargo, es importante que no los perdamos de vista. Cuando cientas de personas nos cuentan en Facebook lo MARAVILLOSO que fue su año podemos de pronto pensar que algo anda muy mal con nuestra vida porque dista de alcanzar semejante brillo. La mayoría de las veces lo cierto es que ni tan buena es la ajena ni tan mala es la propia. Hay días de días y rachas de rachas y a todos nos toca, tarde o temprano, de alguna u otra manera, comer mierda. Es parte del viaje.

Ajá, el hombre ya está del otro lado. ¡Pero qué cómodo se ve!

De nuevo, ilustro con el ejemplo más cercano que tengo: cierto que fui a ver jugar a los Red Sox y cierto que vi a Noel Gallagher en vivo, pero también es cierto que en los últimos dos años pasé de un doloroso divorcio a un inesperado despido, intentando luego recoger mi vida a pedazos y fracasando una y otra vez. Tras un par de tragos amargos dignos de psiquiatra pasé por una experiencia laboral miserable, perdí amigos al por mayor y sumé enemigos a lo bestia. Nada de esto está en Instagram ni en Facebook, pero es parte de la vida. Echar palante y arrancar de nuevo cada vez que la cagamos, también. No se vaya usted a quedar achantado pensando que a todos los demás les va bomba menos a usted. No es así. Lo que a su vez me lleva a …

3. Quejándonos no resolvemos nada

Ahora que salió la nueva cinta de Rocky (sí, otra) hay que recordar el momento clave de aquel emotivo discurso que le dio el hombre a su hijo. Si es un lugar común es porque es cierto y por eso lo repito: lo que nos define no es lo que nos pasa sino cómo reaccionamos a lo que nos pasa. Bueno, eso lo dijo Viktor Frankl (a quien cito todo el tiempo), pero Rocky le puso sabor adicional:

“The world ain’t all sunshine and rainbows. It’s a very mean and nasty place and I don’t care how tough you are it will beat you to your knees and keep you there permanently if you let it. You, me, or nobody is gonna hit as hard as life. But it ain’t about how hard you hit. It’s about how hard you can get hit and keep moving forward”.

En la nueva cinta (se llama Creed), el filósofo del box lo hace de nuevo y tira otra frase clave. Mientras entrena a la joven promesa que protagoniza la película, lo lleva frente al espejo y le dice:

“This guy here. That’s the toughest opponent you’re ever going to have to face, I think that’s true in the ring, and I think that’s true in life.”

Rocky sabe. Y de eso se trata. De no perder la perspectiva: el responsable de su calidad de vida es usted mismo. Si la está pasando mal, haga algo al respecto. No se apantalle con realidades edulcoradas ajenas ni crea que debe someterse a los estándares de los demás. El metro va por dentro: viva en sus propios términos y no pierda de vista que el único que se está juzgando es usted mismo.