Usted cree que me conoce

Ayer se averió la máquina que prepara el café. Yo había tenido un mal día, o una mala semana, da igual: necesitaba de ese yodo como necesito dejar de perder paraguas. Y la máquina, nada. Me escupía en la cara, indiferente a mi seguidilla de contratiempos. Entonces pensé en Ali, recién muerto y lancé un puñetazo destinado al recipiente de plástico que alberga el alimento de mis gatas. Fallé. O, siendo amargamente optimista, atiné. Sobre decir que una mesa de madera no es el destino ideal para quien nada sabe de amarrar los nudillos con soltura y prestancia.

Ahogué el grito en la almohada del sillón; no fue un cuadro ameno.

Si me hubieran grabado durante esos 10 segundos, usted probablemente pensaría que soy un tipo violento. O que tengo serios problemas para controlar la ira. Sí, lo que dura un snap bastaría para completar mi perfil psiquiátrico. Cuando regresemos: “Ya-no-tan-joven periodista muestra su verdadera personalidad en grabación casera. No podrás creer lo que este enfermo hace con su mano”. ¡Qué ilusión! De un día para el otro sería yo el alimento de los cocodrilos del Tárcoles en Twitter. Puedo imaginarlos engullendo con sin piedad hasta que la próxima distracción liberara sus fauces. Todo cortesía de un instante de frustración en el que puse de manifiesto mi inutilidad como atleta.

La lapidación virtual no será televisada.

Hoy escribo este texto con la mano izquierda y le pido disculpas a la derecha, mientras sueño con una sobredosis de Cataflam y pienso en lo difícil que es evitar que te malinterprete quien lee lo que escribís, especialmente si tenés un brazo (¿mental?) amarrado a la espalda. Salta la pregunta: ¿haríamos mejor en callarlo todo? De ninguna manera. Claro que algunos así lo quisieran. Pero son los menos, aunque también los más peligrosos. Esos, los ignorantes, los devotos del silencio cómplice, no conocen el peligro de mandar a callar a la gente que les incomoda.

Cae la tarde y Chet Faker todo lo cura. Menos mi muñeca. Abro una pestaña adicional, reviso mi buzón de entrada y leo: “Gracias por ser una voz para las minorías y por ayudar a visibilizar el daño atroz del machismo”. Afuera llueve y el perro del vecino no deja de llorar. Pienso en qué contestar a un mensaje como ese. Cada intercambio con un desconocido es una ruleta rusa de tres balas. Halagos o insultos (que entran por igual) me dejan siempre fuera de juego.

Está claro: la inmediatez nos ha condenado.

Nuestra “persona en línea” de pronto es como un restaurante al que se le deja una reseña en Yelp: “Delfino está sobrevalorado, no entiendo por qué tanta gente le da pelota, dos estrellas de cinco”. Si pudiera, le devolvería el dinero a cada cliente insatisfecho. “Perdón, mi personalidad no es afín a la tuya, lamento que tuvieras una mala experiencia, ¿me aceptás un postre de cortesía?”.

A veces los invito a un café. “Vení y me explicás ese odio tuyo tan apasionado, así, en persona, de pronto lo entiendo mejor”. Acepto que eso raya en el fetiche: ¿por qué habría de importarme lo que carbura a una persona a vomitar su propia falta de afecto sobre el teclado? Pero no es tanto lo que me importa. Es lo ameno que resulta la idea de escucharlo en persona, sin una pantalla de por medio. ¿Será igual de vehemente, enfático y apasionado el discurso?

Hasta ahora solo he topado con miradas tibias y manos endebles a la hora de estrecharse. Está claro que es más fácil vapulear a un desconocido en línea que en persona.

Afortunadamente.

La palabra clave, no cabe duda, es atención. Esa y no otra, es la moneda del nuevo siglo. En el momento en el que entramos al circo de las redes sociales, todos, de una u otra manera, queremos y buscamos sumar miradas. Sea por la más noble de las causas o la más trivial y narcisa de las razones, lo cierto es que competimos por el rating.

Lo irónico es que incluso los que se dedican a hacer de su huella digital un monumento al odio en el fondo buscan precisamente lo mismo: validación. Que alguien los note. Quizá por eso en persona se diluyen con tanta facilidad.

Volvamos al mensaje que recibí hoy. Para esta amable muchacha soy un tipo sensible, empático e incluso necesario. Pero para la que escribió hace un par de semanas soy un miserable opresor, ególatra, indeseable y por supuesto, machista. ¿Cuál lleva la razón? Ninguna. Si yo mismo no he terminado de conocerme… ¿cómo puede alguien que ni siquiera ha escuchado mi tono de voz creer que sabe algo (lo que sea) de mí?

Sigue lloviendo. Voy a la cocina y pienso que quizá ayer debí golpear la máquina. La enciendo y descubro que hoy despertó empática: funciona como si nunca hubiese fallado. “Gracias, a la luz de la metralla de basura que recibo constantemente un mensaje como el suyo suma más de lo que imagina”. Mi respuesta es sincera, sentida. Solo queda esperar que la muchacha no la malinterprete.

Publicado en la edición de tercer aniversario de la revista Traffic.