De-liberaciones sobre la ansiedad (Parte I)

Sobre cómo me harté de mi ansiedad y logré convivir con ella. E incluso extrañarla un poco.

La historia de mi ansiedad

La ansiedad y yo hemos sido casi inseparables desde que tengo memoria. Si graficara mi ansiedad a lo largo de mi vida, dibujaría una recta con poca pendiente hasta finales de la primaria, donde se acrecentaría un poco pero no mucho, y luego picos y picos en la adolescencia hasta hace relativamente poco. Sería como viajar de Buenos Aires a Chile — llanura, cerros, montañas, Cordillera.

Varias veces traté de entender en qué momento se había originado mi ansiedad, sin éxito. No recordaba ningún punto de quiebre, con un antes y un después. Cuando le pregunté a mis viejos si pensaban que algún evento de mi infancia podría habérmela causado, me respondieron que más bien siempre había sido así — ya la ansiedad como parte indisoluble de mí. Tal vez ellos graficarían mi ansiedad como una línea recta constante, bastante alta, y con picos también.

Recuerdo que cuando era chica y demostraba algún signo de impaciencia mientras mis viejos miraban baños o cocinas en alguna de esas… casas de remodelación, digamoslé, me decían no seas ansiosa. Yo tenía mejores cosas que hacer un fin de semana— tenía que ir a casa y saber cómo seguía Harry Potter y la Piedra Filosofal, por ejemplo. Porque mañana tengo que ir a la escuela y no voy a poder leerlo. Y después de la escuela pasan Pókemon. O sea que si yo no leo Harry Potter en este momento, tengo que esperar 24hs para hacerlo. Y yo quiero mucho leerlo. Pero ahora no podés, y no seas ansiosa. Ese era mi razonamiento a los 7 años, ya instalada la noción de que el mundo se acababa al día siguiente, la falta de perspectiva de vida, la urgencia, la impotencia… ¿el egoísmo? Algunos pueden pensar qué nena caprichosa y sí, en parte tendrían razón. Siempre me molestó saber que no podía hacer algo. Lo que menos puede hacer uno en la vida es ir en contra del tiempo y eso es exactamente lo que yo quería hacer. Sólo quería sacarle todo el jugo a la vida y no me parecía mal. Yo quería mucho algo, mi problema es que no podía esperarlo.

A raíz de momentos como estos le puse palabras a lo que me pasaba y empecé a pensar que impaciencia=ansiedad. A veces me encuentro con personas autodeclaradas ansiosas que sustentan esta igualdad, diciéndome por ejemplo “sí, no puedo esperar a que termine el microondas y saco antes la taza”, o “no, prefiero tomarme un taxi porque no puedo esperar el colectivo”, cosas así. A mí no me pasa exactamente eso.

La realidad es que la ansiedad es mucho más compleja que la simple impaciencia. Y mucho más hermosa.

Pero eso más adelante.

Durante mi adolescencia empecé a presentarme como ansiosa, sin saber bien aún qué significaba serlo (hola, soy Delfi y soy ansiosa). Mis parejas tuvieron que acomodarse o morir en el intento. En realidad, más bien yo siento que tuve que acomodarme a la sociedad o morir en el intento. Yo era la ansiosa que molestaba a todos, y el resto del mundo estaba más o menos bien. Yo apuraba, yo recordaba, yo me enojaba. Me decían que me relajara.

Mis amigas me conocieron ansiosa y me aceptaron así, como pudieron, después de algunos choques. Creo que en esa aceptación encontré un buen espacio para convivir con mi ansiedad sin que fuera un problema para todos. Hoy en día me avisan, me dicen mirá Delfi, yo sé que querés tener certezas de a qué hora nos vemos, pero no lo sé. Ponele que tipo 11. Y si bien no es lo que quiero escuchar (en media hora llego, a las 11 estoy ahí, etc), me tranquiliza que me entiendan y yo no me pongo loca.

Porque la ansiedad no es algo que la gente pueda entender racionalmente. Intenté explicar mil veces por qué me sulfura tanto esperar. Creo que la única cosa que puede hacer alguien para acompañar a un ansioso es solamente aceptarlo, sin entender las razones.

Aplicable al ansioso mismo, también, la aceptación.

Me relajo. A veces. (Vietnam, Enero 2017)
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