Elogio a una oficina sin papel y a la servilleta de bar

Hace unos años la impresora de casa empezó a imprimir con unas marcas blancas a lo largo del folio. Al principio eran estrechas, casi un detalle, pero luego se convirtieron en un borrón más grande y las impresiones se volvieron ilegibles. Revisando el manual del aparato el diagnóstico estaba claro, era necesario cambiar el tóner.

Ese hecho nunca se produjo. Una combinación de factores mundanos, y probablemente estelares, hacía que nunca hubiera oportunidad de renovarlo: otro asunto más importante, la tienda cerrada, internet va lento, el perro se come los apuntes…

Pasaron semanas e incluso varios meses y un día, al abrir el cuaderno de notas (el de anillas de toda la vida) tu vida hace click y descubres uno de sus secretos: no te hace falta imprimir todo, para sobrevivir basta tan sólo con dibujar y escribir.

No he gastado en una impresora por una cuestión de racanería, a fin de cuentas es un producto de hardware muy asequible, sino simplemente de falta de necesidad. Si en algún momento lo necesito, bajo a la fotocopiadora de José y muy gentilmente consigo dos cosas: mi impresión y una buena charla.

Lejos quedaba la etapa de estudiante, cuando uno amanecía y se acostaba enterrado entre apuntes, fotocopias de los compañeros que eran más aplicados y trasparencias que los profesores repartían. Casi sin quererlo, igual que aparecieron las redes sociales, una mayoría adaptó las nuevas tecnologías y pasamos del papel a la pantalla.

Pero algunos se resistían y pensando en que lo publicado en internet podría borrarse en cualquier momento, imprimían todo en papel a modo de copia de seguridad, de backup de tareas, manuales o pensamientos.

Es cierto que cualquiera no puede permitirse este lujo de no posar en el papel su trabajo o sus quehaceres diarios. Pero los que si tenemos esa fortuna deberíamos comprometernos con esta tarea de conservación. A fin de cuentas unos dicen que 50 kilos de papel salvan un árbol, otros que 75, el caso es sumar.

Pero no nos quedemos en la ecología, sino también en la libertad. El papel es el elemento más básico para plasmar ideas, conceptos y proyectos con la ayuda de un bolígrafo. Alejémonos por un momento de esta pantalla y volvamos a tomarnos la libertad de escribir sin renglones, sin tipos de letras, de dibujar sin necesidad de utilizar las autoformas de flechas, de recortar papel, de arrancar hojas, doblarlas, tirarlas a la basura.

Lo reconozco, yo también tengo una moleskine pensando que en ella todas hojas que paso están repletas de trabajo bien hecho, de grandes proyectos. Y utilizo post-it en un tablón para refozar conceptos y hasta pensé en comprarme una pizarra de las de toda la vida para ser un tío molón.

Pero al final descubrí que no hay mejor idea que la apuntada en una servilleta de un bar.

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