Ciento cuarenta y cinco.

Ay abuelo, abu. Otro catorce de mayo que te añoro más que durante todo el año, que recuerdo la paz de tu rostro al verte en ese cajón. Con tu partida caí y no logro levantarme aún.

Hace cinco catorces de mayo que me desvivo por volverte a ver, y vivo y revivo esa noche de llantos con sollozos y gritos al cielo buscándote en cada rincón de tu lugar.

Te veo y hablo todas las noches en mis sueños; me abrazo a vos para que no me dejes en mi cabeza perdida y, quizá, volver a la normalidad, a ser yo y a no estar extraviada como lo estoy desde hace mil ochocientos veinticinco días.

Lo bueno y lo malo es recordar cómo te desvivías por verme feliz en esas tardes soleadas de fin de semana.

¡Ay, abuelo! ¡Si estabas tan bien! ¿Cómo pudo haberte pasado eso? Luchaste pero no fue suficiente, mi rey David.

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