Esta noche déjame ser parte del viento

Él sólo caminaba por la calle. Siempre lo hacía a la misma hora porque se decía que era el tiempo donde nadie lo observaba. Se sentía en sí mismo. Se sentía un poco libre, un poco suelto, un poco mierda.

Salía todas las noches y recorría las mismas calles realizando el mismo ritual, meticulosamente planeado: salía de su casa con el cigarro en la boca, lo movía de lado a lado. Lo besaba. Lo probaba. Lo lamía. Lo saboreaba. Siempre se decía: que rico que saben mís labios pegados a este papel, Luna.

Bajaba por ascensor hasta el sótano y allí salía por la puerta del estacionamiento. Ya en la calle, se decía de nuevo: Luna, ésta noche, ésta noche déjame ser parte del viento. Déjame ser la brisa fría que trata de apagarte todas las noches que salimos a ser los fantasmas de estas calles. Déjame ser lisonjero, risueño; déjame salir de éste cuerpo.

El dulce vaho que salía de sus pulmones se convertía en palabras silenciosas que la noche se tragaba enteras. Luna alimentaba la noche, la dejaba ser. Dejaba que el ruido muerto de la ciudad se lo tragara la tierra que sepultaba el cemento helado de la metrópolis.

Esta noche otra noche tal vez mañana en la noche Luna, tal vez, solo tal vez… pueda convertirme en el humo dulce que calienta las noches y elevarme tan alto que pueda llegar hasta las estrellas y quedarme allí Luna, simplemente siendo uno más de todo esto que nos rodea la existencia.

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