Parte de The youth of Bacchus, por William Adolphe Bouguereau, 1884.

Aquelarre

El sol ha caído, y sus cuerpos han de levantarse del frío suelo cubierto por cenizas y zacate. Han de venir hacia las verdes arboledas, han de merodear los oscuros caminos. Vengan bajo la luz del cambiante firmamento.

No se conocen, no lo conocen, pero acérquense, con la confianza de un padre que aguarda a sus hijos en el fondo de su corazón marchito. Conozcan la luz de la vid, humeante a placer y alcohol, los hombres tomen una copa de plata y las mujeres una copa de oro, sumérjanlas en el vientre de la madre a quien por todos los cielos fue traicionada, y beban felizmente del fruto que les fue prohibido a los humanos. Abandonen su humanidad.

Ustedes, hijos e hijas, sombras cálidas y danzantes que se juntan alrededor del fuego, descansen. Cierren sus ojos y escuchen con atención su caminar por detrás de sus espaldas. Quiten sus ropas, bajen sus copas y tiren sus botas, desaten su cabello lleno de hojas y flores, júntense la sangre y sus huesos, sientan sus cuerpos. Olviden sus nombres, sus rostros serán los mismos, no necesitan un cuerpo, necesitan de un alma libre.

Respiren el cielo, el frío y mórbido silencio del bosque. Desgarren sus prejuicios, sus miedos déjenlos al fuego con él , dejen de lado la furia, y beban la miel sobre sus pieles tibias, humeantes en deseos cálidos. Despierten su cariño en sí mismos, saboreen la saliva del cuerpo, el beso de la noche, mírense al cuello, tóquense el silencioso deseo, y en sobrio suspiro, tómense los unos a los otros.

Tomen el fuego entre sus manos y cúbranse el cuerpo de arcilla roja, tomen una piedra y corten sus palmas, mezclen su sangre con saliva y bésense entre gemidos dulces y largos. Sientan el clamor de su interior anhelar el cobijo de una piel ajena, de una carne sin vergüenza, y de unos huesos expuestos al fuego de salamandra. No beban sus ansias antes de haber bebido el dulce deseo. El amor y la juventud, están desnudos esta noche.

Canten las dulces palabras, reciten los melancólicos cantares, cierren los ojos al hermoso y profano Eros, que los cubre y los arrulla entre sus alas nocturnas, entre su pelaje espeso. Bailen sobre el fuego, déjenle tocar sus cuerpos, regálenle su mente, y pidan algo a cambio de su alma. Coman. Beban. Respiren. El humo de su carne, ya no es de humanos. Tómenle la mano, tómense las manos, cierren los ojos y entreguen en sangre y confianza al profano Eros, hasta que los lleve al Sol de la mañana, donde sube al alba y la estrella cae revestida en sangre, herida del cielo.

El aquelarre, o El gran cabrón, por Francisco de Goya, 1823.