Trump, patrón de los desamparados

Fuente: Flora Thevoux (Salon)

La elección de Donald Trump en los comicios estadounidenses pilló a muchos por sorpresa. Los analistas se apresuraron a salvar los muebles profundizando en las claves del éxito del candidato republicano, y, aunque innumerables, casi todas parecían apuntar a lo mismo: su triunfo se aproximaba más a la lógica del mercado que a una simple victoria electoral. El aspirante a la presidencia había logrado venderse como un ídolo de masas y paladín de los abandonados.

Donald Trump fue elegido presidente de los Estados Unidos de América el 8 de noviembre de 2016 y reafirmado en el cargo el 20 de enero del año siguiente. El deslenguado magnate hecho a sí mismo, arrojado a los infiernos y mesiánicamente resucitado de sus cenizas; el megalómano dueño de la torre neoyorquina que lleva su apellido, protagonista de sus propios reality y roast, espontáneo de la lucha libre y cameo en la segunda parte de la icónica película navideña Solo en casa, llegaba a la Casa Blanca y muchos medios se preguntaban si el personaje dejaría al fin paso al político.

Al igual que no cabe duda de que gran parte del éxito electoral del expresidente Barack Obama residió en una campaña singularmente atenta al nuevo lenguaje visual de las redes sociales, resulta evidente que Trump y su equipo dominan el código televisivo —para muchos, moribundo— de la estrella mediática, tan rentable en el pasado para candidatos y simpatizantes republicanos, como los actores Ronald Reagan, Arnold Schwarzenegger, Clint Eastwood o Chuck Norris —el nexo común salta a la vista y ha sido analizado de forma sencilla y brillante por George Lakoff en No pienses en un elefante— .

Para ampliar: “The TV That Created Donald Trump”, Emily Nussbaum en The New Yorker, 2017

Relacionar las numerosas explicaciones que se han dado a la victoria de Trump es aún una tarea osada. Se trata de un fenómeno fascinante no solo por inesperado para muchos, sino sobre todo por multicausal. Incluso series televisivas como South Park o American Horror Story han aventurado la visión particular de sus respectivos creadores sobre este fenómeno. Esta novedad temática aparente no es ninguna casualidad: la relación entre el discurso del candidato republicano, la cultura popular —sobre todo cibernética— y los consumidores de ambos productos es más estrecha de lo que podría parecer.

El caldo primigenio del trumpismo

Para entender el mensaje del candidato Trump hay que remontarse a la Historia misma de Estados Unidos, pero comprender el éxito del personaje Trump exige un trayecto algo más corto. En realidad, como atisbó el escritor Dale Beran, la génesis de Donald Trump como icono pop puede remontarse a uno de los portales web más relevantes e ignotos para el público general: el foro 4chan. Originalmente concebido como una ciberutopía anárquica, una especie de espacio seguro amoral, el portal se convirtió pronto en algo más que un agregado de individuos conectados por un sentir atípico común.

En el fondo, el origen y uso de 4chan —o, más concretamente, su subforo /b/— revela la peligrosa puerilidad de sus usuarios. Como si se tratara de una ventana a la llamada web oscura, en él pueden encontrarse todo tipo de contenidos desagradables —generalmente convertidos en objeto de risión— y, en muchas ocasiones, incluso ilegales. En este patio de juego virtual para adolescentes y, muy especialmente, adultos incapaces de asumir que ya no son adolescentes la máxima es la celebración de la decadencia, lo cual implica desde compartir material bizarro —memes, hentai, humor negro…— hasta animar a otros usuarios a “convertirse en héroes” —en su criptolecto, ‘suicidarse’, símbolo supremo del fracaso— .

A partir de lo explicado puede empezar a comprenderse que el subforo /b/ de 4chan no es un foro típico. De hecho, constituye una verdadera escuela de cibertroles, con un enorme potencial de acción cuando una causa aglutina suficientes seguidores. Más allá de su fin lúdico, supone un ejercicio experimental de poder político basado en el libertarismo más absoluto. No extraña, por tanto, que en sus entrañas se pergeñara el movimiento hacktivista Anonymous ni que apoyara iniciativas como Occupy Wall Street o Wikileaks; su única consigna real es la libre circulación de toda la información disponible.

Para ampliar: “4chan: The Skeleton Key to the Rise of Trump”, Dale Beran, 2017

¿Cómo se relaciona todo esto con la victoria de Donald Trump en las últimas elecciones estadounidenses? Puede empezarse a intuirse una conexión si desligamos dos conceptos frecuentemente asociados en nuestro imaginario: anarquía —o, si se prefiere, utopía— e izquierda política. Los ciberactivistas de 4chan, en realidad, son actualmente una minoría; queda muy poco de aquellos comprometidos con causas como Anonymous u Occupy Wall Street. En la batalla por convertirse en el referente de la lucha anti-stablishment, la izquierda política ha sucumbido ante la habilidad de la derecha para acuñar neologismos e insertar su discurso en el marco ideológico más conveniente.

Avance de la derecha —en rojo— en Europa. Fuente: NY Times

Entre los supervivientes políticamente activos del subforo /b/ sobresalen, en cambio, los detractores de la “corrección política”, libertarios radicales para los que el discurso verdaderamente liberador no puede encontrarse en las restricciones que necesariamente impone el proyecto político de la izquierda occidental —impuestos con los que sufragar el Estado del bienestar, coacción del discurso de odio, prohibición de actividades peligrosas o dañinas…— , sino solamente, de manera paradójica, en el liberalismo conservador.

Solo la libertad irrestricta con la que a menudo parece actuar el presidente Trump explica cómo un referente de la izquierda como es Julian Assange, creador de Wikileaks, se ha convertido en patrocinador indirecto del iliberalismo —irónicamente— de candidatos de extrema derecha como el propio Trump, Marine Le Pen o Geert Wilders. La equidistancia adoptada por Assange, imitada por otros partidos de izquierda europeos, conduce a otra contradicción que solo lo es en apariencia: Assange parece haberse decantado claramente a favor de dos candidatos de ideologías supuestamente contrarias como son Trump y Putin, quienes a su vez parecen entenderse bien entre sí. A estas alturas, es evidente lo inútil de términos como izquierda o derecha para explicar la política actual; de forma grotesca, la figura de Putin atrae a simpatizantes de ambos bandos.

Pero volvamos al subforo /b/ en busca de otro —o quizá el mismo— perfil de votante de Trump.

Contra la “dictadura” de la corrección política

Resulta tentador calificar a los usuarios anónimos de /b/ como inadaptados sociales, frikis adolescentes inofensivos con meras ganas de incordiar; por el contrario, algunas de sus acciones rozan el terrorismo —financiero, cíber…— . Detrás del libertarismo radical, de la libertad absoluta para hacer, se esconde un manifiesto desprecio hacia la libertad de ser y pensar y, en fin, hacia los valores propios de un Estado democrático y social de Derecho. Por mucho que trate de enmascararse tras una careta de Guy Fawkes, el supuesto anarquismo de 4chan no es tal; es más, poseen unas reglas de deseabilidad bastante claras y un sistema de valores —si bien pervertido— definido.

En su paranoica interpretación del mundo, el avance de las luchas sociales contra la discriminación busca, simple y llanamente, fastidiarles. Aunque esto pueda parecer demencial de primeras, debemos recordar —nuevamente con Beran— que los usuarios del subforo son en su mayoría fracasados en la vida más allá del teclado, por lo que internet y los videojuegos se ha convertido en su espacio seguro, un mundo fantástico donde tienen agencia y su opinión es compartida por la comunidad. Los “guerreros de la justicia social” —Social Justice Warriors, en inglés— solamente buscan, en opinión de los foreros, imponer una suerte de “dictadura” donde la corrección política a favor de las minorías sea la norma básica.

Es por este motivo que en 2014 estalló lo que se ha conocido como Gamergate: la respuesta exaltada e incluso violenta de los troles —físicos o, sobre todo, virtuales— contra la intrusión femenina en el mundo de los videojuegos, esto es, en territorio masculino. Como no podía ser de otro modo, el culto masculinista de los regímenes autoritarios y la derecha —particularmente, la extrema derecha— hace acto de presencia en un movimiento esencialmente autoritario en su ideología.

A pesar de conformar casi la mitad de los usuarios, todavía persiste un gran machismo hacia las mujeres en el mundo de los videojuegos. Fuente: Pinterest

Se trata de la misma misoginia presente en el discurso homonacionalista de Milo Yiannopoulos y la que está causando problemas de natalidad entre la población joven masculina japonesa. En este último caso, suelen esgrimirse como causas principales la accesibilidad tecnológica y la apatía generacional, pero estos dos factores no logran explicar por qué el fenómeno de los llamados “hombres herbívoros” es fundamentalmente masculino. En cambio, se entiende con mayor facilidad si lo consideramos conjuntamente con el fenómeno 4chan, un portal precisamente basado en el modelo nipón y obsesionado con la cultura popular japonesa.

Tanto para los jóvenes japoneses y de 4chan como para los adultos en general, la crisis económica ha implicado además una crisis de valores y de identidad. Y, como en toda crisis de la Historia, la respuesta del arte —aparte del pesimismo— ha sido la evasión espacial —a mundos fantásticos o lejanos— y temporal —piénsese en la insólita cantidad de remakes, reboots y adaptaciones recientes— . El discurso de Trump también está trufado de referencias a un pasado glorioso perdido, al más puro estilo —salvando las distancias, que las hay— de los fascismos europeos del siglo XX.

La clave de esta narrativa novecentista reside en su apelación simultánea a una generación madura descontenta y perdida en un mundo que ya no comprende y donde ya nada es como solía —y, según ellos, debe— ser, la famosa “clase obrera blanca olvidada”, y una generación joven descreída y cáustica, indolente ante la consciencia de que vivirá en peores condiciones que sus padres. Este conjunto intergeneracional de varones heterosexuales occidentales —generalmente blancos— acusa los efectos de un discurso progresista que los define como clase privilegiada y origen de todos los males sociales.

La emancipación de la mujer y la retórica antidiscriminación cercenan dicho privilegio y, en busca del deseado reequilibrio, coartan su libertad de expresión y ceden excesivo protagonismo a las minorías en lugar de perseguir una supuesta “igualdad real”, como suelen argumentar diversos representantes de la extrema derecha, pero también de la izquierda. En España, por ejemplo, el evento femenino “Gaming Ladies” fue boicoteado por troles del sucedáneo nacional de 4chan, Forocoches. No es de extrañar que en 2016 el foro anunciara la conformación de su propio partido político; tampoco que todo resultara una estafa.

Juntando las piezas

El perfil mayoritario entre los votantes de Trump es el hombre blanco heterosexual de clase media y sin estudios universitarios; como es costumbre, la población joven estadounidense se posiciona a favor de los demócratas, si bien la distancia se acorta con respecto al enfrentamiento entre Obama y el republicano Romney. Pero el factor que verdaderamente amalgama sectores dispares a favor del presidente estadounidense es que representa a la población desengañada. O, como los llama Beran, los perdedores.

El votante de Trump: blanco, de mediana edad, sin estudios y de ingresos más bien bajos. Fuente: Politics That Work

La obsesión de Trump con la competición —e, implícitamente, con la masculinidad— conlleva una narrativa dicotómica de vencedores y vencidos. Trump personifica esta dualidad, el empresario exitoso recuperado de la quiebra para unos, el fantoche incompetente con aires de grandeza para otros. La elección de Trump como presidente recuerda a la de personajes como Rodolfo Chikilicuatre en el festival de Eurovisión: un voto de protesta, “expresión de rabia, desesperación y máximo patetismo”.

Pero no es solo esto: muchos votantes creen genuinamente en Trump. No solo en su campaña, lo cual es evidente, sino en lo que representa, en Trump como símbolo y, en última instancia, objeto de consumo. Constituye el candidato del cambio y de los grandes olvidados: los escépticos, los indiferentes, los ácratas, los decepcionados, los nostálgicos. Representa a la vez el pasado y el futuro, la autoridad y la anarquía, la promesa y su incumplimiento.

Donald Trump fue elegido y sigue contando con seguidores no a pesar de sus exabruptos, sino precisamente debido a ellos. Su combinación única de patetismo risible y despotismo justificado coincide con los ideales del peor 4chan, una comunidad que exalta el fracaso sin caer en la abulia. Si Obama jugaba a la estrella de rock disruptiva, Trump sería el equivalente al grunge: un grito adolescente de rabia lanzado al vacío.

Solamente en este sentido se justifica el uso de términos como fracasados o perdedores para definir a los usuarios del subforo /b/ de 4chan y a algunos de los votantes de Trump: dos —quizá incluso tres— generaciones de ciudadanos apáticos hartos de promesas vanas. La apelación nostálgica a una época dorada —o tempora, o mores!— y la visibilización de la “opresión” y “persecución” sufrida por el varón blanco heterosexual convierten al republicano en la figura del cambio hacia un pretérito futuro, el gobernante fuerte —a semejanza de Putin— que recuperará el esplendor pasado, enfrentará con la fuerza a sus enemigos y devolverá el país a sus legítimos dueños, desposeídos.

Hora de asumir la responsabilidad

Cuando Trump se refirió al sistema político estadounidense como “amañado”, no solo se presentaba como la solución al problema; también se construía como víctima del sistema. El entonces candidato republicano apelaba así a la mercadotecnia política: además de un outsider, ídolo al que admirar, se mostraba como insider, parte del grupo al que se dirigía. Lo que el Partido Republicano ponía en venta no era solo su discurso, sino al propio candidato, un ideal en principio alcanzable —“Este podrías ser tú”— , como las estrellas de la farándula.

Si a menudo Trump y sus votantes son caracterizados como niños —malicia y resentimiento electoral aparte— , es por su comportamiento irreflexivo y pueril, indudablemente, pero también por no reconocer nunca que el error podría encontrarse, al menos de vez en cuando, en ellos. El fracaso del discurso progresista en Estados Unidos era cuestión de tiempo; en tiempos de crisis, es necesaria una cabeza de turco a la que culpar de nuestras desgracias, y pocos están dispuestos a aceptar que a menudo el problema podría estar en ellos —es decir, en nosotros— .

Para ampliar: “La culpa siempre es del otro”, Nacho Esteban en El Huffington Post, 2017

El alineamiento de tantos usuarios de 4chan con el ideario del presidente estadounidense no busca, como pretenden los foreros, elegir a un gato como alcalde. El halo de anarquismo con el que pretenden enlucir sus acciones encubre realmente una incapacidad para asumir que el fracaso no siempre es fortuito y que la fortuna, como dijo Virgilio, favorece a los audaces. De moderar Trump su discurso y actuar como muchos esperarían del presidente de los Estados Unidos de América, estaría traicionando a una parte importante de su electorado; no aquel que confía en el político salvador, sino quienes se vieron reflejados en el personaje redentor.