APUNTES PARA UNA NOVELA (3): LOS QUE NO TENEMOS BIOGRAFÍA

Odio meterme cosas en los ojos. Lo odio tanto que recuerdo que una vez, cuando era un crío apenas, el oculista intentó echarme colirio y yo entré en estasis. Lo normal, Un segundo apenas, lo bastante para que varias gotas se dispersaran a unos milímetros de la mejilla y la silla se estremeciera, como si de repente se hubieran sentado dos adultos en ella y practicaran sexo.

El doctor se detuvo, sonrió y me preguntó si estaba bien. Yo no me había dado cuenta, esto más que como perder la conciencia es como saltar de un plano a otro en una secuencia de diálogos en una película, la alteración se asume y naturaliza hasta el extremo de que no es percibida como tal. Luego él siguió, sin más.

Un caso aislado, casi nunca me ocurre en situaciones cotidianas y, para mí, casi todas lo son. No soy especialmente propenso a los accidentes y no recuerdo haber tenido nunca una pelea desde los quince años.

Aunque practico deporte, a rachas. Incluso algo de boxeo y artes marciales, pero ahí nunca se me activó. Tiene que ver con la concentración y el estrés o qué se yo: el caso es que un puñetazo en un tatami te lo esperas, mejor dicho, lo espera tu cuerpo, tu piel, tus músculos. Con el ojo, no sé muy bien por qué, no funciona igual. Supongo que hay partes del cuerpo que no entran tan fácilmente en el juego.

De todas formas, da igual. Puedes parar el primer impacto en estasis, nunca el segundo. Cuando has vuelto, la botella, la patada, el cuchillo siguen ahí, esperándote. En la casa de mi abuelo hubo una escalera que mostraba el proceso: los primeros peldaños con el canto triturado, los siguientes intactos, aunque yo hacía un esfuerzo para imaginarme ver la oscuridad de los restos de lavar las manchas de sangre que dejó mi cuerpo cuando me caí con seis años.

Me destrocé la barbilla y una ceja, no me maté de milagro, dicen. Por eso, imagino, a mi familia nunca le importó descubrir lo que podía hacer. Aunque yo no lo hiciera en realidad: no puedo controlar el proceso. Preguntémonos qué ocurriría si me tirara desde un séptimo piso, si tal vez dejara un cráter importante en el pavimento y saliera ileso: evidentemente, nunca me he molestado en comprobarlo.

Insisto, mis padres jamás se lamentaron, ¿cómo iban a hacerlo? Hay personas con las que es muchísimo más difícil convivir.

Como esos críos que no duermen nunca, sin que jamás padezcan el menor síntoma de agotamiento, pero que durante una hora cada noche, entre las dos y las tres de la madrugada se quedan por completo inmóviles, de pie, mirando en silencio y con la boca entreabierta una pared, o el frigorífico o el rostro de su madre, eso ocurre, y es mucho peor que tener que turnarse para entretenerle y consolarle cuando empieza a entender que no podrá soñar ni huir como el resto de nosotros salvo durante esa extraña hora en la que su cerebro se acopla a no sabemos qué gran Batería Universal y vuelve a echar a andar.

Mis recuerdos de infancia son vagos, no hubo mucho destacado si en mis archivos no constan más que un puñado de nombres de niños y un montón de muñecos de acción con músculos hipertrofiados, imposibles para un supuesto bárbaro de otro planeta que luchan contra un ejército de invasores liderados por un tipo con cabeza como de calabaza partida por la mitad y un arnés en el pecho.

En rigor, todos llevaban arneses en el pecho, los malos con la silueta de un murciélago con cabeza también de calabaza partida y los héroes con algo parecido a una cruz gamada, ancha y achaparrada a juego de sus enormes pectorales de plástico. Les recuerdo escalando el inmenso mueble empotrado del cuarto de estar como un muro de cientos de metros de altura tras el cual la vista se perdía en un horizonte inconcebible…

Aunque nunca pasaban de la altura del televisor, uno de esos tochos de pantalla de tubo de ochenta centímetros, no como las proyecciones planas de hoy que pliegan y despliegan la longitud y altura en función de la necesidad del espacio… Apenas recuerdo lo que me explicaron en la facultad de las fibras tractoras y los superconductores, es un material que al que cada determinado tiempo le descubren una nueva utilidad, más sorprendente.

Creo que los muñecos con los que jugaba tenían un mecanismo en la cintura que les hacía girar rapidamente, como si soltaran un puñetazo. Años después, muchos años después, cuando se los regalé al hijo o sobrino de alguien, era lo único que permanecía intacto de las figuras de plástico agrietado, descolorido, goma un poco cuarteada la que conformaba su cabeza, la única blanda, y el arnés perdido para siempre.

No sentí especial nostalgia al desprenderme de ellos: su épica era yo, ellos meras herramientas en las que proyectar las aventuras que nunca viviría, etc, etc. Ahora tenía otras.

Les ponía nombre. Me divertía hacerlo, más adelante me divertiría contarlo.

Por ejemplo, el decapitado. Le conocí durante el visionado de una película pornográfica en el video de la casa de un amigo del colegio en último año de básica. O no exactamente amigo, sólo gente con la que compartíamos la distancia que con catorce años empieza a ser orgullosa frente a los demás chavales. Con el tiempo he aprendido a ser muy escrupulosos con la palabra amigo…

El caso es que fui al baño el último, pero aquello no salía. Me sentí incómodo, como si hubiera alguien aporreando la puerta. Los demás me iban a mirar con la cara de «sé lo que has hecho» que yo les había dedicado a ellos. Al final me subí los pantalones y salí de ahí con mi estrafalaria erección desinflándose. No volví a….

¿Cómo? ¿El decapitado, dices? Bueno, si tras tantas páginas he de explicarte de qué va el cuento es que esto tampoco lo vamos haciendo bien.

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