CAPÍTULO CUATRO: […]

«[…]en las que el hombre ha sido y, efectivamente, fue» te dices a la mañana siguiente, el pecho clavado contra el parapeto de este puente de doscientos años sobre el Manzanares y es todo el símil que puede ofrecerte esta falda de antiguos castillos a tu cabeza, tan difícil de defender por el lado de las recias aguas, a duras penas contenidas por el invierno que hace aquí las veces de un segundo Muro de Adriano erigido contra los pictos, a quienes llaman malamente añiles en aquella novelización de un blockbuster que rescaté de casa de Lauro sólo porque se desplomó matérica y oportunamente cuando éste iniciaba su carrera hacia la primera — última — sangre con un bamboleo de brazos que arrasó estentóreamente con una balda del la gran librería del pasillo y yo me fijé en los márgenes trufados de una caligrafía basada en las letras A’s almendradas y las S’s siamesas enredado con las erres en un sólo trazo largo como un cinturón y que viene a ser casi toda la pista con la que tendrás que apañarte hasta mi próxima llamada. Hay un ugh! garabateado como el bronce de una daga etrusca cuando a la princesa le abren los dedos descoyuntados de la diestra en un espasmo de tendones que agradecen su dolor — después de todo — y ella tiene los labios amoratados por la escarcha de las celdas de la que acaba de ser rescatada. La luz pliega el sopor ahí fuera, en los caminos desnudos de todo salvo de estos seis carromatos cubiertos de pieles y los quince jinetes aperitivos bajo el sopapo de una presa funcional y translúcida como la caspa que dejan caer los hongos adheridos a estos árboles cuya especie el autor ni se esfuerza en precisar y tienes que dar por sentado que son una forma perenne; ello más el breve dar atrás de quince pasos y oler a las jaurías famélicas y mutiladas de mastines cohabitando con lobos que acechan desde el párrafo de relleno a una audiencia lectora floja en las fechas pero que saluda condescendiente al humor del fuego que en este crepúsculo conmueve a pocos hombres ―rostros de escamas en los mosaicos turbios del turbio Camelot, hoy que la transhumancia de grandes ovejas canela es la única cifra que actúa en lo que queda de los pasadizos del hierro, ahora polvillo rojo entre las ronchas de esquisto: Dédalo y Tántalo replicando a su vergas ahítas de la escama que fugaz se intuye en lo fúnebre― y no puedo cambiar lo que ocurre», reza el anatema de los viejos sacerdotes de la Sangre Verde que esta noche asisten atónitos a la primera escaramuza de sigilosos músculos y espadas cortas envueltas por paño fino y miel, tal y como les recomendó un oráculo de Tracio para ganarse el favor de los Césares y que, con los años, acabó imponiéndose en una costumbre que termina por cebarse con celeridad de chispa de sílex sobre la garganta del barbudo de guardia, antes de extenderse sobre un pobre párrafo inocente que acaba aseteado por palabras como envite, reflejos o bravura hasta que al alba el combate queda bien determinado y los caballeros más/menos ilesos reemprenden la marcha sin entretenerse en darles sepultura a los cadáveres — en su negra totalidad ajenos — . «Aunque no lo sé, no estuve allí, ¿tú sí estuviste?» reza el rústico epitafio anotado al margen y que repites entre dientes como si quisieras ayudar a la tinta más que seca a conjurar el churretón siguiente, líneas abajo, encajonado entre las entre las espadas de la admiración que aclaman a «¡Parsifal!» a «¡Parsifal!». Y sí, es Parisfal ―¿qué duda cabe?― este muchacho, A.K.A. «el discípulo más joven» que en una escena de descarga cómica es arrojado al agua por una oca asilvestrada — enloquecida — y ay de ese arroyo cuya corriente viva hace imposible el hielo y del guerrero que se ve arrastrado unos metros por ella ―¡cuánto pesa el peto de bronce!― para que al final le salve una cuerda, pero gracias a esta torpe hazaña del más-preferido-de-todos — «¡no sé nadar, no sé nadar!»: ojo al clímax de los imperdibles alaridos pergeñados — , el autor se monta su propia y diminuta puya contra las wagnerianas encíclicas: «Pareces un pollo remojado, jo, jo. Jo», por si no hubiera quedado bastante claro. «Es verdad, chapoteando como una gallineja sin cabeza». Esto en el invierno de una época cuando estos episodios de francachela fluvial, tras un agilísimo rescate que nada resolvería de las ropas empapadas y además el cuero, echado a perder junto a la hoja de la espada mellada por los cantos del fondo, no debían de ser motivo de jolgorio más común que los Plesiosaurios. Piensas también tú en ahogados con menos fortuna, en los pulmones cuajados de flemas y rojeces como las que acompañaron al novísimo Laforgue en la peste de las cataplasmas ineficaces, ahora que te ayuda, evocadora, la simbólica masa de agua a tus pies, ahí bendecida por labios parduzcos y sajados de insomnio en el instante de lanzar tu escupitajo. Bostezas el tercer café de la mañana al sol oblicuo que apenas pica y sólo esconde trémulas cegueras para los hombres, no una verdadera situación de la vigilia en tu reloj que da noticia de las nueve y cuarto. Estás haciendo tiempo: los muchachotes salvarán un par de escaramuzas más que no serán dignas de notas manuscritas por parte de ella y llegarán en pleno acopio de sus fuerzas a la Muralla que antes del alba habrá que defender ―uno se pregunta por la estupidez de estos sajones que desembarcan en el lado erróneo del monumental escollo levantado por Adriano, si bien, de desarrollarse los acontecimientos en esa forma nunca hubiéramos tenido la hora y media de metraje ni las trescientas veinticinco páginas de adaptación que sostienen tus manos― y la princesa azul se escurre con sus dientes brillando de saliva junto al bulto del fornido Comandante, así que en la penumbra follan ―«¡follemos!» se envalentona ella a todas luces deslumbrada por el subjetivo encanto de la penetración, descrito en base a algoritmos sintácticos como «leve dolor al principio» o «posterior placer sin fin» pero nunca «separé los labios» o «lubricada», ni tan sólo un optimista «eyaculó» que pueda remediar esta nueva gran ocasión perdida para la Literatura―. No te sorprende que la chica rasque ahora las exclamaciones como surcos en el papel para tramitar la decepción que tú también compartes y por ello — piensas luego — es que aflojas un segundo tus manos, va un traspiés de los tendones de las falanges y «ello» cae, el libro digo, cae de su grosor mal encolado que le hará imposible el vuelo o tan sólo una minúscula elegancia en su periplo hasta el beso de la Dama hipotética y chabacana que bien podría vivir bajo el puente para perseguir la Broma. No te cuidas de posibles recriminaciones cívicas por arrojar basura al río. Ni yo me esperaba que lo hicieras: libre por completo de curiosidad hacia la suerte de los héroes en las últimas páginas, las últimas gotas, — haber aguantado al menos hasta la Batalla Final, cuando hay un rosario de deuteragonistas muertos, entre ellos aquel de quien se dijo «Su Valor Se Sube A Esta Carreta», ah, Lancelot, atravesado por la espada de un gigantón al que la película roba su nombre ―no se nos concede cogerle cariño a la carne de fotograma― pero que en el Texto al que acabas de renunciar recibe una grafía inextricable de umlautas y otras vocales en diéresis que ensartan palitos diagonales — como hacía Zeus con la virtud de las mozas griegas enclaustradas — para dar la idea de una plausible transcripción sajona y, sobre todo, subrayada en el cuerpo-a-cuerpo y el palabra-por-palabra acogedor de las hordas a la altura de los llamativamente toscos y megalíticos ―para ser romanos― sillares de este Fuerte y ahí, en lo alto, está la aguda devoción del Comandante en algo así como una perpetuidad pluscuamperfecta para arqueologías que a lapicerazo limpio den con nuestra frase en los papeles de calco aplicados con fervor sobre cualquiera de las piedras agrietadas en pos de una llaga antiquísima del metal — Ex Calce Liberatus — a despecho de la gravedad de la erosión sobre los restos de esta saga ―cuando todo en Britania es Agua― y tú les compadeces — tú según el rato — cuando te arrancas en la dirección al instituto que marcaba la primera página de este buen tordo involuntariamente suicidado y que nadie, francamente, te mandó leer.

ii

Nunca te ha gustado Lauro— te adveras mientras cruzas largos parques y gruesos soportales, nudos bloques como de arcilla horneada emulando a la caliza — y no hace falta, tú prosigues, que nadie te recuerde que nada sabías de él antes de tan sólo un par de días atrás y que es Miguel incidentalmente quien se ocupa de las Narraciones de Verdadero Interés: apenas te ha tocado jugar a ti hasta este ahora de los ojos sospechosamente hinchados por la falta de sueño ―«cuando el sueño es una enfermedad curable»: aprendimos que el Sobrino difundió esta buena nueva por las nubes terráqueas que llaman Ciudades en los peores prospectos de medicación posibles―; pero todo mejorará, el Sol vuelve a repartir sus lametones cálidos por las paredes y ángulos mucilaginosos que los reciben espatarrados en lo que podríamos considerar como una verdadera hipótesis de trabajo en la que también tuvieras que cargar con las tristonas indicaciones de Lauro, su todavía beige mugido de memoria enjaretada y roja que puse en tu manita hecha cuenco ―¡glubs!― y, por ejemplo, perecer en un segundo visionado de los edificios bajo la óptica determinista de alguno de los bodrios futuristas a los que se él ocupó de traducir anónimo por ganarse la vida ―apoteosis del Mensaje en la Botella― en los últimos noventas, así como también los extras comuneros del nuevo sabor para ediciones de bolsillo que nunca quisieron problemas con el reciclaje de derechos. ¿Matar es personal? Por supuesto. Muchachas con lascas de acné van saliéndote al paso y flemas doradas asomándose de carpetas de apuntes en la que tú adivinas pesadas estelas mesopotámicas de corazoncitos y dibujos calcáreos, firmas agraffiteadas y flechitas con forma de rayo sobre la escenografía de toros alados y hombres-pez que subsisten en la cartulina de los separadores alternos como preparándose para reemprender la Primera Guerra del Fuego: sus torsos cincelados y sus labios en la extrema posibilidad reclaman la Horda a la apócrifa paradoja de Lilith [en lo apócrifo está el Número de la mujer que copulaba con demonios ―hijos a su vez de un Dios tratando de recuperar el ritmo tras su Siesta-de-Siete-Días, pergeñando en el camino gravísimas incongruencias en el Libro, salvables sólo por estos voluntariosos displicentes internautas de la forosofía occidental― vestida con un espléndido bikini de cota de malla recortada de alguna de esas anacrónicas armerías que brindan la moda del década del mil trescientos algo al Mito, esperando con hierática paciencia a la puerta del Jardín a que salga su emisario, la Serpiente, perseguida por la parejita de monos pelados, sudorosos, placenteros tontos de los que a partir de ahora va atener que hacerse cargo] que son para ti estos disgustos de úteros tumultuosos constreñidos por cinturas de rímel y modelados en negro como pánfilas bastardas de John Cash— te ríes — , con sus botas de lodazal y western. Y ahora tocan las mochilas, sí, mas ¿qué decir de las mochilas que no se resuma en estas voces descascarilladas, latiguillos y narices grandiosas como una península abrasada por la furia de los poros erupcionando bajo el Sol ―el mismo Sol― que los despide cuando suena el timbre y los aún eficaces cuerpos se precipitan, como viene siendo habitual, por otro lado, hacia el edificante vórtice succionador que nos lega sólo un olor a bocadillo propietario ahora de toda la calle y el rubor inflado de los ejemplares más jóvenes ―dicha inflación y la subyacente deflación componen los átridos evolutivos que acucian la sombra― restregando un dardo de insolencia contra tus narices: ojalá tus armas los pasaran como la certeza transgrede un vocablo pertinente por abrir un gran boquete en el espacio, el tiempo y la docilidad. Tú hablas ahora de Magia, claro, pero como quien habla de Magia sin más anclas que su espectro circulando y viéndose forzado a sortear una corriente de bultos achepados por mochilas que renuncian a tirar de esos carritos que arrastran los niños de primaria como a cachorritos rebeldes, conscientes de que antes del final del día ―los perritos, digo― morirán al precipitarse del alféizar de un segundo piso celebrando el fin de la clase, pero sin frenar el peregrino ni un momento el paso — pues todo comienzo obliga a su final — . Me dirás que nunca hallamos una foto de la chica, que ni tan sólo puedes contar con el favor del nombre… Yo responderé ―como ya hice tantas otras veces― que tú eres mi olfato, lo que es decir, esta ballesta, certidumbre o danza nasorrítmica ―elige entre los tres cuál te convence―, de semejante forma en que Miguel son mis dardos y mis algoritmos y ha trazado el mapa exacto que, sin embargo, no puede permitirse trazar sobre el terreno en pleno horario de su oficina. Tomatelo como el juego de unir los puntos en los libros infantiles: cráteres horizontales en la pantalla del portátil de nuestro dotado compañero quien, como hacker telefílmico de los noventa ―esos que tanto sopor despertaban a Lena― o el viejo oriental en las trilogías iniciáticas de los ochenta ―toda una generación despellejándonos los morros por perder el equilibrio sobre los bolardos a la puerta de los bares― resuelve la papeleta para ti, marca la agenda de tu desconcierto cuando atracas en la tercera puerta lateral del cuarto instituto que visitas en la mañana y eres interceptado por el grosor willendorfniano de una conserje a la que muestras la foto de carné de Lauro ―convenientemente ampliada― presentándole una saturada solución de hechos que decantará con toda predectibilidad en la probeta de los noticiarios matinales, y aunque la respuesta es «no», nunca estará de más que le sonrías mientras un rápido pase de dedos araña la imagen de Nuestro-Hombre-en-el-Buche hasta dejar en su lugar el cuidado zamak de tu placa de policía marcada por un número de identificación que jamás comprueban — la nalgona humanidad esta que tienes delante mucho menos — , así que agradeces a su gelidez que te permita preguntar a un par de chavales ―belfos descolgándose a lo flácido como si les hubiera puesto en prosa el mismísimo lector davídico y calzones que evocan remotos epítetos de Autoridad bajo los pantacas roídos― y obedeces sus subsiguientes indicaciones hacia la calle y te das cuenta de que aquí no has obtenido nada que te sirva todavía. ¡No te abandones! ¡Tú confía en mí! Mi amigo: deberás acelerar el paso hasta llegar al siguiente y al siguiente y al siguiente antes de la hora de definitiva clausura de las clases diarias para terminar así el Pentágono entramado sobre el mapa que hemos extirpado al Pobre Lauro, su-red-derumores-derubores-dehumores-defactores sospechados unos sobre otros que os invitará a la certera revelación de Ella, como quien pescara un Pez.

iii

Vas a volver sobre tus pasos antes de que la paciencia y la buena fe de la jefa de estudios se resquebrajen justo cuando está a punto de subirse a su utilitario y termine por espetarte ―¡por favor!― que esas cosas se hacen por teléfono, quedándote tú con las ganas de explicarle lo que ocurre en realidad con los teléfonos y a quien solemos encontrar al otro lado ―aquí Sobrino de nuevo juraría el haber visto a Edison y Bell, aún borrachos de linimento y tedio tras una de esas veladas de sodomía pugilística que la Historia gusta tanto de negarnos, jugándose a longitud y cantidad de esperma proyectada las inverosímiles patentes con las que soñaban enchufarle una línea 902 al Bardo―; y digo de volver porque tu entrada al centro se puede calificar de todo menos de apropiada, identificándola a toda velocidad gracias a un conserje apabullado por cerrar el chiringuito e irnos todos a comer y tú emplazando a su jerarquez de apenas ciento veinte libras para rebasarla y plantarte con tu fiel insignia justo en la cuadrícula de la vasta topografía de una clase de problemas que ella, fijo, se había anticipado con rubor culpable para lo que iba a ser su vida del responsable al frente de este instituto. En esto consiste la jugada de Detective, tal y como se te ha convenido: tú le presentas acontecimientos que, seguramente, podrá ver en la televisión en cuanto llegue a casa ―así presupongamos el homicidio marital, complicado con evidencias del allanamiento― ahorrándole las imágenes de archivo o el espejo de la pertinencia en modo de escabrosidad y aportando, por contra, las hipótesis que maneja el Departamento ―«somos rápidos como en las pelis, señorita»― para que hacerla que asienta atónita las líneas maestras de la investigación, ella que tan impertérrita quedaba hasta que tú le hiciste la pequeña confidencia que querías ver sufragada por un pequeño favor y llegamos justo a donde estábamos ahora. Nos movemos, pues, en un microverso de órdenes judiciales y gente que quiere ayudar constantemente anteponiendo un «se nos va a caer el pelo». Tú esgrimes la foto de Lauro, la misma que ella creyó reconocer apenas hace unos minutos. «Escúchame: no puedo dejar que se nos escape», sueltas con una inflexión de voz y gesto mínima como las de un patricio colonial en un Technicolor® abstruso por el peso de a la atronadora flojez para la réplica que impelen situaciones semejantes y quedáis para dentro de hora y media en la puerta lateral del instituto. Te dará tiempo a comer algo, celebras, de reposar masajeándote los párpados hastiados por el rito y la retahíla de instrucciones que Miguel te metió en el bolsillo en un pequeño fajo de papel reciclado ―óptimo para la impresora y convenientemente acotado― y que, tras un último repaso, pasarás a relatar aproximadamente así: «En una era en la que el píxel ha prosperado hasta identificarse casi casi con el noúmeno en beligerante oxímoron post-post nos vemos invitados a deshechar por palurdas y esotéricas las básicas nociones de la transmisión electrónica de la información que queda registrada como (a)materia pura o (a)unidad básica social en las cámaras digitales y los monitores de 20 pulgadas de los geeks, palabra cuya literal traducción al castellano ―gecos― hace explícita porque se pega en sigiloso ataque patrocinado por las fuerzas de Van der Waals a las baldosas de retretes caros que simbolizan a los Grandes Conciliábulos del Poder y la rala profundidad y más allá ―no más adentró― del minúsculo hematoma de la Marca que hoy más veneramos; pero no sustenta lo de las líneas de código que, aun siendo también una violencia subcutánea, es la que atrapa con el rigor de sus propios renglones de costumbre lo primario del embalaje que llamamos interfaz y esconde — señorita — lo que sabían bien los Militares ―aquí va una pronunciada avocación gestual para conceptuar la mayúscula de los rangos― que crearon los sufijos .net e invirtieron millones en ellos para rentabilizar los contratos de Defensa con proveedores fantasma de sistemas de navegación ―esta fue la auténtica Guerra de las Galaxias (añoremos que las elucubraciones acerca de la Iniciativa de Defensa Estratégica propugnada por el presidente estadounidense Ronald Reagan en los primeros 80's y el destino de su vertiginosa dotación presupuestaria acompañaron nuestra infancia y pubertad con dobles páginas en El País o el Abc y piezas en el telediario reproduciendo lo que serían las primeras infografías de satélites y órbitas que nunca habríamos visto con nuestros propios ojos en la vida, nosotros ya no meros Hijos del Cohete, personajes del primer guiñol de propulsiones, sino algo mucho más, cómo decirlo, geoestacionario), pero los rusos nunca pudieron saberlo porque no tenían cómo, y malgastaron su utopía en fuselajes que, finalmente, les arruinaron― para crear un presunto espacio común una Red Falsa que en realidad era el nódulo primario de una Telaraña que daría su soporte a todas las democracias liberales como un sistema vicario de retransmisión y a la vez una ramplona base de operaciones virtuales por las que regirse según la Oficial Ortodoxia del Falocrátor ―y tu interlocutor entonces te dirá: “¿Qué tendrán que ver el ciberterrorismo y el porno?” y tú rezongarás, molesto por la interrupción―: “Conoce a tu enemigo y la mejor forma es hacerlo sumergiéndote en la variedad de jugos que le amarran cuando es libre y se traiciona” ―pues la libertad es una variedad de cárcel’ cual la apoteosis de una ópera temprana de Phil Glass― pues que Porno es el azote y el consuelo para los eficacísimos agentes que condenan su escorzo de parafina y satiriasis analizando-recatalogando-inmiscuyéndose en definitiva en todo este tostón”». Y, por supuesto, la prolijidad de nuestro común amigo te vence en justo el punto antes de que recitarla haga saltar por los aires la ve-ro-si-mi-li-tud que separa el Punto hacia el que nos encaminamos de tu obligación de convencer a la jefa de estudios de que no estás tomándola del pelo y haciéndola pensar que nada el tinglado tiene olor a chamusquina, por lo que se ve mejor optar por un repliegue estratégico en el que te apoyo, cómo no, faltaría más: no hables de los monolitos de bisutería y bips intermitentes que Miguel jura hasta dar asco haber visto bajo las catacumbas del Congreso de los Diputados ―convengamos en que el qué hacía él allí es algo que no debiéramos preguntarnos en aras del Bien Común― o de los féretros translúcidos que ocupan el piso terminal de la Torre Agbar y que se encienden por la noche en un colérico picotazo porque sus inquilinos, reponedores de la Última Generación, revisaban toda la información recopilada a lo largo del día por cada una de las 560.000 cámaras de video de la Ciudad Condal y no existe mejor hora… No lo hagas. No hará falta. Ella se ha inclinado ya sobre tu espalda para asistir el tecleo, rubia víctima de la inercia de la curiosidad, aunque le sugieras que se quede en la puerta, presta por si al bedel de la tarde se le ocurre hacer acto de presencia para aportaros una sorprendida cháchara acerca de las cascadas carcasas de las UCP que ahora, vertiginosamente, chisporrotean una acústica de enlaces atómicos de silicio al límite, en lugar de atenerse el buen bedel a su trabajo a la persecución de hipotéticos adolescentes que se hayan colado en el centro para robar o para magrearse en las aulas vacías, hábito que es otro ejemplo de la jaculación morbosa que ha sido observada en hasta el mismísimo Edén de los bonobos ―poniendo su culos hemorroídicos a disposición del hambriento coqueteo de torvas panteras melanómicas― y que por tanto no debería descartarse ahora. Pero no. Ella no se retira y no te deja más remedio que justificarle cada fluctuación de texto en un tachón azul que salta de línea a columna en fracciones rítmicas que parecen «sacadas de una ópera temprana de Philip Glass» para saltar y pellizcar a embates ansiosos ―presumiblemente odian a los adolescentes mencionados― de chupeteo y requetechupeteo contra el seno y el coseno que el algoritmo que contiene el USB que te entregó Miguel no tarda en retratar. «¿Cómo es la vida de un profesor de secundaria?», preguntas mitad por interés mitad por genuino aburrimiento de haber agotado el tema de los pantallazos — ahora helicoidales — con el subterfugio de la remisión al Secreto Policial. La conversación deriva y no hay nada en realidad que no me evoque lo poco que por mi parte puedo precisar de esas estepas: fichas de las mismas chicas que ahora nos resultan maniquíes desarbolados, el hedor pictórico de los ciclomotores y los cascos salvamultas de ciclista que usan los chavales — el anhelo horizontal de ver a alguno de esos peloceniceros con afiladas cejas negras desparramar las sanguinolentas colillas grises de sus sesos por el inconmovible tribunal del asfalto — … Dices. «Nunca son tan malos como quieren serse», te replica ella riendo cuando le esgrimes una historia perfectamente plausible de redadas en las discotecas light por órdenes mediáticas de la ominipotente Delegación del Gobierno. Ahora vas. La miras a unos ojos a los que se extiende lo rosado de su sonrisa de chihuahua albino y calvo, pero tú no la entiendes. La tarde se filtra por las persianas entornadas con sus coágulos de luz y me supongo que no es ya necesario que reseñe cada uno de los tres o cuatro incisos de este tipo que se dan hasta que, transcurrido lenta y mansamente un tiempo virtual que por una vez coincide con el nuestro, emerge un rostro, emerge en la bucólica pradera del píxel, en la greguería a la que el programa avatar de Miguel ha reducido el archivo de estudiantes para escarbar lo profundo suficiente ―y agrego con voz viril y gutural a un tiempo, lo que exactamente es vocalizar una explosión de napalm sobreañadida a un derrumbe kárstico: «no saben que los daños al Sistema serán tan irreparables como nos resulte necesario para borrar cualquier huella»― y emerge ―repetido el enunciado como un ejercicio de nula lealtad― ese rostro, una tenue cualidad del aire que diside y sospechas, más que deduces, tú de quién se trata por el clásico método — algo cnótico, por qué negarlo — del respingo en el pecho. Aunque lo que desearías es que este mismo pecho en otras ocasiones te permitiera desearla de verdad, todo lo posible que tú puedas desear. He aquí los ojos verdes como el horizonte, un cabello claro y apelmazado en sorprendidos mechones castaños, su pecosidad precipitada sobre el doble granulado de la foto de carné escaneada y, de estar yo ahí yo mismo, esto pasaría y, sí, debiera ser, debiera bastar: no te lo voy a discutir.