Del ángel

Esto sucedió así:

  • El ojo izquierdo de Pablo Ordóñez Lardo empezó a disolverse en el blanco de la pantalla del ordenador en la tarde del sábado 15 de abril, a las 17.34 hora local. El afectado chasqueó la lengua y se retiró las gafas nariz abajo para poder frotarse párpados y entrecejo con la pinza que formaban el pulgar y el índice; poco le aliviaría el masaje, pero ahora mismo, ante los síntomas más que reconocibles, con un tercio de su visión convertido en chiribitas, fue el único gesto que le salió. Por supuesto, consideró la posibilidad de tomarse algún analgésico. ¿Sí? ¿No? Venció la voz de la experiencia: eres muy libre de terminar de joderte el estómago, tú verás… Bien. Nada. Guardó el archivo de texto sobre el que estaba trabajando, apagó el monitor ―que la conexión siguiera en marcha para las descargas― y se dispuso a acostarse de nuevo en la cama todavía deshecha. Como bajó las persianas, diremos que la penumbra daba inicio a una cuenta atrás.
  • Cuando veintisiete minutos más tarde, esto es, a las 1801 hora local, sonó el timbre de la puerta con un rotundo arpegio en xilófono, la migraña no había llegado a eclosionar aún y Pablo descubrió que había recuperado la visión en ambos ojos. Sin embargo el tacto de una cálida zarpa en su sien iba tomando substancia, a modo de contrapunto. En cualquier caso se incorporó para encaminarse a la puerta, arrastrando un poco los pies con un andoneo casi propio de palmípedo. Antes de tener tiempo siquiera de asomarse a la mirilla, un repiqueteo nervioso de uñas lacadas y una voz levemente ansiosa pronunciando su nombre atravesaron la tabla. Pablo sintió un latigazo a la altura de la sien. Descorrió el pestillo, lanzó un vistazo urgente por encima de su hombro. Tenía que haber ventilado algo al llegar por la mañana, ahora sólo podía confiar en el ambientador para matar el olor a cerrado. El salón al menos estaba medio presentable, sin ropa tirada ni bolsas de comida instantánea por ahí desperdigadas. Venga.
  • Maite Gorospe Testa: sempiterna vecina del quinto había dejado escrito Pablo alguna vez en su diario, a pesar de que los dos vivían puerta con puerta en un tercero sin ascensor. Morena y menuda, su carilla cumplía con la más que evidente función de enmarcar una sonrisa implacable y unos enormes ojos castaños a juego, según estipulaba el canon del mes del… del eso, del puñetero despacho de estilistas donde trabajaba. Se había vuelto a cortar el pelo, lo que venía a significar que Twiggy regresaba desde la ultratumba de los 60’s y… Uf. No, nada de esto que se veía pensando le pillaba verdaderamente de sorpresa a Pablo; menos mal que se conocía bien, así se veía perfectamente cualificado para frenar estos arranques de mala leche. Forzó a su macheteada materia gris a lanzarse a racionalizar la cosa, esto es: lo inoportuno de la visita ―“más después de alguna llamada que ella no me devolvió la pasada semana”― tomó aire y saludó con un “hey” apagado, no hostil, sin que Maite, a buen seguro, hubiera podido detectarle nada raro al tono particular. Ni medio momento en total para toda la operación. Un récord, ya ves.
  • “¿Puedo pasar? Tengo que enseñarte una cosa.” La voz de Maite reverberaba contra el estucado del pasillo y los tímpanos cotillas tras las otras puertas, o eso le dio a él por pensar. Una burbuja de gas estalló de manera suave a la altura de su esófago. Pero aún se las pudo apañar con el eructo en pugna al hacerle un hueco al cuerpecillo entrante de la mujer. Reparó en la caja de zapatos que sostenía entre sus manos de muñequita. El quid. Cartulina blanca, sin marca, superviviente a varios usos improvisados y ahora taladrada con precipitación de agujeros que parecían practicados por tijeras de manicura. La mente de Pablo, avanzando sin zozobra hacia el colapso, mientras adquiría de golpe los atributos de la de un forense de serie de televisión. “¿Qué tal el viaje?” preguntó Maite, con un tono tan repentinamente jovial que a la legua se veía que acababa de acordarse. En fin, que lo del ibuprofeno no sonaba tan inútil como hacía un rato.
  • De vuelta de la cocina, Pablo pegó un largo sorbo de agua que dejó el vaso a la mitad menos un cuarto. Para ella, un bote de cola, no supo improvisar nada mejor. ¿El viaje? Sí, la explicación a todo. Puto trasiego de aquí para allá, el tour de diez días ultracondensado en cuatro, el “esperamos que sus lectores sepan valorar nuestra oferta”, el “qué se creían”, el jet lag o lo que sea, la diferencia horaria. Las empalmadas. Un soga embadurnada de brea y vidrios rotos le cruzó con cariñosa crueldad la nunca. Y Maite, con las rodillas muy juntas, la lycra de sus medias ― ¿pero quién ha vuelto a poner de moda el color carne?― esperando una señal mínima para abrir esa caja. La de cartón, evidenemente. Sólo por pensar en Pandora, Pablo se ganó que un punzón helado le atravesara la coronilla de parte a parte. No, no iba a echarla. Aguanta. “Llegué a las ocho de la mañana”. Sonó en un tono tan seco que ella pareció incluso cortada unos instantes. Ah, no. Era un suspiro. “No, no me has despertado, descuida.”
  • Maite tenía manos de elfo. Pablo añadió la imagen a su repertorio el mismo día que el surco lechoso en el anular de su siniestra atrapó su mirada tratando de huir de la gravedad de su escote. Según lo que ella le confesó en una ocasión, tardó tanto en quitarse el anillo porque era idiota. Su marido había desaparecido tras una epopéyica bronca, sin dar más que vagas explicaciones acerca una monitora del gimnasio en que trabajaba. Pablo no llegó a conocerle siquiera. “Además, con el tiempo la marca se ha ido difuminando, ya ni se ve”, añadió Maite. Él había interpretado aquello casi como una invitación. Estaba metiendo la pata tal vez, después de todo, se decía a sí mismo de vez en cuando. Demasiado bien sabía que la paciencia no era su fuerte. “Quietecito hoy, que tampoco tienes el cuerpo para historias” ladró de repente un arañazo de ―esta sí― la bomba famélica que estaba restregándose contra sus sesos. Aunque ahora sólo pudiera clavar los ojos de los labios de Maite, sin el menor interés en lo que estuvieran diciendo.
  • “Lo encontró Jairo, no me dijo dónde”. Algo entro de su cráneo lanzó una carcajada que casi le hizo poner los ojos en blanco nada más oír el nombre. No porque tuviera nada contra Jairo Santisa Gorospe, pobre crío: estaría a esas horas soportando otra de esas maratonianas sesiones de cine de terapia filial que le encasquetaba su padre dos o tres sábados de cada mes, con suerte. No, más bien era que sacarlo a colación justo en este precioso instante obligaba al torturado Pablo a hace frente un salto de eje, por decirlo así, en el rumbo de la conversación. O a ejercer la metáfora de un violento derrape del coche de los gángsteres en una persecución grandiosa por el Chicago de los años treinta, si los lectores lo prefieren. No tenía más remedio que concentrarse en la caja. Eso o morir estallándose la cabeza contra la mesita del café y las revistas de decoración regalo de su madre. En esas circunstancias volvía la memoria del útero, como era comprensible. Ay. Justo entonces, Maite levantó la tapa.
  • Pablo sintió la furia del percutor de un enorme revolver haciéndole astillas el casquillo del cráneo. Sus neuronas eran los proyectiles al asomarse para escudriñar el interior del pequeño habitáculo ―sólo con pensarla, la palabra dolía― de cartón. Un lengüetazo de náuseas le subió por el paladar. Primero se preguntó qué tenía de especial ese hámster, tan renegrido y tembloroso como cualquiera, acurrucado contra una esquina, rodeado de restos de lechuga amarillenta y una especie de botoncitos negros brillantes que sólo podían ser cucarachas a medio mordisquear. Jairo sabía cómo tratar a sus huéspedes. “Los hámsteres comen pipas”, le recordó el chirrido de un tornillo de hierro justo detrás de su frente. “Y ya que estamos, suelen tener pelo.” Unas vértebras afiladas y diminutas señalaban la posición de la espalda en aquel bicho, la piel era oscura como un carbón para barbacoas. “¿Murciélago?” susurró entonces una voz pastosa, bochornosa, que resultó ser la suya. Un sudor denso como un escupitajo le caía por la frente y el cuello.
  • Una de las manos mencionadas anteriormente entró en el campo de visión de Pablo, sobresaltándole a él y envolviendo el minúsculo cuerpo con la delicadeza de una dama de hierro. Las uñas pintadas de color topacio eran otro detalle que identificaba sin lugar a dudas a Maite. “Le pregunté a Jairo de dónde lo había sacado. Me dijo que del callejón del descampado de enfrente, que estaba bebiendo en una charquita.” Se inclinó y dejó la caja en la mesita. Al hacerlo le rozó la barbilla con el hombro, y Pablo se dio cuenta de que estaba prácticamente echado encima de ella. Se enderezó lo que pudo, su bulbo raquídeo acababa de metamorfosearse en un doberman rabioso tratando de destrozare desde dentro y a dentelladas el resto del tronco encefálico. Que, ya que estamos, debió de ser algo no muy diferente a lo que le había sucedido a eso. Dios. “En serio, no tengo ni idea de lo que es”. Maite lo tenía sujeto de una manera poco cariñosa, tirándo de su cuerpo como de las puntas de una servilleta para desplegar sus formas. Pero no protestaba. O por lo menos Pablo no se atrevería a asegurarlo, ya que al esperpento le faltaba la cabeza.
  • Horas después, pergeñaría la siguiente descripción: “Las alas eran dos membranas de piel, la misma piel que parecía que alguien se hubiera entretenido en coserle directamente al esqueleto, sin molestarse siquiera en tomar la talla, pero las demás extremidades quedaban dispuestas como las de un bípedo ―no se atrevió a escribir ‘hombre’― más que como las de un quiróptero. Tal vez los brazos emergían algo más debajo de dónde debían ubicarse los hombros, si hubiera contado con cráneo, mandíbula, cuello y todo el resto del aparato. Me da repelús sólo escribirlo, porque la cosa es que el muy cabroncete estaba vivo, se agitaba y hacía como que señalaba y abría y cerraba los puños. Puños de cinco dedos cada uno.” Sería una anotación rápida, en la Moleskine® mientras terminaba de calentarse en la cocina su tercer café de la madrugada. El brazo de apoyo se le bamboleaba por la perezosa velocidad de los trazos, complicando la caligrafía ya de por sí retorcida de Pablo, pero el total de las palabras seguía resultando igual de absurdo. Cómo no.
  • Jairo lo había tenido escondido bajo la cama por lo menos dos días. Hasta que Maite empezó a sospechar de tanto nervio y tanta urgencia por entrar en su habitación. Por cómo lo contaba, podía deducirse que se había esperado algo peor. Diferente. Bueno, su alivio era más que obvio: hablaba como si tal cosa mientras sostenía a la criatura. “No te preocupes, no hace nada”. Con unas alas tan grandes y tanta piel de sobra, repetimos, era como si estuviera mostrando un mantel que acabara de comprarse en el colmado de la esquina. Definitivamente, ninguno de los dos, mujer, engendro, parecía incómodo por la situación y Pablo se sorprendió odiándoles por igual a ambos cuando un afilado misil de hielo le cruzó del parietal hasta el cogote. Decidió corregirse: Más que un mantel, la similitud era una bayeta con un Madelman® roto y pintado de negro enganchado con velcro en ella. Ja. Entonces, la aguja que le estaba atropellando los sesos frenó un instante, para darle ocasión de recapacitar. Sobre los insectos a medio masticar de la caja… “Un momento… ¿por dónde come?”
  • El mordisco le dolió menos que la sorpresa. Había acercado, se ve que más de la cuenta, el dedo hacía lo que Maite le aseguraba que era la cara, justo a la altura de lo que vosotros consideraríais el pecho. Pablo escrutó con todo la atención que la Minipimer® de dentro de su cráneo le permitía. Incluso supo ver esos dos minúsculos discos de un color pardo muy oscuro, casi cuero encallecido. Como botones, u ojos, o como cualquier otra cosa igual inconcebible dentro de un todo a 200 millas mar adentro en las aguas del Surrealismo. Argh. Las metáforas chirriaban igual que un músculo desgastado. “Y eso es la boca”, reiteró Maite. Pablo se percató de que la criatura era perfectamente funcional, por así decirlo, que todo encajaba en ella: un homúnculo sin cráneo y cuyas alas doblaban el tamaño de su cuerpo y tenían más pinta de trapo viejo que de forma de locomoción, aunque se sacudían en leves temblores. ¿Podrían sostenerle en el aire? Dolor. Inciso. Tanta curiosidad kamikaze no hacía si no complicarlo todo, pensó de repente él… Pero lo último que podía esperar era aquel súbito movimiento, el cuerpo doblándose hacia atrás y a la vez sobre sí mismo como en un espasmo, mientras Maite ponía cara de estupefacción. Aunque ni por esas le soltaba. Pablo no llegó a ver que hubiera ningún tipo de dientes…
  • … pero una supernova se le comió el cerebro, un Big Bang proyectando en todas direcciones una lluvia de trillones de más y más alfileres del tamaño de autobuses y todo era blanco e hijo de puta; imaginároslo y a pesar de todo no podréis saber nunca exactamente qué pasó, porque a partir de cierto momento Pablo dejó de estar allí. Él asegura que recuerda que gritó, eso sí, que el sonido brotó como una masa magmática abrasándolo todo a su paso. Garganta, lengua, ojos; pero no puede confiar en su memoria y sólo lo da por hecho porque casa, más o menos, con lo que Maite le contó cuando volvió en sí y se descubrió tendido todo lo largo en el suelo, ella acuclillada a su lado, pasándole un paño húmedo por la frente. La migraña… la migraña… Por primera vez en estas páginas el empleo de los puntos suspensivos es aquí más que apropiado, porque el hecho es que la migraña, sencillamente, tampoco estaba. Aunque al segundo siguiente, en cuanto enfocó la mirada en Maite, la cara recién lavada, sin una partícula de maquillaje, el peinado reducido a una brevísima coleta, y en su vestido, en el grosero color que le había invadido el vestido y que le retrotraía certeramente a la acidez en su garganta, lo único que quiso hacer Pablo fue morirse.
  • Por lo visto, regado de vomito y todo, el ser trató de volar, mientras Pablo caía como un fardo de avellanas al suelo y Maite se veía también vencida por las náuseas. Habría que abreviar en consecuencia, ya que él no cuenta con una descripción propia del vuelo, nos quedamos lo que dijo ella. Es decir: borrón y borrón, una mancha instantánea aquí y ahora allá, un zigzagueo furioso, en directa a la ventana. No sonó un golpe, más bien un restregón como el del roce de los cepillos esos que usan los limpiacristales. Pablo no sabe el nombre exacto del sonido ni del utensilio. Entonces, una vaharada de algo parecido al hollín se dispersó por toda la habitación, la criatura cayó al suelo desde una altura que no llegaba al metro y medio, se sacudió como electrificada y, luego, fin. Al oír lo del polvillo negro, Pablo instantáneamente pensó en mariposas.
  • Le echó un par de fotos antes de que Maite se lo llevara. Resultaba que tenía al amigo de un amigo, o algo así, que era veterinario. A Pablo le pareció buena idea, mucho mejor que haber venido a enseñárselo él primero. Ella, más que triste, parecía desilusionada. “Jairo va a llevarse un disgusto enorme”. “Jairo”, leyó entre líneas Pablo, “va a odiarme toda la vida como se entere de lo que ha pasado”. Antes de salir por la puerta, con la caja transmutada en féretro, le posó su manita en el hombro. El tacto, aun tan arrinconado por las circunstancias, venía a significar alguna cosa. Fijo. “Luego te llamo para ver qué tal andas”. Cualquier otra frase no hubiera sido apropiada. Maite tenía que volver a casa, ducharse, tirar ese vestido, consolar al chaval… A todo esto, ¿estaría en casa el chaval? La luz amordazada del crepúsculo iba tomando posiciones en salón. Pablo se encerró en el cuarto de baño, todavía con el regusto a gases gástricos en la boca y el aroma de Maite enredado entre los pliegues de su sudadera.
  • Maite volvió a llamarle, sí. Pablo no se veía con el valor de invitarla a pasarse, se limitó a escuchar con atención a través del cálido auricular del móvil. El lo–que–fuera de su amigo se había horrorizado del aspecto de la criatura. Acabó tratando de convencerles de que en realidad era el cadáver de un pobre petauro. “Un marsupial parecido a una ardilla voladora”, recitó Pablo sin venir a cuento. Maite ya lo sabía. Después había tenido que rendirse a la evidencia de que no, aquello no eran los restos medio embalsamados del festín sádico de algún gato. Seguramente metería las pinzas aquí y allá, mediría la temperatura, enseñaría el bisturí… La cuestión era que se había quedado con el cuerpo. Ese mismo lunes lo mandaría a la Universidad, la bola empezaba a rodar, el alud, etcétera. Pablo pidió el teléfono del tipo, le pensaba llamar a primera hora. “Pero tú tienes la exclusiva”, saltó Maite antes de colgar. Pues vaya. Estupendo. Lo que Pablo tenía ahora mismo era un enorme archivo de Word® en el que discreto encanto de los tachones del papel físico se veía sustituido por el resultado de quince búsquedas en Google® perfectamente prescindibles. Y eran las 23.52 hora local.
  • Memorizó las fotos, la tonalidad, los ejes de la imagen, las amplió hasta que la pixelación las hacía ilegibles. Trató de ponerse en lugar del otro. ¿Te explico lo que tienes que ver? Si todo iba bien y pactaba el artículo con el veterinario, lo mejor sería dejarlo reposar, claro ¿Cómo iba a decir que no? Se miró por enésima vez el dedo en que el ser le había mordido: ni una marca, ni una mínima rojez. Cero molestias. Se volvió a acordar de los insectos de la caja. ¿Qué les habría hecho? Los murciélagos transmiten la rabia. A él le había matado el dolor de cabeza, pero Dios… ¡la rabia! Acercó la mano a la bombilla del flexo para mayor certeza. Nada. Tranquilo. Volvió al diario. Pasaría a limpio las notas, así que actualizó la fecha. La tecleó: “Ya es.” Punto. 10 minutos de reloj. Se preguntó entre dientes, en un evidente aspaviento, qué coños iba a poner ahí. Resbaló los ojos por las líneas que acababa de escribir. Insectos devorados, sí. Ojalá un Pepito Cucaracha en el hombro para soplarle las respuestas, una teoría, lo que podía colar y lo que resultaría un completo disparate.

Lástima. Sólo contestó el tintineo cursor del procesador de textos para decirle cómo comenzar.

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