La tijera manca

Los ladridos variados que acumulan los azulejos blancos del corredor opacados por un Edding® que se ha dejado toda su carga en el intento y ahora encuentro arrinconado bajo el primer peldaño de la escalinata que conduce al nivel superior del Metro, por el que transcurre la otra línea en transversal a la larga ruta que acabé de hacer para que me vomitaras todos tus significados, hasta el último, por lo que entiendo que estamos hablando ahora de una fuga y tu cólera será tremenda cuando te despiertes.

Si es que te despiertas y te da tiempo a encomendar una labor de tiroteo a tus secuaces que hasta hace apenas dos semanas eran míos antes de que llegue a casa, mejor dicho, al piso interior con casi todas las habitaciones sin ventanas que tanto me deprimía tener que pagar hasta hace apenas dos semanas.

Me agacho a recoger el grueso rotulador por respeto y uno de los vigilantes de seguridad me mira reprobatorio y aburrido, consciente de la escasa autoridad de la iniciativa privada en esta década de chinchetas que han dado de sí el espacio que las comprimía contra el cocho y ahora se deslizan y dejan caer los avisos y carteles, normas, que debían sostener; ya se lo digo si hace falta, pero no la hace y me meto el Edding® aparentemente inservible en el bolsillo en el que llevo otras cosas también agotadas, se supone, como se podría decir de tus dos palas dentales de arriba.

Las llevo en un pequeño frasco de plástico de los que se usaban para el revelado de carretes fotográficos, no ha sido tan difícil la extracción, sabiendo justo donde golpear para matar el anclaje de la raíz y el nervio, me sorprende tanto que una vez necesitara secuaces para eso.

Te los cedo todos, amablemente, sin rencores: aun en el supuesto de que me den alcance soy capaz de anticiparme al ángulo de la desviación del primer tiro, el segundo, el cuarto y así hasta ponerme a la distancia justa para golpear en la carótida de ambos con celeridad de carnicero, en lo cual me va a venir de puta madre el Edding® seco.

En el caso de que me quiera lucir: si no fuera así, estoy a tiempo todavía de sacar el móvil y llamar a una ambulancia para relatarles pormenorizadamente qué te he hecho pero con la suficiente imprecisión en las señas como para que cuando entren por la calle se despisten y colisionen con el celular que la Policía Nacional habrá desplegado igual de alertados, con lo cual tus secuaces no podrán sacar el coche y tendrán que lanzarse a la boca del Metro más cercano donde el pequeño trozo de papel de kleenex con virutas de hierro que introduje con el billete ya habrá hecho su efecto dentro de los engranajes y los averiados torniquetes ya darán cuenta de ellos cuando intenten saltarlos con sus moles corporales de hartelofílicos que ignoran por completo la existencia del tren inferior del cuerpo.

Todo porque no has creído conveniente — y, en términos generales, haces bien — revelarles ni la mínima noción del motivo último por el que Kowalski quiso presentárnoslos y que dispusiéramos de sus servicios, para la mayor tranquilidad de todos.

Kowalski es gallego, pero se llamaba Kowalski, en serio, según su moderada ficha judicial que ya preveía el obvio desenlace tras sobrepasar el límite de delaciones comprensibles y que fue lo que me incitó a contactar con él en una llamada telefónica larga y de madrugada, pese a que por entonces, hace apenas dos semanas, aún no había aprendido a decodificar el porvenir.

He de precisarte para tu sorpresa que yo diferencio entre venido, venidero y porvenir y sangro de distinta forma las distintas ráfagas de información: largo, glauco el primer tipo, cálida y venosa la hemorragia en el segundo y fría como el helio que revela el Sol en el tercero y último, el que debe preocuparte cuando te preguntas de qué mierdas estoy hablando y miras por encima del hombro como si leyeras un tebeo de terror de esos que te enseñé la primera vez que subiste a mi casa, antes de la reforma; en realidad no te los enseñé, la colección estaba colocada en la estantería encima de mi cama y de algo había que hablar, yo viéndote fumar antes ni siquiera de que pensaras en limpiarte el semen que no se secaba sobre el vientre.

Te hice gracia, eso lo doy por hecho, para cualquier otro no hubieras tardado ni medio segundo en lavarte, y el hecho es no me importaba, fui a echar un meo y al volver te vi ojeando una de las grapas, la bolsa antiácido hecha un gurruño y no sé si fue dejadez o una puya al friki al que acababas de follarte porque sí, pero que no sería tan friki si acababa de palmar trescientos euros en el bar sin el menor síntoma de embriaguez y hablar de la venta de farlopa con la concreción enfermiza de una orden tributaria emitida por Hacienda.

En cuanto descifré la forma, te hice correrte como nadie te hará jamás correrte, esto tendrás que admitirlo ahora que has puesto precio a mi cabeza, por mucho que te arregles los dientes, que tienes dinero de sobra para hacerlo gracias a mis estadísticas de flujos del ocio y el consumo y los clientes, más contentos contigo, dónde va a parar, que con el bocazas de Kowalski.

«¿Y qué es este cuadradito en la primera página?», me preguntaste y yo te dije que era un código, que si recordabas los móviles con cámaras de foto y wi fi y esas cosas de cuando éramos muy críos, antes de que el Nuevo Imperio Nubio tome el control de los yacimientos de coltán del centro de África y aplique la tremenda voracidad marxista del amor al hombre y bla, bla bla.

Esas mismas que dejaron de fabricar porque eran tan caras e inútiles como un transbordador espacial a la Luna o cosas por el estilo que tú entendiste porque te creías demasiado joven para tener memoria y me replicaste que todo el mundo sabe que Internet da cáncer y había que ser un poco tonto para tener teléfono portátil mirando significadoramente al que había dejado encima de la mesilla, «no digamos ya para fumar».

Así que echamos unos cuantos polvos reseñables hace apenas dos semanas, ya sé que lo sabes, no hace falta que lo insista, pero es lo que hay: la información ocurre y no toda puede restringirse, es lo que demostré con los códigos en los tebeos, dibujos vagamente geométricos, blancos y negros que siempre me habían fascinado por su versatilidad cabían hasta videos o juegos si se disponía del decodificador adecuado, por lo general un móvil caro,y ese era el problema, que a mi padre se le jodió la batería del suyo por última vez y lo tiró y se compró un simple aparato para hablar, no mucho, y empezó a llevarnos a más sitios porque había que mover el culo, lo decían los Telediarios.

Te lo conté, pero sé que no escuchabas y prestabas más atención a mi mobiliario, escueto, funcional, nada barato y desaparecido una tarde que volví del trabajo, los tebeos desgarrados por todo el suelo.

No me preocupó en recuperarlo, sí en mandar un mensaje y fue cuando utilicé por primera vez las fichas del juzgado y ofrecí doce mil euros limpios por romperle las extremidades a tu novio, quien no dudo que me hubiera hecho a mí lo mismo si me encuentra en el piso después de que tú le dieras la llave; luego, claro regresaste a mi lado, sin miedo, sin que yo te reclamara, intrigada, dijiste por saber quién era yo en realidad, no te tragaste que me limitara a cruzar informes sobre alijos y cuentas de blanqueo en los grandes ordenadores seudocuánticos del Ministerio.

Mi padre llevó demasiado lejos el miedo, como todos los demás, que apagaron sus tabletas y smartphones cuando hubo los primeros ataques epilépticos en transporte público, en la vía pública, en la cotidianidad que hace pedazos lo íntimo y no puede taparse con un desembolso equivalente al 1% de las potenciales pérdidas para la Empresa, si tienes unos abogados hábiles.

Se habló de un virus propagado por los colectivos neoanarquistas y/o marxistas africanos, estos últimos poniendo dinero para diseñar una suerte de SIDA mental en venganza del físico que había desatado [se supone] un experimento fraudulento de la CIA o los sobrevivientes nazis, pero lo que de verdad hizo daño fue el estudio de la Universidad de Mahrburgo demostrando síntomas de rápida degeneración neuronal donde sólo unos pocos años antes se detectaba una estimulación beneficiosa de las circunvoluciones cerebrales; eso fue.

«Internet da cáncer», tajante, simple, pero eso exactamente fue: las pantallas, los colores y timbrazos, los mil ciento veintiocho contactos en una red social a la que ofrecíamos nuestra vida sin ser del todo consciente de que se trataba de una marca registrada todo en suma, ya lo sé mi padre me trajo un rudimentario compatible y una impresora para que hiciera los deberes y las tareas de cálculo del Instituto, si es que lo necesitaba, y un buen paquete de cómics de los quioscos que veían reflotar su negocio a marchas forzadas al que cogí cariño entre todo lo que conservé cuando me marché; por eso, entre otras cosas, me aseguré de que tu ex novio no pudiera volver siquiera masturbarse con sus propias manos, aunque tú dijeras que le hice un favor.

Hay quien me echa en cara mi empleo de los tiempos verbales, los pretéritos, condicionales, subjuntivos, tal, pero resulta complicada esta tensión cíclica del arco entre romperse y el disparo, cuando empiezo a ver el riesgo [al relatar el punto en el que dicho riesgo se me hizo pertinente, al menos] de que al presentar mis experiencias con los primeros códigos caigas en la trampa, demasiado facilona, de incluirlos por completo en su mera evocación como en un pozo sin fondo o esos planos de televisión con un monitor en el recuadro superior derecho, colocado igual que el angelito de conciencia del locutor y conteniendo ellos a su vez el mismo plano en el que se recoge el mismo plano que contempla el mismo plano y así hasta el vértigo, no sé si me explico y tampoco es que importe demasiado, basta con demorarse en mencionarlo para conjurarlo: es demasiado pronto para ti.

Estoy en la Plaza de Castilla y cuando suba por Bravo Murillo a una velocidad tolerable es estimación que los secuaces me den siguiendo tus órdenes, dispuestos a llamarte aunque tú estés en urgencias de la clínica odontológica y los carteles te pidan que apagues el móvil mientra se mata el nervio, si bien su belicosidad es tal tras haber recobrado la luz y pagado veinte euros a un taxi, no el primero ni el segundo, el quinto que habrán tratado de parar tras haber recobrado la luz de la escaramuza subterránea, dicha belicosidad que no tiene objeto, porque no interpretan que yo haya tenido algo que ver con sus cuitas de la última media hora, pero que de todas formas me transfieren sin saber que aciertan, solo porque soy el que tú les habrás dicho que tienen que pillar antes de que suba a casa o no va a haber forma, esa hecatombe en sus cabezas de sicarios, en definitivos, hará que interpreten de manera laxa tus órdenes y marcarán tu número nada más verme antes de bajar del vehículo y de que el dentista hasta sacado la aguja de tu encía, que se hinca más cuando el chirrido pregrabado suena y empujando el émbolo de la jeringa más allá del límite del plástico, la jeringa así escarbando su camino al paladar como un torpedo…

Porque en toda transmisión hay un mayor o menor porcentaje de eso que llamamos ruido y sangra ociosamente, nos parece, hasta sumergir lo que se quiere decir en un pegajoso y caliente rojo que podemos comparar con el líquido amniótico.

«Imagínate», te dije, «ser capaz de dar-al-traste-con» y te reíste con la frase hecha porque eras rematadamente joven, «las convencones del mensaje ara desarmarlo y reensamblarlo hasta que diga lo que tiene verdaderamente que decir» y no habías ni siquiera atisbado un miligramo de piel del gusano que bullía en mi cabeza y que ha acabado también en la tuya, pero menos.

Menos porque tú has creído solo en el saber como herramienta y no en la herramienta como saber que me llegó hace dos apenas semanas cuando fui a la hemeroteca a consultar folletos publicitarios de tiendas de electrodomésticos de esos que te ofrecían códigos para poder descargarte el spot cuando tales cosas eran posibles y no nos habían dicho todavía que la tele era también mala, pero no lo peor, así que nos tendríamos que conformar con ella [mi padre no, mi padre no se conformó con nada y nos decía que leyéramos, memorizáramos y fuéramos a las vías a tirarles piedras a los vagabundos trenes de mercancías si nos aburríamos] y claro que fui capaz de ver le video en mi cabeza, era u código sencillo, bastaba con imaginarse el hilo dispuesto a la inversa y con una vez valía para todo y era un ejercicio espléndido para luego desentrañar los todavía más fáciles nodos de los informes de vigilancia que los agentes tenían tatuados, sin saberlo, en las arrugas de sus caras [«todo llevaba a todo», y tú pensabas que te hablaba de dinero]; pero, sin embargo, para esta vez se me ocurrió hacer lo que llevaba demasiado temiendo hacer: cogí un bolígrafo y pinté un cuadrado negro nuevo, pequeñito, una sola micra de milímetro a la izquierda del punto de ruptura de la composición.

Y así, la secuencia original era un mismo actor travistiéndose en hasta diez diversos personajes con exagerados accesorios tales como pelucas y bigotes, así como un colorete irreal en las mejillas en las que descollaba la barba, para desempeñar acciones de vendedor, cliente minorista, al por mayor, el jefe de este último o el esposo, mujer o hijo/hija del primero/la primera con la hilarante conclusión de que la buena elección en precio no iba reñida con la calidad ni las tobas en el cogote que el mencionado actor se propinaba a sí mismo por la gracia del montaje.

La secuencia alterada, en cambio, es ese un-mismo-actor empotrándose en la cabeza [o en contra de ella] un microondas cuya portezuela ni se ha molestado en abrir durante una secuencia relatada redundantemente por una voz en off que explica que ha tenido que el protagonista ha tenido que recurrir a este otro electrodoméstico porque los televisores de la tienda son todos de pantalla plana [hablamos de una época de adquisición sostenible-en-términos-económicos del coltán] y no sirven para el propósito del acto: hacer girar este casco improvisado y que, a cada vuelta, las esquirlas de plástico del filo hagan más y más profundo el corte, hasta que, en un momento dado, las cuerdas vocales se ven afectadas y los gritos del actor empiezan a modularse como con un dial de radio, escuchando de esta forma el sufrimiento autoinflingido de los seis personajes al completo.

Aparte de la evidente sorpresa, en la que no es cuestión de ahondar, algo del suceso visto me sonaba demasiado para considerarlo mera ficción-generada-aleatoriamente, llámalo intuición e inquietud bastante para consultar en la misma hemeroteca los archivos, conservados en densos procesadores de diamante, de los antiguos diarios cuya desdigitilización había supuesto un coste, en términos de empleo, al que supuso en la década anterior el proceso inverso una cifra que mi padre celebró con una enorme carcajada desde el mostrador de la librería-café en la que había logrado colocarse gracias a la mediación de un editor amigo que también le recomendaba a sus colegas para que les redactara notas de prensa e invitaciones de eventos diciéndoles: «por favor, tiene una familia que mantener y no encuentra nada en los suyo, no querréis verle en una fábrica», aunque seguramente en la fábrica hubiera ganado mucho más, al menos tanto como mi madre, que sin embargo, nunca le incitó a ello quizá a medidas porque le veía torpe, a medias porque conservaba algo de fe en sus posibilidades si no dependían de su manos y ahora ves como cuadrícula de información se rebasa a límites por completo innecesarios si no tienes cuidado y aprendes a cerrar el grifo, como yo lo llamo y, aun así, siempre la codificación registra ruido, es por completo inevitable.

A lo que íbamos: la hemeroteca me suministró la información concreta, la pelea de borrachos en una calle de Ibiza, el actor encarándose con alguien de quien solo se ofrecen las iniciales por un motivo que no se precisa por el bien de la investigación y la mala caída contra la ventanilla de su propio coche, porque siempre eligen los cuellos en peor espacio para mantener su integridad, llegó al foco de multitud de portadas posteriores en diarios de tirada incluso nacional que no se reprimieron a la hora de suponer las truculencias que a un chaval de once años le inflamaban la imaginación, según recordaba ahora.

Si ahora necesitas tu propia voz en off que verbalice las implicaciones de mi hallazgo porque tu mera intuición, convaleciente en el sofá del dentista que se acerca con los ojos gachos y la factura enorme, la tendrás: la inscribiré si te hace falta en el corto vuelo del Edding® que recibe a los secuaces que ya están muertos antes de darme alcance, igual que Kowalski cuando te lo presenté y tú me dijiste que era necesario, que yo tengo un gran problema con mis confianzas [es verdad] y para «despegar de verdad» en necesitabas a una con la experiencia suficiente acumulada desde las bambalinas de todos esos hijos de puta a los que ido logrando engañar, pero, ¿por cuánto tiempo?

Te dirá la voz en off: «por todo el que haga falta» y te revolverás en el asiento del dentista mientras salta a tus ideas mi silueta subiendo por las escaleras, deteniéndome un par de segundos para ver a través de la ventana del descansillo el colapso circulatorio suscitado por el atropello de tus asesinos bajo el autobús [«testigos presenciales aseguran que los dos sujetos corrían para atravesar la calzada cuando algo, un cuerpo cilíndrico, les hizo resbalar el uno sobre el otro de una manera cómica que no lo fue tanto cuando se manifestaron sus funestas consecuencias»] y luego entro en el piso, me pongo a trabajar.

Trabajar para que entiendas que no ha entrado esto en tu cabeza porque sí y tus dientes funcionan en un circuito binario en el que pueden seguir sí o no en tus encías, no o sí en el pequeño recipiente de plástico para carretes de plástico y la indeterminación se resuelve a martillazos de cincel como una caries que sabe cómo ser información [¿pensabas que te suministro esto para darte la ocasión de contraatacar?] y hacer que palpes el papel que recubre la camilla del pequeño quirófano mientras el que hasta hace dos minutos era tu dentista [y natural que te parece] te asegura que es la única opción que la metástasis es absoluta y los tumores de tus encías se han desarrollado a tal velocidad que el único remedio es recortarlos para que no te destrocen por completo la mandíbula y la garganta, que lo siente que lo siente mucho y tú no puedes balbucear siquiera el comprensible fin del alarido, amor.