Las nuevas aventuras del pianista del Ritz

Las nuevas aventuras del pianista de la tarde en el Hotel Ritz necesitarían, para ser narradas, el equivalente a un suplemento de al menos diez páginas dentro de un diario de tirada nacional durante todos los días de los próximos seis meses y catorce días. Sus hechos podrían reemplazar a las secciones de Sociedad, Local y de Cultura y nadie abriría la boca si no es para felicitar al director del rotativo por tan acertada decisión. Las nuevas aventuras del pianista del turno de tarde en el Hotel Ritz salvarían a la prensa impresa de la reconversión en la que se encuentra subsumida hoy en día. También al mercado editorial libresco en cuanto el material se recopilara en tomo, así como a la industria cinematográfica española con la adaptación en forma de seriales fílmicos como los de muy antaño y de título: «Una fuga de John Cale», »El caso de la novela presentada por Maribel Estrogano», «La tertulia de las seis y media», «El desayuno de los candidatos» o — mi favorita — «El ladrido alsaciano»: un drama de ecos chestertonianos en el que topamos por primera vez con el archienemigo del pianista: el ex presidente no ejecutivo y aún mayor partícipe particular de una de las más importantes agrupaciones de cajas de ahorros del país, labor que compagina hábilmente con la asesoría económica al partido político en el que militó en su juventud [y al que regresaría más adelante como número dos en la lista electoral para las Generales, en un giro de los acontecimientos muy del gusto del pianista: esto es, meticulosamente previsto hasta las últimas consecuencias cuando nada — y hablando del pianista recalco «absolutamente nada» — hacía presagiarlo para desmarcarse en una situación mucho peor; que es lo que le ocurriría tiempo después al nuestro héroe, al verse contratado para «amenizar» el cóctel de toma de posesión del nuevo Ejecutivo] y el ejercicio de «un Crimen preciosista e íntimo», como susurra el pianista en uno de sus monólogos certeros mientras el «ambiente», como él lo llama, emana de la punta de sus dedos y se traslada en virtud de una serie de engranajes que los neófitos no acertamos a identificar hasta los martillos que pulsan unas cuerdas estiradas como la lujuria de un asesinato. Nada escapa al escrutinio del pianista de la tarde en el Hotel Ritz. Rememoro una célebre ocasión: en la mueca de un cámara de televisión que sintonizaba el adecuado balance de blancos con el papel de sus partituras durante la espera de la conferencia de un ministro, halló la pieza del puzzle que le faltaba para resolver un alambicado crimen sucedido en Badajoz, al que habían aludido como de pasada mientras se tomaban un café dos empresarios andaluces que acudían a un almuerzo convocado por su organización patronal y que jamás supieron de sus condición de testigos primordiales. Otra: el leve escorzo de una camarera para sortear los arrebatos del rebaño de apoderados de una modelo escocesa metida a actriz condujo a la desarticulación del complot urdido en una, aparentemente, humilde peluquería de Vallecas para asesinar a un coronel exiliado de un país sudasiático tras toda una vida dedicada a combatir el tráfico de la Heroína y cobrarse su justa retribución por ello. En la célebre «El ladrido alsaciano» no necesitó ni un minuto para atisbar la valía de su contrincante — sólo bastó el gesto de ir a despojarse del abrigo — , aunque las expectativas se vieron superadas cuando aprehendió que el reconocimiento había sido mutuo [en cualquier caso, lo que hubiera sido considerado por otro colega de profesión el espaldarzo definitivo a una carrera, el mencionado cóctel, al pianista sólo le sumergió en el estupor de aumento de jornada y renegociación de contratos en el Hotel Ritz — junto a la amenaza de un cambio de turno —] . Al principio, no conocía otra forma de dar a conocer el fruto de sus, por así llamarlas, «investigaciones», que llamando al teléfono de atención de la Policía, el cero noventa y uno. Esto, tan natural para un ciudadano común, puede resultar chocante en alguien con las habilidades portentosas del pianista de la tarde en el Hotel Ritz, pero no nos desilusionaremos si les digo que sólo marcaba el teléfono a una hora muy concreta, aquella a la que despunta el alba y que estadísticamente es a la que se cometen menos delitos — como si el Crimen fuera un jaguar agazapado entre dos muertes [esto me recuerda al asunto conocido como el de «El lector constructivista de Ted Hughes»]— y cuando estaba seguro, no me pregunten cómo, de que le atendería una voz con tenue acento de Jaén que, la mayoría de las veces por benevolente aburrimiento, le prestaría algo de atención e incluso tomaría nota de sus advertencias y consejos. No ignoramos que cuando resultó que éstos se correspondían ineludiblemente con acontecimientos reales y en curso de pesquisas, generalmente yendo un par de pasos más de lo propio investigado, la maquinaria detectivesca nacional se puso en marcha. Sabiéndose inocente por completo, él nunca había tenido reparo en facilitar su nombre, dirección y número de teléfono, ni en esconder detalles en sus testimonios que revelaban su profesión y el lugar donde la ejercía. Nada había para incriminarle, salvo su presciencia, si bien, ansioso ante el que se prometía como el caso más estimulante de toda su carrera — tal vez una suerte de asesino en serie de proporciones épicas y también ladrón de guante blanco y agresor sexual de animales de granja y terrorista vinculado con los grupos de extrema izquierda exiliados de Santo Domingo y difusor de copias no autorizadas de obras culturales, así como urdidor de una red de corrupción política aprovechando el boom de la industria solar fotovoltaica que tenía la peculiar costumbre de delatar siempre a los ocasionales cómplices de todas y cada una de sus fechorías, evidentemente para cubrir sus huellas — el Inspector Jefe del Distrito Centro puso un marcha un dispositivo de vigilancia y escuchas que él mismo lideró en persona, sentándose cada tarde de febrero, y luego marzo, y luego abril y mayo, en el salón del Hotel Ritz para leer el periódico igual que en una película vieja de espías o sus gruesas parodias de los años ochenta. En este punto, con este gesto y con esta sospecha inmensa, arrancan las nuevas aventuras del pianista del Hotel Ritz, estando las anteriores y clásicas centradas por su parte en el descubrimiento de sus propias habilidades por parte del protagonista, de manera casual, accidental, casi de chiste [él mismo nos lo describiría, si quisiera hurtarnos a la comezón de lo especulativo e insultar a nuestra imaginación] — porque ahí el Humor tuvo también cabida: en las sorprendentes réplicas de las ancianas vecinas del descansillo o el chasquido del cable casi pelado de los cascos que utiliza para regodearse en el hartazgo de las piezas de grandes compositores practicadas en un gran teclado japonés — aunque sea un Humor que no pueda aspirar a verse trasladado a un resumen somero argumental como este, casi insultando a todos los férreos defensores de la necesidad de un Método que justifique largas charlas al fragor de la chimenea, cuando en realidad el Crimen es más bien una especie de subharmonía que se entronca en las otras que componen la esperanza y la cadencia del vivir y, aunque suene también a una cháchara de tipo cuántico que sólo oculta un enorme miedo ante las cosas, él sabe que todo es mucho más sencillo y nos ahorra las explicaciones. Nunca las ha recibido, por lo menos, el Inspector Jefe del Distrito Centro, quien después de tres meses de exhaustiva persecución e intervenir teléfonos y horas de sueño, descartando en el camino la hipótesis de una bilocación, tuvo que concluir que el pianista no podía haber tomado parte de los acontecimientos que les revelaba, así que levantó el dispositivo policial para cambiar radicalmente de estrategia [hay quien critica duramente al Inspector Jefe, si bien este giro enriquece el relato con la aportación de los personajes secundarios de su equipo más directo, unidos, mejor dicho, hermanados por el «tabú» de la existencia del pianista, oculta a los ojos de sus familias y sus propios compañeros alejados de este círculo que, no obstante, se ha ido ampliando con los años y los descuidos desde algún agente de tráfico avezado hasta las alturas de una jerarquía de Interior acomodada en el (ver apartes siguientes al respecto para matizarlo) indiscutible éxito]. Se apostó junto a la telefonista de Jaen y esperó hasta la primera luz del día a la llamada. No es que hayan trascendido las primeras y últimas palabras que entonces se cambiaron, pero no es difícil imaginarlas cuando ahora se persona al término de cada tarde — sólo en muy, muy contadas ocasiones sustituido por agentes de su más absoluta confianza — en el Hotel Ritz, justo con los últimos acordes de la sesión vespertina, y se sienta a esperar a que el pianista se levante, ceda el puesto a un compañero — un bigardo caribeño, mas formal [esto es, sin talentos ajenos al propio ámbito de músico, pese a lo cual su intervención llegó a ser providencial en «El ladrido alsaciano» para disipar la vaga amenaza del revólver del sicario torpe, contratado por los socios de una promotora inmobiliaria tan desesperados que no dudaron en atentar en mitad del mismo Hotel Ritz contra el que creían el origen último de sus desgracias: el Inspector Jefe de la Comisaría del Distrito Centro], cuyo nombre no revelaremos para no hacer excepciones injustificables en esta introducción — y se encamine al lugar en el que los asalariados se despojan de sus uniformes, pasando junto a la mesa del veterano sabueso, sobre la que deposita con un movimiento nada fácil de percibir una hoja de papel garabateado apresuradamente [en la comisaría del Distrito Centro se bromea a menudo con un pasado como médico de cabecera del pianista, cuya difícil caligrafía ha dado como resultado algunos errores procesales que, paradojicamente, contribuyen a disipar las dudas acerca de los métodos del Inspector, «falible como cualquier otro hombre, ergo de fiar»; de todos modos, quejarse al pianista es del todo inconcebible, pues la comunicación es por completo vicaria, unidireccional, por decirlo así «inhumana», como todo lo que le rodea], seguro que en las horas febriles previas al alba, con leves indicaciones que los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado siguen cada día más a pies juntillas, «sabiendo» ya de sobra como sabe el Inspector Jefe, quien ni siquiera con su ascenso a los ámbitos de más secreta confianza del Ministro [consecuencia también directa de la consagración del triunfo de ex factotum no ejecutivo y ahora por completo Ejecutivo en otro giro de los acontecimientos cuyas circunstancias vamos a tener que esperar un tiempo para discernir en toda su amplitud], ha querido perder la costumbre de querer encarar este rito por sí mismo, para siempre fascinado por la «opaca claridad» [oxímoron perpetrado en contra del pianista por el asesino de «El lector constructivista de Ted Hughes» en un rapto de embriaguez promocional de las jornadas de la Real Academia de la Lengua que sirvieron de coartada al crimen y con el que ya apuntaba, para cualquiera con dos dedos de frente y no sólo nuestro protagonista, si no una culpabilidad, sí al menos su beligerante estupidez] del bisbiseo persistente que acompaña a la ejecución y a los dedos en su ruta por las ochenta y cuatro teclas, cada una de ellas una piedrecita que perfora la superficie de este estanque que es el Mundo, devolviéndole la Música un temblor estupefacto onda a onda generado en el «ambiente».