Pelícanos contra Magníficos

En el tercer día del octavo mes de mil novecientos setenta y dos — el mismo año en el que «cuatro de los mejores hombres del ejército americano, que formaban un comando, fueron encarcelados por un delito que no habían cometido» — Elise Candefort descubrió en el cielo del campus de Berkeley una extraña bandada de helicópteros azules — «no tardaron en fugarse de la prisión en la que se encontraban recluidos» — , silenciosos y azules, pero «azules» en el sentido de un azul perezoso sin gana alguna de pronunciarse contra la tarde extendida a plena cocción con treinta seis centígrados a la sombra — «hoy, buscados todavía por el Gobierno, sobreviven como soldados de fortuna» — y la multitud, de manera cada vez más obvia, displicente, iba fragmentándose en grupúsculos e islotes arracimados alrededor de los aspersores cuyos hierros adornaban, igual que unos no-se-sabe-por-qué orgullosos fósiles de hongos, allá y aquí, el enorme prado — «si tiene usted algún problema y se los encuentra, quizá pueda contratarles» — , tan, «tan» enorme que la joven Elise hubo de esforzarse casi un cuarto de hora para dar con algo equiparable en la memoria de su país, de su ciudad, de la Barcelona aquella que siempre se le aparecía como dibujada, mejor dicho, proyectada sobre el cerebro desde un celuloide sucio a través de una lente cinemática a la que habían escupido muchas, demasiadas veces para darle lustre y esta imagen, a su vez, le llevaba a pensar en mí, en el flaco operario de flequillo incontestable al que tuvo de noviete unas pocas semanas del mayo anterior. No es que fuera nada serio, sólo manos por debajo de la falda escocesa, besuqueos, la bragueta rigurosa en el amor de él — de mí — , sin pasar jamás de ahí, por lo que la «cosa» se pudo resolver con un ilusionante viaje a California, a ver al tío-profesor-emocionado-a-su-vez por lo que se abría ahora por delante justo de sus pies y escribía a su sobrina gruesas cartas confitadas con el sintagma de las decisiones que, a menudo, nos creemos que son «propias», y esto incluso a pesar de la docena de helicópteros que enfilaban directamente hacia ellos, al atril donde a él — maestro — le tocaba el turno de intervenir y abrir la boca en un inglés perfecto que ahora a Elise le provocaba pequeñas contracturas de los músculos de la espalda, frías, agradables casi, pues le hacían ruborosamente cierto que la noche antes el tío, que no era en realidad su tío, sino un primo hermano de su padre con reputación de bujarrón inocuo — ¡si no de qué iban a enviarle a la díscola pero prometedora chica! — , había compartido con ella un largo cigarro de humo verde para consolarla de la noticia atroz, verídica, de mi muerte en un incendio provocado por un rapto de ebriedad y dos colillas de Ducados® del de gramaje viejo aplicadas sobre el contenido de las latas de celuloide desparramado por el almacén del cine, dicen las malas lenguas que en ejercicio de la potestad suicida que nos conceden las películas antiguas sobre el despecho; y la noticia le llegó con cuatro meses de retraso y recogida en un poema en prosa de casi quince folios que le remitió nuestro común amigo — si bien más que suyo, mío — , Lolo Verguis, ignorante el pobre del cepo que le habían colgado al cuello a mi memoria los padres de Elise, gente buena y aburrida de tragedias que conocía lo suficiente a su hija para no cebarle más de aire la cabeza y esperar a que a su vuelta descubriera que la vida había transcurrido y tal. Y vaya si lo hizo. Porque exactamente fueron quince años los que yo acababa de cumplir cuando vi aquel viejo reportaje de los helicópteros azules, que en la tele eran sólo pentatónicas del gris sobrevolando al tío-que-no-era-tío-sino-primo-profesor y alborotándole el flequillo fuerte y arraigado como sus convicciones subtituladas para que yo, que ni en esta ni en las otras vidas tuve don de lenguas, pudiera apañarme con las primeras frases del enunciado de la Paradoja célebre e irresuelta de los Pelícanos aplicada a la crisis de valores a la que VietNam nos había arrastrado de alguna forma a todos — «los mejores hombres del ejército», incluidos — , porque los auténticos Pelícanos, supongo, eran los niños de napalm y prisioneros adornados con un géiser en la sien izquierda y cosas de esas a la que nos habían acostumbrado los videoclubs y series que en mi nueva juventud reponían las cadenas privadas porque eran baratas y Oliver Stone y John Rambo lo habían vuelto a poner todo de moda: hablo del noventa y tres, esto es, veinte años después de que Elise Candefort aplaudiera como una más sin pensar ni por un momento en que la reencarnación es una ciencia exacta de estadísticas y probabilidades, ergo irrefutable, ergo genética y molecular y radiactiva, ergo totalmente democrática, ergo en las antípodas del mal llamado misticismo o la pánfila retribución del karma, pero que muy de vez en cuando se permite el lujo de jugar consigo misma y de acelerar el trago de reunir los trozos atómicos, dispersos por la corrupción o el crematorio, que replicarán de nuestra conciencia en la singularidad de un óvulo activado con todos los requisitos para que todo ello se de en plazo de apenas cinco años, toda una «paranoia índigo y letal», como me dijo Lolo Verguis al valorar nuestro primer y hasta la fecha único reencuentro, durante el cual le noté algo hostil por confesarle que sólo había leído dos libros suyos, uno en los primeros años de carrera y el otro hacía dos semanas, tras notificarme Elise Candefort que se me mencionaba en él, aunque este último sólo me había servido para darme cuenta de lo distinta que es la memoria que transcurre sólo en una vida de las que se traspasan de una perpetuidad a otra con el filtro empírico de la muerte: así se lo hice saber con esas palabras textuales y largas, negras, eminentemente cabreadas después de enterarme de que se la había estado cepillando, a Elise, a su regreso de Berkeley; y si esas mismas ganas de hundirle los nudillos en esa flacidez que se le derramaba por el rostro para construir una dignísima papada — una metáfora además, un contrapunto o cómo se le diga — no le convencían de que le estaba diciendo la verdad, me la sudaba, porque la entrevista no era un absoluto una prueba para él, que hablaba y hablaba de su juventud diciendo que la había «fabricado» de texto de quince folios en texto de quince folios y sólo a él le pertenecía y yo entonces me fui para no contribuir a «fabricarle» nada nuevo, y en el metro seguí hojeando la autobiografía de Elise que la propia Elise me había regalado: grande Lolita de cincuenta y cinco años que no pudo conformarse con ser musa de lletraferits y suicidas y ministros, sino que había dado lustre a tres editoriales y cuatro o cinco premios de los que la entrega se retransmite por la tele, haciéndose famosa la imagen suya en el programa de Gurruchaga soplando sobre unas pirámides que representaban, se supone, a Orión, pero también a helicópteros azules de los que amenazaban la revolución en Berkeley con emisiones en una frecuencia hertziana incompatible con la sobriedad. Es esto lo que me resumo cuando ella me invita a su ático en Madrid y me habla de lo mucho que le hubiera gustado a su tío-primo-no-tanto-bujarrón conocerme y yo pienso en Veguis y pienso también en el profesor bajando del estrado con los ojos transportados a un país de inmensos prados azules mientras graznaba tratando de imitar el trino inmanente que sospecha que deben de querernos esconder los pelícanos tan repentinamente misteriosos con el castañeteo de esos picos recios, más grandes que tu cabeza y mucho más letales, qué duda nos cabe aún a todos nosotros sin sabernos explicar jamás el chiste, esa sucinta Paradoja de la Idea inoculada por los helicópteros que a nadie, ni siquiera a ellos, ni siquiera a Elise, les supo resolver entonces la vida. Pero lo pasaron bien.

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