UNA HISTORIA DE IRONÍA

El problema de la nueva poesía, es que nadie de para a pensar de dónde viene y por eso sólo la ponemos motes como la poesía 2.0, realismo juvenil o poesía blockbuster. Y blockbuster puede ser desde el momento en que nos venden (o intentan) fenómenos de prefabricada autenticidad, pero eso ni es nuevo ni joven.

Hay para quien escribir un poema es hablar con afectada pero sencilla gravedad de lo cotidiano y dolorosa honestidad de lo íntimo y por eso son carne para redes sociales.

Pero la tendencia arranca con cierto Yeats, se filtra a cierto Auden y de ahí llega a la poesía española de los años 50, que es cuando la meditación urbana se impone. También se llega a figuras como Sabines y Benedetti, en una reacción contra lo que se percibe como excesos modernistas y vanguardistas. Esa reacción tiene un carácter político también: las vanguardias fueron defensoras y embajadoras de los totalitarismos. No hablo del estalinismo, sino del fascismo.

La poesía era el vehículo perfecto para ese mensaje de salvar la cultura de la podredumbre burócrata, incompetente y mediocre de la burguesía banquera y preferentemente judía que había hundido la identidad de los pueblos y su pasado. En 1922 el fascismo sonaba así, y la gente compraba el mensaje. Al nazismo no tanto, claro que el fascismo italiano jugaba con la visión remota e idealizada del Imperio Romano y nazismo, pese a copiarla estética, sonaba a recuperar la preeminencia de la Alemania bismarckiana contra la que muchos acababan de luchar en la IGM.

Cuento esto para dejar claro que la poesía no es inocente ni impermeable, ni debe serlo. Y que la gran crisis estética que se inició con el romanticismo negro francés y el simbolismo tuvo su origen en la situación política bastante cruda que cuarenta años después seguía empeorando. No sólo en juegos de palabras.

Al igual que la historia, la poesía moderna, que tritura los límites entre los géneros poéticos y tritura los límites entre las fórmulas líricas, se hunde en el pesimismo y el desengaño y da lugar a un caos tanto a nivel formal y de significado que tiene como única herramienta para salvarse del ridículo, del fracaso, de ser Nada, a la ironía: la ironía es lo que nos salva de la intrascendencia porque no hay mayor ironía que decir algo cuando el silencio es la única opción sensata, tal y como sentenció Wittgenstein incluso en su célebre Tractatus.

Es lo que nos enseñaron Baudelaire y Mallarmé, con Ducasse y Rimbaud como ejemplos prácticos y a partir de ahí todo lo que existe hasta hoy. Hay ironía incluso en la poesía social, incluso en España, donde la poesía popular se confundía con el folclore rural hay ironía feroz ¿Qué son los gitanos psicotrópicos del Romancero de Lorca, que conocía su realidad y la plasmó en otras obras, sino un desafío feroz a los mitos que surgían en otras latitudes y que, por cierto, llevaron a casi un millón de romaníes a las cámaras de gas?

La ironía es un tú a tú. O un entre nosotros. Baudelaire llama hipócritas a sus lectores. No se lleva bien con el compromiso político porque su objetivo al final es destruir los mensajes dados, las mentiras dadas. Por muy bien que suenen.

Está claro el fascismo no era irónico. Si hacías el menor guiño irónico su mensaje se descomponía. El estalinismo tampoco era muy afín, pero eso se vería luego. No eran tratados igual los artistas en la URSS, donde el arte debía reafirmar el sistema, que fuera, donde el comunismo no era el sistema, sino su oposición, y además competía con otras formas de oposición por parte de otros socialismos, como el anarquismo.

En España, en los años treinta, sobre todo tras el Bienio Negro, la propaganda se impone, en los dos bandos y la poesía se repliega en temas existenciales en España hasta casi hasta los años 50, cuando vuelven a lo social. Los exiliados, por su parte, se adaptan como pueden al trauma y la desconexión.

Aquí estoy hablando de literatura, no de historia ni criticando posturas. Bajo una dictadura, la ironía es la única salida y en ese caso no está reñida con el compromiso político, sino con la propaganda. Y aún así, esto no es una norma y hay poemas propagandísticos con una carga de ironía, de distancia, que les ha hecho sobrevivir al paso del tiempo más que otros “puros”. ¿Contra Franco vivíamos mejor? Bueno, se escribía sabiendo que te la jugabas.

En los 50 ocurre el debate entre «poesía como comunicación y conocimiento». La poesía como un arma cargada de futuro (aunque no se sabe muy bien qué futuro, con Franco ahí observando) frente al pragmatismo de una poesía anclada en la hondura cotidiana del hombre. En realidad este debate está planteado en términos muy tramposos porque ambas tendencias priman la comunicación y la acción política (disimulada), aunque con influencias diferentes. Unos reivindican a Antonio Machado y otros a Auden, que de oscuro y elitista tenía poco. Si lo miras fríamente podemos decir que fue un debate entre los que podían viajar fuera y estudiar idiomas y los que no. Ganaron los primeros.

Hablar de la poesía «como conocimiento» en plan meditación latina es un subterfugio para evitar a la censura. La censura en poesía no era tan cruda si se daba por hecho que no la iban a leer y daba cierta imagen de apertura del Régimen para caer bien a EEUU en el inicio de la Guerra Fría. Aún así, Valente se tuvo que exiliar por escribir un cuento sobre un preso que se mea en el dibujo en tiza de un general.

El gran debate entre poesía que se entiende y que no, llega en el 68 con los novísimos, que escribían cosas incomprensibles (si nunca has leído a Eliot, Pound y otros modernistas estadounidenses) y aunque aflojaron algo y se culpó a Castellet, su padrino y antólogo, de echarles droga en el cola cao, el gran triunfador de esa guerra fue Leopoldo María Panero. Sobre todo cuando se pasó a los poemas cortos de manicomios y dejó de stalkear a Ana María Moix y Sardá le fichó para la SER.

A otros, como Ullán, Blanca Andreu o Félix Grande les puedo citar, pero la brevedad no les haría justicia y la gran duda de este artículo es qué ha pasado para que la poesía haya pasado estar copada por Panero y el ocasional libro escrito por menores de 20 años y alabado por El Cultural a Defreds, Marwan y Turista En Tu pelo y, en general, una poesía realista cada vez más desnuda de ironía y con mensajes claros, «que se entiende”.

La ironía no funciona si no hay una implicación del lector. En el caso de Panero, su obra es 100% ironía del autor, porque hay que entrar en su juego. Es un caso extremo. En otros autores, ese porcentaje se reparte entre la ironía del autor y la del lector. Un ejemplo claro entre los poetas actuales es Irene X, que entra en categorías distintas según quién la lea.

Se habla de la dictadura de lo políticamente correcto, y es verdad que ser irónico en un mundo de feed back inmediato y borreguil a través de las redes sociales se distorsiona algo la lectura, pero el mayor miedo de los poetas no es a la censura, sino a no ser tomados en cuenta. A la irrelevancia. Los mensajes son cada vez más toscos porque no queremos que nos llamen herméticos y gente como Luis García Montero o Benjamín Prado aplauden propuestas que consideran herederas de su poesía realista cuando lo único que hacen es ultra-infantilizarla. Poesía de único sentido, poesía aburrida. Cada día más.