Los feminicidios no son obra de “monstruos”

El feminicida habla a través de los cuerpos de las mujeres

Nota: Esta es la segunda de cuatro entregas en las que se trabajará el tema del feminicidio, el transfeminicidio y la violencia hacia las mujeres en Latinoamérica, especialmente en México. Aquí puedes revisar la primera parte.

El concepto de feminicidio o femicidio ha sido criticado desde que empezó a utilizarse en la década de los 70. Muchos se preguntaban en ese momento y se preguntan ahora: si los asesinatos y la violencia son problemas que afectan tanto a hombres como a mujeres, ¿por qué es necesario que exista una categoría específica para tipificar ciertos crímenes contra mujeres?

Partamos de lo simple: quien sea que haya visto un programa de detectives sabe que “el móvil”, el motivo pues, por el que se comete un asesinato es un aspecto central para poder comprenderlo y resolverlo. Para matar a alguien debe haber una razón: económica, pasional, estratégica…

Sin embargo, ¿qué pasa cuando el móvil parece ser el asesinato en sí mismo? En este caso, el asesinato de mujeres por el hecho de ser mujeres.


Recuerdo durante mi niñez haber escuchado un rumor, un bullicio en las conversaciones, en la televisión. “Las muertas de Juárez”. Imágenes de cruces rosas, de tacones ensangrentados. No tengo memorias claras. Sólo sé que, como la gran mayoría de las niñas que han nacido en este mundo, sentí desde muy pequeña una especie de miedo a la vida. A lo que pudiesen hacerme a mí o a otras mujeres por el hecho de tener un cuerpo, de ser un cuerpo.


La argentina Rita Segato es una de las teóricas que más ha trabajado el problema de los feminicidios. Uno de sus textos más importantes se concentra en una investigación sobre las llamadas “muertas de Juárez”.

Cuando los crímenes contra mujeres comenzaron en esta ciudad del norte de México en la década de los 90, una cosa se hizo evidente pronto. Todos compartían una serie de denominadores:

mujeres jóvenes con un tipo de físico definido y en su mayoría trabajadoras o estudiantes, privación de libertad por algunos días, torturas, violación “tumultuaria” (…), mutilación, estrangulamiento, muerte segura, mezcla o extravío de pistas y evidencias por parte de las fuerzas de la ley, amenazas y atentados contra abogados y periodistas, presión deliberada de las autoridades para culpabilizar a chivos expiatorios a las claras inocentes, y continuidad ininterrumpida de los crímenes desde 1993 hasta hoy. A esta lista se suma el hecho de que nunca ningún acusado resultó verosímil para la comunidad y ninguna “línea de investigación” mostró resultados.
(Vía: Rita Segato, La escritura en el cuerpo de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez)

Para Segato, la selección de las mujeres asesinadas, la forma en que se cometieron los crímenes, la impunidad y el largo periodo de tiempo en el que se han extendido muestran algo: estos crímenes no fueron cometidos de forma episódica y aislada, sino que en su conjunto formaban parte de algo más grande, de un tipo de violencia sistemática que puede ocurrir una y otra vez respaldada por una estructura que lo permite y avala: los perpetradores, las autoridades, las políticas públicas, las instituciones, la sociedad, el Estado.

La argentina, antes de estudiar Ciudad Juárez, había realizado una investigación sobre la mentalidad de los condenados por violación en la penitenciaría de Brasilia. Ahí, reconoció una serie de patrones:

  1. Los crímenes sexuales no habían sido obra de enfermos mentales, sino que eran “expresiones de una estructura simbólica profunda”.
  2. Los agresores compartían un imaginario, “hablaban el mismo lenguaje”, podían entenderse.
  3. Los violadores, las más de las veces, no actuaban en soledad, como animales asociales o cazadores solitarios, sino que lo hacían en compañía, en comunidad.

La tesis de que las agresiones sexuales son cometidas por enfermos mentales o desviados sociales refuerza la idea de que estos “rompen” el orden social, las reglas de comportamiento permitidas. Pero esta tesis no puede estar más equivocada: este tipo de agresiones son expresiones de una estructura simbólica profunda de dominación sobre los cuerpos femeninos. La tortura, la violación y el asesinato de mujeres son las expresiones más brutales de esta estructura, los casos más extremos, pero forman parte de la misma cultura que busca controlar otros aspectos de las vidas y los cuerpos de las mujeres.

En este sentido, las agresiones sexuales son una de las formas más brutales de ejercer el poder, pues

“Debido a la función de la sexualidad en el mundo que conocemos, ella conjunga en un acto único la dominación física y moral del otro.”
“La violación se dirige al aniquilamiento de la voluntad de la víctima, cuya reducción es justamente significada por la pérdida del control sobre el comportamiento de su cuerpo y el agenciamiento del mismo por la voluntad del agresor. La víctima es expropiada del control sobre su espacio-cuerpo.”
(Vía: Rita Segato, La escritura en el cuerpo de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez)

Feminicidios: “asesinatos que hombres perpetran contra mujeres por el sólo hecho de ser mujeres, sin otro fin que el dejar la marca de la dominación escrita en el cuerpo de una mujer torturada hasta la muerte (…)”

Francesca Gargallo, Feminismos desde Abya Yala


La victoria en esta “guerra” contra las mujeres no se consigue con su exterminio, sino con su censura, su disciplinamiento y su dominación. Por eso Segato considera que la violencia contra las mujeres es una forma de “violencia expresiva”, porque su finalidad es expresar y mostrar que se tiene en las manos la voluntad del otro (de la otra). El cuerpo violentado de las víctimas se convierte en un mensaje para la sociedad:

“porque solamente el poder de colonización permite la exhibición del poder de muerte ante los destinados a permanecer vivos. El trazo por excelencia de la soberanía no es el poder de muerte sobre el subyugado, sino su derrota psicológica y moral, y su transformación en audiencia receptora de la exhibición del poder de muerte discrecional del dominador.”

Desde 2013 y hasta hoy, 7 mujeres son asesinadas cada día en México. Así lo demuestran las estadísticas del INEGI. Hace apenas unos años, en el período de 2001 a 2006, el promedio era de 3.5.